Redes sociales

Ser un therian, entre la burla y el desconcierto

Un equipo de corresponsales de Buena Data investigó este fenómeno que, más allá de la masividad en redes sociales, nos enfrenta a que lo humano ya no alcanza para decir quiénes somos.

Jazmín Abdala, Morena Grisapulli y Andrea Romero

Alguien corre en cuatro patas en una plaza. Usa una máscara, ladra, salta. Alrededor, celulares levantados, risas incómodas, comentarios irónicos, miradas que no saben si observar o alejarse. La escena parece sacada de internet, pero está pasando acá, ahora, en espacios públicos, frente a todos. Y aunque muchos reaccionan con burla o desconcierto, algo queda flotando en el aire: ¿qué nos está pasando para que esto exista?

En las últimas semanas, el fenómeno de los therians se volvió visible en redes sociales y medios argentinos. Jóvenes que dicen identificarse internamente con animales no humanos y que, en algunos casos, expresan esa identidad a través del cuerpo, el movimiento o ciertos accesorios. No se definen como una tribu urbana ni como una moda. Tampoco como un juego. Hablan de identidad. Y ahí es donde el tema deja de ser anecdótico y se vuelve social.

Ser therian, según explican quienes forman parte de estas comunidades, no significa creer literalmente que se es un animal ni desconocer el propio cuerpo humano. No buscan dejar de ser personas. La identificación ocurre en un plano interno: emocional, psicológico, simbólico. El animal aparece como una forma de decir algo de sí, de nombrar una vivencia interna. En ese sentido, se diferencian del fenómeno furry, que se basa en una práctica estética y performática —como el cosplay o la creación de personajes— sin que necesariamente exista una identificación psicológica o identitaria con lo representado.

Sin embargo, lo que más circula no es esa explicación, sino las imágenes: jóvenes con máscaras, colas, movimientos animales. Y ahí se activa el shock. Porque no es habitual ver a alguien “sentirse perro” en una plaza. No es cómodo. No encaja. Y cuando algo no encaja, la reacción suele ser automática: risa, rechazo o miedo.

Pero quizás el error esté en quedarse solo con la escena. En mirar el gesto sin preguntarse por el contexto.

Para no sacar conclusiones apresuradas ni morales, es necesario hablar de identidad. Para eso, consultamos al psicólogo Ítalo Milanese, con el objetivo de comprender qué está en juego cuando aparecen formas de identificación que incomodan o desconciertan.

“La identidad es un constructo psíquico que se va construyendo a lo largo de la vida y que alcanza su mayor consolidación en la adultez”, explica Milanese. Y agrega un dato clave para entender por qué estos fenómenos emergen con más fuerza en jóvenes: “Las crisis de identidad se manifiestan más fuerte en la adolescencia, porque la persona adolece de identidad”.

Lejos de ser algo fijo o definitivo, la identidad es un proceso dinámico. “Se construye, se deconstruye y se vuelve a armar”, señala el psicólogo. Durante la adolescencia, ese movimiento se intensifica: el cuerpo cambia, los vínculos se transforman y aparece la necesidad de diferenciarse de las figuras de autoridad. “El adolescente empieza a separarse de sus referentes adultos para construir autonomía, se rodea más de sus pares y ahí aparecen nuevos roles, valores y formas de verse a sí mismo”.

Ese proceso, que siempre fue complejo, hoy ocurre en un contexto profundamente distinto al de generaciones anteriores. Las certezas que antes organizaban la vida —familia, trabajo, futuro, estabilidad— aparecen debilitadas o directamente ausentes. El horizonte es incierto, los proyectos a largo plazo parecen inalcanzables y la idea de “llegar a ser alguien” perdió claridad. Cuando esas referencias no alcanzan, la identidad queda sin anclajes sólidos. Y eso no pasa sin consecuencias.

