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Toy Story 5: el villano cambia de forma

La nueva película de Pixar deja de preguntarse qué pasa cuando los niños crecen y plantea una preocupación mucho más actual: qué ocurre cuando dejan de jugar antes de tiempo. Las pantallas se involucran en la trama del nuevo lanzamiento de la franquicia, que sigue cautivando a padres e hijos, pero ahora les deja un desafío para su vida cotidiana.

Hay lugares que tienen la extraña capacidad de hacernos olvidar, por un momento, cuántos años tenemos. Los estudios de Disney son uno de ellos. Todo está pensado para despertar la imaginación: los escenarios, la música, los personajes, los colores. Mientras caminábamos por ese universo, invitados junto a Chicos.net para conocer Toy Story 5, era difícil distinguir quién estaba más emocionado. Los chicos corrían buscando a sus personajes favoritos. Los adultos hacían lo mismo, aunque con un entusiasmo más silencioso. Quizás porque todos, de una forma u otra, crecimos con Woody, Buzz Lightyear, Jessie y esa caja de juguetes que nos enseñó que la amistad podía sobrevivir incluso al paso del tiempo.

Lo curioso es que Toy Story 5 también habla de eso. Pero esta vez decide hacerlo desde otro lugar.

Durante casi treinta años, la saga convirtió a los juguetes en una excusa para hablar de crecer. La primera película reflexionaba sobre el miedo a ser reemplazado. La segunda exploraba el valor de pertenecer. La tercera nos enfrentó a una de las despedidas más recordadas del cine animado, cuando Andy entendía que crecer también implicaba aprender a soltar. La cuarta proponía encontrar un nuevo propósito incluso cuando parecía que la historia había terminado.

La quinta entrega cambia por completo la pregunta: ya no se trata de qué ocurre cuando un niño deja de jugar con sus juguetes, se pregunta qué pasa cuando un niño empieza a dejar de jugar.

Bonnie tiene ocho años y todavía disfruta inventando historias con Jessie, Buzz y el resto de sus juguetes. Sin embargo, hay algo que la preocupa mucho más que cualquier aventura imaginaria: no logra hacer amigos. En uno de los momentos más conmovedores de la película les pregunta a sus padres: "¿Por qué nadie quiere ser mi amigo?". Es una frase breve, pero alcanza para sostener toda la historia. Porque ningún juguete puede responder esa pregunta. Tampoco una pantalla.

Intentando ayudarla, sus padres toman una decisión que seguramente reconocerán miles de familias: le compran Lilypad, una tablet para que pueda integrarse con sus compañeras. Lo hacen desde el amor, desde la preocupación y también desde el miedo. El miedo a que su hija quede afuera, a que no encuentre un lugar entre los demás, a que la tecnología termine siendo un requisito para pertenecer.

Y ahí aparece el verdadero conflicto de Toy Story 5.

A simple vista, parece una película sobre juguetes enfrentándose a la tecnología. Pero, en realidad, habla de algo mucho más profundo. Habla de la dificultad de construir vínculos en una época donde estar conectado no siempre significa sentirse acompañado.

La tecnología en la infancia

Sobre esto, la organización Chicos.net piensa el concepto de "Patio Digital": así como antes la plaza o la vereda eran escenarios para encontrarse con otros, los videojuegos y las plataformas digitales hoy son parte de ese gran patio donde niños y jóvenes juegan, conversan, crean y comparten experiencias. Marcela Czarny, directora de Chicos.Net, analizó que "muchas veces los videojuegos son la puerta de entrada para el mundo tecnológico y es una muy buena oportunidad para hablar de riesgos y oportunidades". "No hay que tenerle miedo a los dispositivos tecnológicos, sino a usarlos sin cuestionarlos, indiscriminadamente y acríticamente", sumó.

