En el desafío de desarrollar tecnologías y nuevos descubrimientos en la era del conocimiento, nuestro corresponsal Juan Caña nos ayuda a pensar la ciencia en América Latina.
Juan Caña
Por los años que corren, la labor científica no solo se ha convertido en el imaginario colectivo en un sinónimo del progreso, sino también en una apología al desarrollo de sociedades más justas, sostenibles y dispuestas a enfrentar los retos del siglo XXI. Aun así, en América Latina y el Caribe, parece encontrarse un panorama inhóspito lleno de interrogantes y acciones poco contundentes para que la contribución de esta región tan rica en conocimiento pueda aportar también de manera representativa a los avances de la humanidad.
En el siglo pasado, el físico y filósofo de la ciencia, Thomas Kuhn, revolucionaba el entendimiento del quehacer científico al postular la idea de que este procede fundamentalmente de una acción social y humana. El auge tecnológico y las capacidades de desarrollar herramientas que faciliten las tareas dentro de nuestras sociedades actuales pone en relevancia dicha cita y nos interpela especialmente en América Latina y el Caribe con una simple pregunta: ¿Por qué la ciencia se siente diferente en nuestros países?
América Latina y el Caribe es una región con una biodiversidad enorme y un abanico de oportunidades como en ninguna otra parte del mundo. Con tan solo el 8 % de la población mundial, ostenta el 15 % de la tierra cultivable, el 23 % de los bosques y el 31 % de las fuentes de agua dulce de todo el planeta, según destaca el CAF (Banco de Desarrollo para América Latina y el Caribe). Asimismo, posee casi la mitad de las reservas globales de litio y más de un tercio de las de cobre, al tiempo que alberga a seis de los 17 países megadiversos del mundo.
Esto ofrece oportunidades únicas para la investigación en áreas como la biodiversidad, la ecología, las energías renovables, la biotecnología, la astronomía y las ciencias de la salud. Sin embargo, a pesar de estos hechos, la contribución de Latinoamérica a la producción científica global apenas pasa por considerarse levemente significativa, representando alrededor del 4-5% del total, según Scimago Journal & Country Rank.
Esta participación limitada se debe, en gran medida, a dificultades estructurales que incluyen la baja inversión en investigación y desarrollo (I+D), la fuga de talentos y las desigualdades internas entre países, aunado a climas de fuerte inestabilidad sociopolítica y avances polarizados hacia tendencias políticas determinadas. Mientras que naciones como Alemania invierten alrededor del 3% de su PIB en I+D (unos 22 mil millones de euros anuales solamente destinados a las investigaciones en Universidades), la mayoría de los países latinoamericanos destinan menos del 0.5%. Esta significativa brecha financiera dificulta el desarrollo de proyectos científicos a largo plazo y lleva a muchos investigadores (ya establecidos o por construir carreras) a emigrar en busca de mejores oportunidades, e inclusive rechazar la posibilidad de dedicarse al ámbito de desarrollo teórico.

Otro reto importante dentro de la región es el fuerte abandono de las políticas científicas, liderado por promesas electorales incumplidas, y la ralentización, obstaculización y falta de transparencia en la asignación de fondos públicos y privados. A su vez, existen serias desigualdades entre los países con mayor producción científica, como Brasil, México y Argentina, y aquellos con menor capacidad, como muchas naciones centroamericanas y del Caribe que atentan contra la capacidad de la región para posicionarse como un actor notable en el escenario científico global, pues merman la capacidad de interconexión que requiere la ciencia moderna.
Asimismo, un análisis macrosocial es insuficiente para entender otros datos que también son relevantes en este tema. La ciencia en América Latina y el Caribe parece haberse quedado estancada en los centros de estudio. Docentes con una aproximación obsoleta a los temas, clases sin aplicación en el mundo actual, fascinación por descubrimientos que en otras regiones son el pan de cada día siendo tratados como el pináculo del quehacer científico, sumado a numerosas manifestaciones de desagrado, rechazo e indiferencia generalizada entre quienes egresan de los distintos niveles educativos de nuestros países, son parte de la problemática también.
Parece olvidarse que la ciencia, como diría Kuhn, no representa una vía mágica o absoluta hacia la verdad, sino que está constantemente en movimiento hacia objetivos distintos. Las necesidades humanas, los nexos sociales, el sentido de curiosidad (tan mancillado hoy en día en nuestras naciones) son el combustible de los avances científicos y, por ende, el imán que incentiva la atracción de más personas hacia las carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas); algo que, además, debe hacerse desde una perspectiva de género para evitar la ya normalizada discriminación en este sector no solamente hacia las mujeres, sino hacia otros grupos que, siendo minoritarios, parecen desaparecer del radar con una rapidez abismal.
Construir y dotar a la población de las herramientas para combatir grandes problemáticas modernas como la desinformación, el populismo, o la posverdad, nace de entender y enfatizar que hay una responsabilidad colectiva en la región de promover la exploración científica no como un camino tortuoso lleno de infinitos cálculos rebuscados y procedimientos engorrosos, sino como un adentramiento hacia una selva con zonas ya trabajadas y otras que esperan por ser descubiertas por cualquier persona que se anime a dar de sí lo mejor que tiene solo porque su deseo de aportar es mayor que los desafíos que lo retienen de no hacerlo.
Es en esa selva del conocimiento que se debe incentivar un sentido de aplicación de la ciencia a la resolución de los problemas locales de nuestra región: una visión específica, propia, centrada en las necesidades puntuales de las comunidades que rodean y coexisten con los centros investigativos como una forma de producir avances que pongan en relieve el potencial humano –y más propiamente, latinoamericano– de superar las adversidades.
¿Qué tan diferentes serían nuestras Universidades si las propuestas científicas se sintieran respaldadas por un espíritu de innovación local? ¿Qué tan diferente habría sido nuestro paso por los niveles educativos primarios y secundarios si se enseñara una ciencia resolutiva y no problemática? ¿No inspiraría más confianza en la población un avance tecnológico nacido de las propias necesidades de esta que uno generado artificialmente para impresionar y poco más? ¿Qué tan diferentes serían nuestras realidades sociopolíticas si en la actualidad contásemos con mayor perspectiva científica para contrarrestar los discursos de odio y las acciones que nos dividen como humanidad?
A falta de respuestas concretas, queda solamente el compromiso de seguir cuestionando estas y muchas otras realidades de nuestra región como un mecanismo para dar solución a esas carencias que merman todo lo que nuestro potencial está esperando por desbloquear. Sin caer en comparativas ignorantes de los contextos históricos, evitando los prejuicios nacionalistas o eurocentristas, solamente con la firme idea de que la ciencia se construye a partir de la duda, el error y las oportunidades de corregir aquello que no está del todo bien. Quizás algún día, esta generación o las que vienen, serán capaces de explorar los confines de esta vasta selva llamada ciencia y reivindicar las luchas de quienes nunca se rindieron en la tarea de promoverla como la rama más humana del conocimiento.