“Cuando estas categorías no alcanzan, lo que le ocurre al sujeto es una fragmentación de su autoimagen, de su autoestima y de sus emociones”, advierte Milanese, que considera que “la identidad se estructura a partir de la regulación emocional. Si eso falla, aparece un trastorno de identidad”.

A este escenario se suma un factor clave: las redes sociales. Para el psicólogo, hoy pesan más como espacios de exposición que de libertad: “Las redes son un mundo que arrasa. El consumo empieza a edades muy tempranas y la información que circula ahí pasa a formar parte de la estructuración psíquica de la persona: sus creencias, su imagen, su idea de éxito, incluso sus formas de controlar la ansiedad”.

La validación deja de ser interna y pasa a depender de la mirada ajena. “Todo el tiempo estamos pendientes de la aprobación del otro y se pierde lo más importante: aceptarse a uno mismo”, señala. En ese contexto, la identidad empieza a sostenerse en likes, vistas y comentarios. Existir se vuelve sinónimo de ser visto.

Desde esa lógica, la aparición de identidades cada vez más visibles, disruptivas o extremas deja de parecer tan inexplicable. Milanese no las piensa como simples excentricidades. “No son solo rarezas. Pueden pensarse como formas de expresión, refugio y protesta”, afirma. Expresión, porque cuando no hay palabras, el cuerpo habla. Refugio, porque pertenecer a un grupo ofrece contención. Protesta, porque muchas de estas identidades emergen como respuesta a un mundo que invalida las emociones.

“El problema no es individual, es social”, aclara y opina que “hoy hay una gran carencia de inteligencia emocional. No se reconocen las emociones, se intentan evadir. Un chico siente angustia y en lugar de darle lugar a eso, se lo guarda, se refugia en redes o en un juego. Cuando eso se acumula, se buscan identidades extremas como forma de sostén”.

El malestar adolescente, entonces, no siempre se dice: se muestra. “Es una época más de la imagen, de lo estético y lo visual que de las palabras”, explica el psicólogo. Vestimenta, tatuajes, perforaciones, gestos corporales: el cuerpo se convierte en un canal de expresión cuando el lenguaje no alcanza. No porque las emociones no existan, sino porque no encuentran dónde ir.

Desde esta mirada, cuando alguien dice “me siento un perro”, la pregunta no debería ser si eso es normal o no. Tal vez la pregunta sea qué está diciendo con eso. Qué duele. Qué falta. Qué no encuentra lugar en otras formas de identificación.

Esto no implica romantizar ni idealizar el fenómeno, ni tampoco patologizarlo automáticamente. “No todo lo extraño es enfermedad”, aclara Milanese y dice que "el riesgo aparece cuando la identidad se vuelve cerrada, cuando deja de permitir preguntas y se transforma en la única forma posible de existir”.

El rechazo social que generan estos fenómenos también habla de nosotros. De una sociedad que tolera poco la diferencia, que se incomoda frente a lo que no entiende y que suele responder con burla antes que con escucha. “Hoy importan las metas, los objetivos y los resultados. Las emociones quedan relegadas”, sostiene el psicólogo. Y lo que no se puede nombrar, se ridiculiza.

Frente a estos procesos, el rol del mundo adulto es clave. Acompañar no es lo mismo que habilitar todo. Poner límites no es censurar. “La identidad no se construye sin referencias”, afirma Milanese: “El equilibrio está en un estilo adulto que combine comunicación, validación y reconocimiento, pero también reglas, límites y valores”.

Los therians no son una rareza aislada. Son una de las tantas formas en que hoy se expresa una pregunta vieja en un mundo nuevo: quién soy. En una época atravesada por la incertidumbre, la exposición constante y la fragilidad de los vínculos, esa pregunta pesa más que nunca.

Quizás lo verdaderamente inquietante no sea que alguien diga que se identifica con un animal.

Quizás lo inquietante sea preguntarnos qué está pasando con nosotros para que lo humano, tal como lo conocíamos, ya no alcance para decir quiénes somos.

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