La corresponsal Luna Troccoli mostró cómo la identidad de un club centenario puede ser construida alrededor del compromiso comunitario. Esta crónica fue producida en el Taller "Narrativas de la Pasión" de Buena Data.
Luna Troccoli
"Ser en todo valiente y cortés", decía el himno del Club Sportivo Corrientes en 1920, un lema que evocaba duelos de caballeros y guantes blancos. Ciento seis años después, la valentía ya no se mide en la elegancia, sino en la resistencia de una comisión directiva que trabaja a pulmón para pintar la cancha y en el coraje de un club que busca ser un refugio contra las adicciones para los chicos del barrio San Martín. En esta familia verde y blanca, el honor se ha resignificado: hoy, la victoria más importante es priorizar a la persona antes que al deportista.
En el vestuario del Albiverde, el éxito no se mide solo en la tabla de posiciones, sino en la dignidad fuera del campo. Un ejemplo es el goleador del equipo de Primera, Franco "Coto" López, que lleva tres goles apenas arrancado el campeonato, rompiendo redes tanto en la Liga Correntina como en el Torneo Provincial. Pero para "Coto" el verdadero triunfo no está solo en el festejo del domingo. Durante la semana, su cancha es otra: se lo puede ver mezclando cal y apilando ladrillos en una de las obras que lleva adelante el INVICO, un empleo gestionado por la propia dirigencia del club para asegurar su sustento.
No es un caso aislado. Esta labor de nexo laboral es la respuesta a una realidad que golpea a toda la ciudad: la falta de incentivos y de un sostén familiar que permita a los jóvenes proyectar otra perspectiva de vida. En contextos de extrema vulnerabilidad económica, donde el entorno no siempre motiva a los chicos a alejarse de los peligros de la calle, el club se vuelve una red de seguridad. Para muchos jóvenes de 17 años -la edad en la que el futuro parece decidirse-, Sportivo es el lugar que les ofrece la estructura que a veces falta. Para llegar a ellos, el club no se queda quieto: realizan campañas en fiestas municipales y escuelas, aunque el nexo más fuerte sigue siendo el barrio y ese boca en boca que invita a cada pibe a sumarse.

Escuchar que antiguos compañeros de escuela hoy están en situación de adicciones o que terminaron en la calle, es una realidad dolorosa y frecuente en los barrios correntinos. Por eso, que el club se interese por rescatar a estos chicos y darles una alternativa real es lo que genera esa felicidad y esperanza en la comunidad. Como explica el "Colo", exjugador y actual nexo del plantel superior, hoy las adicciones son un "gran problema" y la institución se posiciona activamente como un refugio, entendiendo que salvar a un pibe de la esquina es un triunfo mucho más trascendente que cualquier campeonato.
"El jugador se siente acompañado y siente que se lo está ayudando en algo que lo hace muy feliz, que es jugar al fútbol", cuenta. Para estos deportistas, que a veces no cuentan con los medios ni para comprarse un par de botines, el Sportivo Corrientes funciona como una familia que resuelve lo urgente —desde la indumentaria hasta el plato de comida— para que el fin de semana la única preocupación sea defender los colores con los que sueñan desde chicos.
Esta red de contención que sostiene a la Primera División tiene su raíz metros más allá, en las canchas donde las categorías inferiores dan sus primeros pasos. Matias Quintana, referente del semillero verde y blanco, es tajante sobre la filosofía que guía cada entrenamiento: "Apuntamos a la persona antes que al jugador". En un club donde muchos chicos llegan a los cuatro años y se quedan para siempre, el fútbol es la excusa para enseñar un sentido de pertenencia que los proteja de la calle.

Esa formación integral se traduce en un esfuerzo colectivo que involucra a todo el barrio. No hay organigramas rígidos, sino manos que se suman para llevar el control de asistencias, cuidar a los más pequeños y organizar las ya clásicas ventas de arroz con pollo. Fue ese trabajo comunitario el que permitió, por ejemplo, que las categorías menores cumplieran el sueño de viajar al torneo internacional SUR CUP en Necochea.
Al final del día, la historia del Club Sportivo Corrientes se puede leer a través de lo que sus protagonistas llevan puesto. En 1920, el honor se vestía con alpargatas de lona y moños blancos, una elegancia que hoy parece de otro mundo, pero que guardaba una promesa de nobleza. Más de un siglo después, ese uniforme ha cambiado drásticamente: hoy el honor viste ropa de grafa manchada con cal en una obra en construcción, o luce unos botines usados que pasaron de mano en mano hasta encontrar a un chico que los necesitaba para seguir soñando.
El 'buen vestir' de antaño se ha convertido en la "buena madera" de hoy. Aunque en 1920 la etiqueta dictaba moño y corbata para las fotos oficiales, el origen del club fue profundamente humilde: en las crónicas de la fundación se lee que los jugadores usaban alpargatas porque no todos podían pagar botines de cuero. Ese orgullo trabajador es el que hoy permitir formar personas que, ante la falta de incentivos y el acecho de las adicciones en la ciudad, eligen la disciplina del entrenamiento y el calor de una familia que los sostiene cuando el entorno flaquea.
Actualmente, la familia albiverde contiene a más de 500 chicos, sumando el básquet y la escuelita de fútbol, garantizando que el club sea, ante todo, un lugar de pertenencia. Poco importa si el marcador del Torneo Provincial favorece o no al Albiverde. El verdadero triunfo es que, en este rincón de Corrientes, el "pabellón airoso y feliz" del himno centenario sigue flameando con la misma fuerza, recordándonos que el honor no se perdió jamás; simplemente cambió los moños por el sudor del trabajo y las alpargatas por la resistencia de un club que se niega a dejar a sus hijos solos en la calle.