Ante eso, Pixar podría haber elegido un camino mucho más sencillo: convertir las pantallas en las villanas de la historia. Sin embargo, evita caer en ese discurso. Lilypad no es malvada. Tampoco los celulares ni las redes sociales aparecen como enemigos absolutos. La tecnología puede acercar personas, permitir encuentros e incluso convertirse en una herramienta para compartir intereses. El problema surge cuando empieza a ocupar el lugar de aquello que nunca podrá reemplazar: la presencia, el juego compartido y la amistad.

Después de la función, desde Buena Data conversamos con los chicos, adolescentes y familias que participaron de la actividad. Queríamos saber si la película se parecía, de alguna manera, a la infancia que ellos viven todos los días. Las respuestas fueron tan diversas como reveladoras.

Muchos de los más chicos nos contaron que juegan con tablets, celulares o videojuegos. Otros dijeron que todavía eligen la pelota, aunque enseguida aclaraban que organizan esos partidos a través del teléfono de sus padres o por mensajes. Los adolescentes mencionaban las cartas, algunos juegos de mesa y, sobre todo, las redes sociales como el espacio donde pasan buena parte de su tiempo.

Los adultos respondían desde otro lugar. Había una palabra que aparecía una y otra vez: nostalgiaRecordaban tardes enteras jugando en la vereda, inventando historias con muñecos o simplemente golpeando una pelota hasta que anocheciera. Pero cuando les preguntamos si les resultaba difícil equilibrar el tiempo que sus hijos pasan frente a las pantallas, casi todos respondieron lo mismo: sí. No solamente porque los chicos las usan mucho, sino porque ellos también viven atravesados por celulares, computadoras y notificaciones constantes.

Fue imposible no pensar que Toy Story 5 también habla de esa contradicción.

Muchas veces se dice que esta generación dejó de jugar. Pero quizás eso no sea del todo cierto. Los chicos siguen jugando. Lo hacen de otra manera. Cambiaron los juguetes, cambiaron los espacios y cambiaron las formas de encontrarse. Lo que la película parece preguntarse no es si las pantallas son buenas o malas. La verdadera pregunta es otra: ¿qué lugar ocupa hoy la imaginación cuando casi todo sucede a través de una pantalla?

Y quizás haya una segunda pregunta todavía más incómoda. ¿Estamos acompañando ese cambio o simplemente intentando sobrevivir a él?

Los padres de Bonnie no son irresponsables ni descuidados. Hacen exactamente lo que harían muchos padres hoy: buscan la mejor manera de ayudar a su hija con las herramientas que tienen. Por eso la película resulta especialmente movilizadora para quienes crecieron con la saga. Porque deja de mirar únicamente a los chicos y empieza a observar también a los adultos, con sus miedos, sus dudas y la sensación permanente de no saber si están haciendo lo correcto. Toy Story 5 así abre una conversación que continúa mucho después de que aparecen los créditos.

Cuando terminó la función y volvimos a recorrer los estudios de Disney, vimos una imagen que resumía toda la experiencia. Había chicos jugando, adolescentes sacándose fotos y padres sonriendo mientras recordaban personajes que habían marcado su propia infancia. Por un rato, las diferencias de edad parecían desaparecer. Todos compartían el mismo universo. Todos encontraban un lugar en una historia que lleva acompañando generaciones desde 1995.

Tal vez por eso Toy Story sigue siendo mucho más que una saga sobre juguetesNunca habló realmente de muñecos que cobran vida cuando nadie los ve. Siempre habló de nosotros. De nuestros miedos, de los cambios, de las despedidas y de la necesidad de sentir que pertenecemos a algún lugar.

En Toy Story 5, el gran enemigo ya no tiene la forma de otro juguete. Tiene la forma de la soledad. Esa que puede aparecer incluso cuando estamos rodeados de personas, de mensajes o de pantallas encendidas. Y frente a eso, Pixar propone una idea tan simple como poderosa: ninguna tecnología puede reemplazar aquello que hace posible una amistad.

Porque crecer nunca significó dejar los juguetes atrás. El verdadero desafío siempre fue conservar lo que ellos representaban: la imaginación para inventar mundos, el tiempo para compartirlos y la capacidad de encontrar, en el otro, un compañero de juego.

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