El resumen de fin de año se volvió tendencia pero también imposición: hay que mostrar lo deseable, no lo deseado. Erika Lim piensa sobre este fenómeno y propone "abrazar la playlist de gustos culposos".
Erika Lim
Llega fin de año y, con él, el tan esperado y viral "Spotify Wrapped": una compilación que Spotify hace para sus usuarios con sus canciones y artistas más escuchados a lo largo del año.
Lo que empezó como una tradición divertida donde personas compartían en redes sociales sus hábitos musicales para que sus amigos (o aquellos que son curiosos) pudieran verlo, se convirtió en un ritual donde cerca de los últimos días de noviembre todos empiezan a curar sus playlists cuidadosamente para demostrar un buen gusto musical. Las personas son capaces de dejar reproduciéndose en bucle automático la Quinta Sinfonía de Beethoven solo para que sus verdaderas canciones más escuchadas no aparezcan en la lista.
No es una novedad que las redes sociales rigen por el postureo y una de las pocas cosas genuinas que teníamos, como es la música, también está siendo víctima de este movimiento. El Wrapped tampoco se queda atrás. Lo que decidimos mostrar en nuestras redes sociales es parte de una puesta en escena donde la identidad se construye y moldea en base a la persona que queremos proyectar. En las redes sociales, la identidad es mutable y permeable, no una característica que nos individualiza.
En este marco, el Wrapped es tan solo otra performance más de nuestra identidad digital falsa, más que una experiencia musical. Byung-Chul Han plantea que en esta era digital la transparencia prevalece sobre todo, aquello que no es expuesto genera sospecha y es así que este resumen musical transforma algo privado (la escucha de música) en algo exhibible pensado como una pieza de nuestra imagen pública con lo que queremos aparentar en Internet.
Ya no escuchamos música, la consumimos. La consumimos para pertenecer, para decir que nuestros gustos son únicos, que no somos como los demás, pero sobre todo para aparentar. Perdiéndose el objetivo principal de la música, que es el disfrute. Es así que en una competencia implícita de quién tiene el mejor gusto musical, la música es un producto de consumo masivo que fue apropiada para incorporarla no solo en nuestra identidad, sino también en nuestra personalidad. Por ello, compartirla nos puede dar vergüenza, porque las opiniones sobre lo que escuchamos se sienten como opiniones hacia nosotros.
El compositor musical y director de orquesta Jacques Attali en su libro, Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música dijo: “Mucha música se ha vuelto evanescente, para multiplicar las variantes de su venta y consumo serial”. Así se refiere a que la música ahora es efímera, no busca permanecer en el tiempo y está diseñada para que sea un hit cuyo único objetivo es hacer números y continuar con el bucle de consumismo en el que vivimos.
Hay dos caras de una misma moneda: por un lado, se pueden observar personas que temen que su Wrapped revele sus verdaderos gustos y lo consideran vergonzoso. Mientras que también están quienes muestran orgullosamente sus minutos acumulados y su top de canciones más escuchadas con artistas de culto. Sin embargo, ambos coinciden en que los gustos musicales hoy en día son una señal social, algo de lo que te podés avergonzar o enorgullecer.
¿Pero, debemos sentirnos culpables? Vivimos en una sociedad acostumbrada a lo instantáneo y rápido, entonces no es sorprendente que nos hayamos acostumbrado a dejar de ver la música como realmente es: una forma de expresión artística. La música es parte de nuestra personalidad; somos fans de cantantes, tenemos una canción favorita, musicaliza momentos únicos y forma parte de nuestro día a día. Por ende, no debería darnos vergüenza compartir lo que escuchamos, porque al hacerlo compartimos una parte de lo que somos.
Es momento de abrazar la playlist de gustos culposos, ya sea el soundtrack de tu película favorita o las canciones de Hannah Montana, y preguntarnos por qué nos vemos en la necesidad de editar nuestra escucha para que se vea presentable. Somos nosotros los que podemos elegir resignificar nuestro consumo de música y que vuelva a ser un placer.