Sociedad

Vender churros para ser campeón

Nuestra corresponsal Lucero Marín nos trae la historia del peleador comodorense Bruno Alonso, que a través del oficio hizo posible su pasión. Esta crónica fue producida en el Taller "Narrativas de la Pasión" de Buena Data.

Lucero Marín

Crujientes, azucarados y doraditos. Así se disfrutaban los “churritos ecuatorianos”. Los vecinos de Comodoro los comían en la playa, no solo por su sabor inigualable, sino por lo que no se ve: todos ellos estaban colaborando de manera solidaria a que Bruno Alonso participara en el campeonato de boxeoBestia Fighting Championship”, mejor conocido como el BFC, en la ciudad de Córdoba. 

Él siendo sólo un joven de 18 años tenía un sueño: disfrutar de algo que ama, como lo es el boxeo, en un campeonato a nivel nacional. 

El viaje a Córdoba no comenzó cuando el colectivo dejó Comodoro Rivadavia. Para Bruno Alonso, la pelea empezó tres meses antes, en los que no tuvo descanso. Mientras la ciudad vivía días largos y calurosos, él repetía una rutina que parecía infinita: doble turno de entrenamiento, sesiones físicas por la mañana y técnica por la tarde: sparring, manopleos, correcciones, golpes. 

“La verdad que yo creo que entrenar a ese nivel y a ese ritmo es algo que a mí y a mis compañeros nos ayudó mucho. Las peleas fueron duras. Entonces fue un acondicionamiento correcto”, recuerda. Había entrenado justamente para soportar ese tipo de presión.

Su preparación estuvo rodeada de personas que lo apoyaban y lo inspiraban a seguir peleando. Uno de esos momentos fue enfrentarse en sparring con su compañero Tiago Neira, quien según Bruno “era un genio peleando y tenía más experiencia”. En esos cruces de entrenamiento Bruno sintió algo distinto: que estaba creciendo. “Poder hacerle frente, aguantar y responder tranquilo… Ahí me di cuenta de que estaba avanzando”, cuenta.

Pero la preparación no se limitó únicamente al gimnasio. También hizo ventas de comida, lavado de autos, entre muchas actividades para recaudar dinero. La familia de su compañero Thiago fue parte clave. Su papá le prestó la hidro para lavar autos y su mamá ayudó con consejos de cocina cuando vendían sándwiches de milanesa, que eran los clásicos de la familia: tomate, lechuga, cebolla picadita, mayonesa, y obviamente -la joya del sándwich- milanesa hecha en casa. También estaban los famosos “churritos ecuatorianos”. Pasaron todo el verano vendiendo por la costanera de Comodoro o por sus plazas centrales para conseguir el dinero suficiente

Bruno también encontró apoyo en su propio hogar, especialmente en el de su abuela, que lo esperaba cada día con la comida lista después de los entrenamientos. “Llegar a casa y que ella esté ahí con la comida hecha… es un apoyo muy lindo”, dice.

Los nervios estuvieron presentes durante el viaje. Fueron 26 horas en colectivo hasta Córdoba y, aunque encontraba consuelo en sus compañeros, seguía con los nervios a flor de piel. Cuando llegó el momento de pelear, la presión era grande. Bruno subió a la jaula acompañado por el aliento de sus compañeros y amigos, quienes lo ayudaron a enfocarse. “Dentro de la jaula uno casi no escucha nada… pero hay momentos en los que sí, y saber que hay gente apoyándote es algo muy lindo”, dice. Enfrente tenía a Pablo, un peleador tucumano doble campeón del evento, en una pelea intensa de dos rounds.

Durante el combate, Bruno logró conectar una patada a la cabeza que marcó un punto clave y le permitió dominar el ritmo de la pelea, trabajando luego al cuerpo hasta inclinar la balanza a su favor. Aunque la mayoría del público alentaba a su rival, también se escuchaban las voces de su gente. Al finalizar la pelea, se arrodilló en el piso y alzó los brazos. “Esto se lo dedico a toda mi buena junta, gracias por estar ahí dando la buena para cumplir una meta”, dijo él a través de sus redes sociales después de ganarse el máximo reconocimiento del Bestia Fighting Championship. 

Al regresar a Comodoro, apenas llegó a su casa, Bruno no esperó a que le abrieran. Saltó el portón, tiró el bolso y entró corriendo para abrazar a su mamá y entregarle el cinturón. Después salió otra vez, esta vez hacia la casa de su amigo Estefano. Quería cumplir una promesa. Antes de viajar, su amigo atravesaba un problema de salud, le había dicho: “Traete el cinto a casa, padre, yo te voy a estar esperando”. También estaba el padre de su amigo Facu. Su hijo dijo que lo iban a “cagar a palos” en Córdoba. El hombre lo miró desde la cama, en donde estaba postrado enfermo, y respondió con convicción: “No, el pibe va a ganar”.

Esas palabras se quedaron con Bruno durante todo el torneo. Fueron dos cosas que me marcaron para no poder perder, admite.

Para quienes lo conocen desde afuera del deporte, su victoria no fue una sorpresa. Su amigo Demian Reyes lo describe como alguien enfocado cuando tiene un objetivo. Bruno es muy disciplinado. Cuando se propone algo, va a fondo, cuenta. Demian también destaca algo que muchos repiten sobre él: la mezcla entre determinación deportiva y calidad humana. “Fuera del ring es un muy buen amigo. Es admirable la determinación que tiene como atleta y como persona”, asegura. Esa misma actitud, dice, es lo que hizo que tanta gente decidiera apoyarlo: “No es solo porque sea buena persona. La gente lo acompaña porque ve el esfuerzo y la disciplina que tiene”.

Algo que inició como una forma de descargarse y de disfrutar del deporte, lo llevó a ser campeón nacional en el BFC. Con la experiencia todavía fresca, su próximo objetivo es seguir entrenando para los campeonatos locales y regionales que vienen para este 2026. “Sentí que todo tuvo un fruto muy lindo”, dice. A veces solo se necesita pasión y amor por lo que hacés, y después de todo, el esfuerzo es recompensado.

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