La división entre producción y cuidado sigue ordenando buena parte de nuestras desigualdades. Aún hoy, la historia laboral de las mujeres se encuentra atravesado por una misma pregunta: "¿Eso que hacés en el hogar es trabajo?". Así empieza una lucha que va más allá de entrar al mercado, sino a ampliar las definiciones.
Cada 1° de mayo, la imagen del trabajo suele repetirse con una familiaridad casi automática: fábricas, obreros, sindicatos, calles, banderas, jornadas de lucha. Es una imagen potente, pero también incompleta. Porque mientras la historia oficial del trabajo construyó sus símbolos alrededor del salario, la huelga y el espacio público, millones de mujeres sostuvieron otra parte de la economía desde lugares menos visibles: cocinas, talleres, lavaderos, aulas, hospitales, casas ajenas y casas propias.
El problema no es que las mujeres hayan llegado tarde al mundo del trabajo. El problema es que durante demasiado tiempo el mundo llamó “trabajo” solo a una parte de lo que ellas hacían.
Esa diferencia parece semántica, pero es política. Nombrar algo como trabajo implica reconocer valor, tiempo, desgaste, derechos y conflicto. No nombrarlo implica dejarlo en una zona ambigua, casi natural, como si cuidar, limpiar, alimentar, coser, acompañar o criar pertenecieran al orden espontáneo de la vida y no a una organización social concreta. La historia del trabajo femenino en Argentina puede leerse, entonces, como una disputa por el reconocimiento: no solo por entrar al mercado laboral, sino por ampliar la definición misma de trabajo.
A mediados del siglo XIX, en Argentina ya había miles de mujeres costureras, lavanderas, planchadoras, cigarreras y amasadoras. No estaban fuera de la economía: estaban ubicadas en sus bordes más precarios. Muchas de esas tareas eran consideradas extensiones “naturales” de habilidades femeninas, no actividades productivas plenamente valorizadas. La documentación histórica del Ministerio de Trabajo señala que hacia mediados del siglo XIX unas 140.000 mujeres se desempeñaban en esas ocupaciones, al mismo tiempo que persistía la idea de que el salario masculino debía sostener a la familia, mientras el ingreso femenino era apenas complementario.

Ahí aparece una de las claves más persistentes del problema: la figura del varón proveedor. Ese modelo no fue solamente una costumbre familiar, sino una arquitectura económica y cultural. Ordenó salarios, expectativas, leyes, sindicatos y hasta formas de prestigio. Si el hombre era imaginado como sujeto pleno del trabajo, la mujer aparecía como ayuda, excepción o necesidad transitoria. Incluso cuando trabajaba, su trabajo quedaba culturalmente subordinado a otro mandato: el reproductivo, el doméstico, el de cuidado.
Desde la teoría feminista, esta división fue pensada como una de las operaciones más eficaces del capitalismo moderno. Silvia Federici y otras autoras de la economía feminista insistieron en una idea incómoda: el sistema productivo no funciona solo gracias a lo que ocurre en fábricas, oficinas o comercios, sino también gracias a una enorme cantidad de trabajo no pago que reproduce diariamente la vida. Preparar comida, cuidar niños, asistir personas mayores, limpiar, ordenar, sostener emocionalmente un hogar: nada de eso aparece con la misma fuerza en la épica del trabajo, pero sin eso ningún trabajador llega al día siguiente a trabajar.
Nancy Fraser lo formula como una “crisis de cuidados”: las sociedades necesitan tareas de reproducción social para sobrevivir, pero las organizan como si fueran infinitas, gratuitas o naturalmente femeninas. La contradicción es evidente. La economía depende de aquello que suele despreciar. Y cuando ese trabajo se vuelve invisible, también se vuelve más fácil exigirlo sin distribuirlo.
En Argentina, esa tensión atraviesa toda la historia laboral femenina. Las primeras regulaciones que protegieron a mujeres trabajadoras muchas veces lo hicieron desde una mirada ambigua: reconocían abusos reales, pero al mismo tiempo reforzaban la idea de que las mujeres eran trabajadoras especiales, frágiles o dependientes. A comienzos del siglo XX, por ejemplo, se sancionaron normas vinculadas al trabajo de mujeres y menores que prohibían ciertas jornadas y contemplaban licencias posteriores al parto, aunque desde una concepción todavía profundamente maternalista del lugar femenino en el mundo laboral.
Ese es uno de los puntos más interesantes de esta historia: muchos derechos llegaron mezclados con tutela. La mujer trabajadora empezó a ser reconocida, pero muchas veces no como sujeto autónomo, sino como madre, esposa o cuerpo vulnerable que debía ser protegido. El Estado, los sindicatos y el mercado podían admitir su presencia, pero rara vez dejaban intacto el orden simbólico que la ubicaba en segundo plano.

