Sociedad

Transformar mi escuela para salir de la amenaza

Después de que hayan hecho una amenaza de tiroteo en su Secundario de Benito Juárez, nuestro corresponsal Valentín Lastra Marini pensó cómo se puede acabar con el temor.

Valentín Lastra Marini

A lo largo de estas últimas dos semanas se han estado dando amenazas de tiroteos en diferentes colegios del país. Se habla de casos aislados o de un grupo organizado.

El día 20 de abril en mi colegio, el Instituto Dr. Pedro Díaz Pumará, en Benito Juárez se dio una amenaza para el día 21. Las autoridades de la institución realizaron la denuncia pertinente, iniciaron un protocolo y enviaron a las familias un comunicado de concientización y políticas de cuidado. 

Benito Juárez es una localidad de, aproximadamente según el último censo, 22.558 habitantes: no es una ciudad muy cosmopolita o culturalmente abierta, pero eso no importo para la amenaza en el colegio secundario.

¿Por qué estas amenazas se multiplican? Las amenazas se expanden como fenómeno cultural, no como hechos individualesA través de diversas redes sociales, como Tiktok e Instagram, se han hecho virales videos donde se muestra cómo, mediante escritos en paredes de baños de las escuelas, se difunde un mensaje claro: tiroteo. Y esto hacía que se suspendieran las clases.

Pensar a las y los adolescentes como los únicos “culpables” de esto es erróneo y adultocentrista. Los adolescentes no solo adolecemos de diversas cuestiones de nuestra vida, sino que también somos actores sociales. 

En base a esto, debemos tener en cuenta que la sociedad funciona porque las conductas se contagian. Las amenazas no aparecen aisladas, sino que se replican entre escuelas siguiendo una lógica de imitación social. Un mensaje: “mañana tiroteo” se vuelve modelo y otros lo copian. Esto se vuelve más grande cuando es sistemático, visibilizado y llama la atención.

Como plantean Gabriel Tarde y Albert Bandura, las conductas no surgen de forma aislada: se imitan y se aprenden observando a otros. En un entorno atravesado por redes sociales y desarrollo psicológico, esa lógica se acelera y amplifica.

Todo en su contexto

Paralelamente, hemos escuchado discursos de odio no solo de los adolescentes, sino del gobierno nacional. No es causalidad directa, pero sí un contexto que habilita y amplifica ciertas conductas.

Según la teoría del capital simbólico de Pierre Bourdieu, el poder no solo se ejerce mediante decisiones concretas, sino también a través de lo simbólico: los discursos que circulan desde posiciones de autoridad y poder político pueden moldear percepciones, legitimar prácticas y ampliar los límites de lo socialmente aceptable e imaginable. 

En los últimos años, distintos discursos del presidente Javier Milei fueron cuestionados por su tono agresivo o estigmatizante: calificó al feminismo, la diversidad y la inclusión como una “epidemia woke” que debía ser eliminada como un “cáncer”; afirmó que la “ideología de género” es “abuso infantil” y la vinculó a la “pedofilia”. También, ha acusado al periodismo de formar parte de “las fuerzas del mal” y en un discurso reciente dijo: Con determinadas culturas no vamos a poder convivir”.

Estas frases fueron señaladas como estigmatizantes hacia la comunidad LGBT. Además, organizaciones internacionales y académicas lo criticaron por promover discriminación y polarización. Diferentes investigaciones detectaron que parte de sus mensajes incluyen insultos, burlas y descalificaciones sistemáticas.

Esto construye desconfianza hacia instituciones y genera un clima de confrontación y odio creciente. Contribuyen a un clima donde el odio es legitimadoComo plantea Michel Foucault, los discursos no solo describen la realidad, sino que la producen: delimitan lo que puede decirse, pensarse y hacerse dentro de una sociedad. 

Como las amenazas de bombas: si le preguntás a alguno de tus padres, hermanos mayores o adulto joven seguramente te afirmará que cada tanto en el colegio había amenaza de bomba. No dejaron de existir, pasaron igual, pero se dejó de hablar de ellas.

El contexto en el que vive un joven en la actualidad no es el mismo que el de hace una década. La digitalidad atravesada por la hiperconexión constante nos hace vulnerables y parte de la presión social, frente a cada nuevo trend o a cuántos seguidores tenés en Instagram y si tenés más seguidos que seguidores.

Quedar excluido es cada vez más rápido, y la falta de herramientas emocionales son claras. La educación emocional se vuelve tan crucial como saber manejar una planilla de Excel. Esto evidencia que los jóvenes no son solo responsables sino también son producto del contexto.

En palabras de Zygmunt Bauman, la modernidad es liquida y las juventudes actuales crecen en un contexto de incertidumbre y fragilidad, donde las referencias estables son cada vez más escasas.  Y como planteaba Marshall McLuhan, el medio es el mensaje: las redes sociales no solo difunden contenidos, sino que transforman su alcance y su impacto.

Más viral que amenaza

No son solo las amenazas, sino su viralización. En un paradigma de incertidumbre y fragilidad social, amplificado por medios digitales que potencian la viralidad, las conductas juveniles no pueden analizarse de forma aislada. 

En años anteriores, las amenazas de bomba eran casos aislados y localizados cuando el medio principal de su viralidad era la televisión. 

Ahora, el efecto es masivo. Sin embargo, la implementación de medidas ante esto también lo son. Se han diseñado protocolos provinciales, evacuaciones y comunicados oficiales que ayudan a acompañar con esperanza a las familias de las comunidades educativas.

Esto también abre una discusión sobre derechos: el derecho a la educación en un entorno seguro, pero también el derecho a no ser estigmatizado ni criminalizado sin un abordaje integral.

En conclusión, hablar sobre “casos aislados” trata de negar el rol de las juventudes como actores sociales y simplificar un problema mucho más complejo y profundo. Difundir que es “solo una broma”, “joda” o “para suspender las clases” suma a un paradigma donde estos actos son sistemáticamente legitimados. Pero, al mismo tiempo, responder únicamente desde lo punitivo tampoco alcanza.

Las amenazas que hoy circulan en las escuelas son también un síntoma: de un contexto social tensionado, de discursos que se radicalizan, y de una digitalidad que amplifica todo lo que toca.

Si las amenazas se vuelven virales, la respuesta no puede ser solo policial. También tiene que ser social, educativa y política. Implica construir herramientas, generar espacios de contención y asumir responsabilidades desde todos los niveles.

Porque decir pesa, el discurso tiene poder, y el poder impacta en la realidad.

Porque entender lo que está pasando no es justificarlo: es el primer paso para poder transformarlo.

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