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Verificar en la avalancha

Florencia Peña anunció en un streaming la muerte del padre de Lionel Messi. Pero a los minutos la tuvo que desmentir: la primicia que circulaba en X era una fake news. Este episodio abrió el tablero a toda clase de opiniones sobre el periodismo en la era de la inmediatez. "La confianza nunca se construyó a partir de quién llegó primero", opina Jazmín Abdala.

La noticia era falsa, pero durante algunos minutos fue real para miles de personas. Florencia Peña anunció al aire en Luzu TV la supuesta muerte de Jorge Messi, padre del capitán de la selección argentina, a partir de una información que circulaba en la red social X. La desmentida llegó poco después, junto con las disculpas de la conductora y una catarata de críticas. Sin embargo, más allá del error puntual, el episodio volvió a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa a periodistas, creadores de contenido y usuarios: ¿Qué lugar ocupan las redes sociales en la forma en que se informan los jóvenes?

Desde su creación en 2006, X pasó de ser una plataforma para compartir pensamientos breves a convertirse en una especie de sistema de alerta global. Atentados, guerras, fenómenos climáticos, resultados electorales y hasta la muerte de figuras públicas suelen aparecer primero allí, mucho antes de llegar a los medios tradicionales. La velocidad es, justamente, su principal fortaleza. Y también su mayor problema.

Según el último informe del Reuters Institute for the Study of Journalism, cerca del 40% de los jóvenes entre 18 y 24 años se informa principalmente a través de redes sociales. El 73% consume videos cortos sobre actualidad y el 51% presta más atención a creadores de contenido individuales que a marcas periodísticas tradicionales. Instagram (30%), YouTube (23%) y TikTok (22%) aparecen por encima de X (20%), pero la plataforma de Elon Musk conserva un papel central como termómetro de la conversación pública.

La información ya no llega en horarios determinados ni se busca necesariamente. Aparece. Irrumpe entre reels, memes, videos y tendencias. Gran parte del consumo de noticias es accidental. Los jóvenes se enteran de una guerra, una crisis política o una tragedia mientras miran recetas, deportes o humor. Y en ese flujo permanente, las fronteras entre información, opinión y entretenimiento se vuelven cada vez más difusas.

Para comprender cómo se trabaja dentro de esa dinámica, conversé con Julián Alvez, periodista de Infobae y A24, acreditado en Casa Rosada y con una fuerte presencia en X. Para él, la experiencia y el contacto con las fuentes siguen siendo las herramientas fundamentales del oficio. "Nadie está exento de cometer errores. La experiencia te ayuda a predecirlos, pero también es importante conocer las fuentes, habitar las redes y entender sus dinámicas", explicó.

Alvez, que cubre política, sostiene que la posibilidad de acudir directamente a voceros y colegas permite verificar rápidamente determinada información. También considera que existe un público joven especialmente interesado por la actualidad política que encuentra en X una herramienta para seguir los acontecimientos en tiempo real. "Hay un público joven sobrepolitizado que consume mucha información en la plataforma. Los medios tenemos que estar en esa misma sintonía y verificar al mismo tiempo para ofrecer la mejor información posible", señaló. 

La velocidad, sin embargo, también genera presión. "Trabajo en un medio donde las noticias se producen rápido y eso genera una exigencia constante. Hay temas que permiten esperar y otros donde uno tiene que ser más expeditivo. La búsqueda de la verdad tiene que seguir siendo una especie de columna vertebral", afirmó.

El informe de Reuters también muestra que las formas de consumir noticias siguen transformándose. El 15% de los jóvenes entre 18 y 24 años utiliza inteligencia artificial semanalmente para informarse y casi la mitad la emplea para comprender temas complejos. La conversación pública ya no está mediada solamente por periodistas y medios tradicionales: hoy también intervienen influencers, algoritmos y herramientas capaces de responder preguntas en segundos.

El caso de Florencia Peña expuso algo más profundo que un error periodístico. Las críticas fueron inmediatas y muchos se apresuraron a señalar las fallas del streaming. Pero equivocarse no es patrimonio exclusivo de las nuevas plataformas. Los medios tradicionales también acumulan errores históricos. Mario Pergolini recordó recientemente que, cuando daba sus primeros pasos en Rock & Pop, anunció deliberadamente la falsa muerte de Phil Collins y observó cómo otros medios replicaban la noticia sin verificarla. La carrera por las primicias existía mucho antes de internet. Lo que cambió fue la velocidad.

La discusión tampoco debería pasar por demonizar las redes sociales ni por idealizar a los medios tradicionales. X no es un medio de comunicación, sino una plaza pública gigantesca donde conviven noticias, rumores, operaciones, ironías y opiniones. La responsabilidad sigue siendo de quienes deciden amplificar aquello que leen.

En un ecosistema gobernado por el scroll infinito y por la necesidad constante de producir contenido, encontrar la verdad exige más paciencia que antes. Y, sin embargo, hay algo que permanece intacto desde los tiempos del papel, la radio y la televisión: el valor de la palabra pública. Un micrófono, una cámara o una cuenta con miles de seguidores siguen siendo formas de hablarles a otros. Y hablarles a otros implica una responsabilidad.

Por eso el caso de Florencia Peña merece una reflexión más amplia que la condena automática. Las críticas fueron inmediatas, como si el error fuera una exclusividad de los streamings o de las nuevas generaciones. Pero la historia del periodismo está llena de equivocaciones. Ningún medio, ningún periodista y ningún comunicador está exento. La diferencia no está en alcanzar una perfección imposible, sino en la capacidad de reconocer el error, corregirlo y pedir disculpas. Florencia Peña lo hizo. Y en tiempos donde el escarnio público parece haberse convertido en un espectáculo más, es necesario recuperar el valor de la rectificación y la posibilidad del perdón.

Porque detrás de cada salida al aire existe una responsabilidad que merece ser reivindicada. Hablar frente a miles de personas nunca fue un acto menor. Informar, entretener o simplemente opinar implica entender que las palabras tienen consecuencias, que pueden generar tranquilidad o angustia, construir confianza o destruirla. Y esa responsabilidad no desaparece por transmitir desde un estudio de televisión, un streaming o un teléfono celular.

La pregunta, entonces, quizás no sea si Twitter reemplazó al periodismo ni si los jóvenes se informan mejor o peor que las generaciones anteriores. La pregunta es qué lugar estamos dispuestos a darle a la verdad en un mundo que parece premiar solamente la velocidad. Porque las tendencias duran horas, los algoritmos cambian y las plataformas pasan. Lo que permanece es otra cosa: la confianza.

Y la confianza nunca se construyó a partir de quién llegó primero. Se construye con rigor, con honestidad y, sobre todo, con la humildad suficiente para admitir que nadie está por encima del error. En una cultura obsesionada con reaccionar, señalar y condenar, quizás la verdadera rebeldía consista en detenerse, verificar y entender que la información sigue siendo una responsabilidad colectiva.

Porque ser el primero dura apenas unos minutos. Pero ser creíble es una tarea de todos los días. Y en un mundo donde cualquiera puede publicar, opinar o viralizar un rumor con un simple click, volver a poner en valor la responsabilidad de la palabra y el compromiso con la verdad ya no parece una obligación exclusiva del periodismo: es una necesidad democrática. Sin confianza no hay información posible. Y sin información confiable, lo que se erosiona no es solamente el prestigio de un medio o de un periodista. Lo que empieza a resquebrajarse es algo mucho más profundo: nuestra capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre los hechos y las versiones, entre la realidad y el ruido.

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