Pierre Bourdieu ayuda a pensar esa persistencia desde la noción de dominación simbólica. No se trata solo de una imposición directa, sino de una forma de organizar el mundo que termina pareciendo obvia. Algunas tareas se leen como “femeninas”, algunas trayectorias como “naturales”, algunas desigualdades como elecciones personales. La eficacia del sistema no está únicamente en prohibir, sino en hacer que una distribución desigual parezca sentido común.
Por eso la historia del trabajo femenino no puede contarse solo como una marcha lineal hacia el progreso. Hubo conquistas decisivas: incorporación al empleo formal, acceso a la educación superior, derechos laborales, igualdad jurídica, licencias, representación sindical, leyes contra la discriminación y reconocimiento de formas de violencia en el ámbito laboral. Pero esas conquistas convivieron con continuidades profundas. Las mujeres entraron masivamente al mercado laboral, sí, pero muchas veces sin que los varones ingresaran en la misma proporción al mundo de los cuidados.
La consecuencia es conocida, aunque todavía insuficientemente discutida: la doble jornada. Trabajar afuera y trabajar adentro. Cumplir horario y sostener hogar. Tener empleo y seguir cargando con la administración invisible de la vida cotidiana. El INDEC registró en la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo que el 91,7% de las mujeres realiza trabajo no remunerado durante 6 horas y 31 minutos diarios.
El dato más revelador, sin embargo, no es solo la cantidad de horas. Es lo que ocurre cuando esas horas se traducen a lenguaje económico. La cuenta satélite del trabajo no remunerado estimó que estas tareas equivalen a una proporción significativa del PBI, con valores que van del 14,8% al 20,5% según el método de cálculo. Además, el propio informe del INDEC explica que históricamente el concepto de trabajo estuvo asociado a actividades productivas ligadas al mercado, aunque el trabajo doméstico y de cuidado también produce bienestar, sostiene familias y permite que la economía funcione.
Ahí aparece el núcleo del problema: lo invisible no es irrelevante. A veces es exactamente lo contrario. Es tan estructural que se vuelve paisaje.
La teoría política clásica discutió durante siglos la libertad, la ciudadanía y el espacio público, pero muchas veces construyó esas categorías sobre una exclusión silenciosa: alguien debía quedarse sosteniendo la vida privada para que otros pudieran aparecer como ciudadanos plenos. Carole Pateman llamó a esto el “contrato sexual”: detrás del contrato social moderno, aparentemente universal, persistía una distribución desigual de autoridad, autonomía y dependencia entre varones y mujeres.

Leído desde el trabajo, ese diagnóstico es especialmente claro. El ciudadano trabajador, sindicalizado, visible, con salario y derechos, no apareció solo. Apareció sostenido por una infraestructura doméstica que durante generaciones tuvo rostro femenino. Por eso el 1° de mayo también puede ser una fecha incómoda: celebra la dignidad del trabajo, pero obliga a preguntar qué trabajos quedaron afuera de esa dignidad.
La actualidad no eliminó esa tensión, solo la volvió más sofisticada. Hoy las mujeres estudian más, trabajan más, lideran más espacios y ocupan posiciones que antes les eran negadas. Pero la desigualdad no desaparece cuando cambia de forma. Puede aparecer como brecha salarial, informalidad, techo de cristal, pared de cristal, penalización por maternidad o sobrecarga mental. También puede aparecer en una pregunta aparentemente inocente en una entrevista laboral, en la dificultad para ascender, en la sospecha sobre la disponibilidad de una madre o en el elogio tramposo a la mujer que “puede con todo”.
Ese “puede con todo” merece ser discutido. A veces funciona menos como reconocimiento que como exigencia elegante. Celebra la resistencia individual mientras evita hablar de la distribución colectiva. Convierte una injusticia estructural en virtud personal. Y cuando la desigualdad se vuelve mérito, el sistema queda a salvo.
Por eso la pregunta del Día del Trabajador no debería limitarse a cuántas mujeres trabajan, sino a qué idea de trabajo sigue organizando nuestra vida común. Si el trabajo es solo aquello que produce salario, dejamos afuera una parte decisiva de la economía. Si el cuidado es solo amor, ocultamos su costo. Si la autonomía económica depende de que cada mujer resuelva sola la tensión entre empleo, familia y tiempo propio, entonces la igualdad se vuelve una carrera individual sobre un terreno inclinado.
La historia del trabajo femenino muestra que el conflicto no fue únicamente entrar a la fábrica, a la oficina, al sindicato o a la universidad. Fue, y sigue siendo, disputar el mapa completo de lo productivo. Hacer visible que una sociedad no se sostiene solo con empleo, sino también con cuidado; no solo con mercancías, sino también con tiempo; no solo con salarios, sino también con cuerpos que hacen posible la vida de otros.
Tal vez por eso, este 1° de mayo, la imagen del trabajador debería ampliarse. No para reemplazar una épica por otra, sino para completar una historia que durante demasiado tiempo confundió visibilidad con importancia. Porque si algo enseña la historia del trabajo femenino es que lo esencial no siempre estuvo oculto por falta de valor. Muchas veces estuvo oculto precisamente porque de su invisibilidad dependía que todo lo demás siguiera funcionando.