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Separar la obra del artista, ¿hasta dónde?

Desde el siglo XIX hasta el 2026, la pregunta sobre si la biografía de los artistas influye en el disfrute de su obra continúa provocando debate. Nuestra corresponsal Taís Tejo nos da sus argumentos.

Taís Tejo Toribio

¿Se puede separar la obra del artista? Esta es una pregunta tan vieja como el arte mismo y sigue generando debate incluso hoy. Es un dilema entre priorizar la creatividad, libre de ataduras morales y de  expectativas, y reconocer el rol de engranaje clave que tienen los creadores dentro de la  máquina social. Incluso si podemos separarlos, ¿debemos? ¿O tenemos nosotros, como  consumidores, la responsabilidad de distinguir a quién vale la pena apoyar y a quién no? 

El conflicto ético no es nuevo. Tomemos como ejemplo al compositor Richard Wagner,  referente indiscutible de la ópera romántica. El genio alemán, cuyas obras siguen representándose en nuestros tiempos, hizo un aporte invaluable al mundo de la música, pero también era una persona profunda y abiertamente antisemita. Aunque falleció en 1883, sus descendientes entablaron lazos estrechos con Adolf Hitler, quien era un gran admirador de su vida y obra, sabía sus piezas de memoria y se sentía sumamente  inspirado por Wagner, a tal punto que en Israel se prohibió su música durante muchos  años. 

Más recientemente, el director argento-israelí Daniel Barenboim enfrentó fuertes repercusiones cuando presentó “Tristán e Isolde” en el Festival Internacional de Música  y Drama de Israel de 2001, donde parte de la audiencia le reclamó indignada el que interpretara la música que se había escuchado mientras niños judíos morían en las cámaras de gas, mientras la otra lo aplaudía por romper con la tradición. Lo que debía ser una celebración musical amena y alegre se convirtió en pocos minutos en el  escenario de una discusión política y étnica existente hacía sesenta años. Pero las controversias y contradicciones no quedan reservadas solo para los músicos veteranos y  los fallecidos. 

GOD BLESS AMERICA 

Estados Unidos, potencia de potencias, atraviesa un momento de gran polarización. Los múltiples conflictos sociales, raciales y migratorios atraviesan todas las esferas de la  vida, incluyendo el arte. Mientras el puertorriqueño Benito Martinez Ocasio, conocido  como Bad Bunny, aprovechó el show de medio tiempo del Super Bowl 2026 (uno de los  eventos deportivos televisados más vistos del mundo) para hacer una poderosa  declaración política en defensa de la comunidad latina, la “reina del rap” Nicki Minaj  posó junto a Donald Trump y se declaró su “fan número uno”, lo que puede resultar llamativo si se tiene en cuenta que ella es una inmigrante originaria de Trinidad y Tobago.

Las acciones de ambos fueron celebradas y repudiadas por determinados grupos, pero la diferencia radica en que Bad Bunny siguió la línea de conducta que su  audiencia espera de él: un latino que apoya a otros latinos. El caso de Minaj es distinto,  porque muchos de sus antiguos seguidores interpretaron este giro a la derecha como una  traición a su confianza. La rapera, quien hasta hace pocos años era crítica de Trump y su ideología, y cuya llegada al estrellato fue gracias a sus fans -muchos de ellos personas  de color, migrantes y miembros de la comunidad LGBTIQ+-, de repente adora al presidente que discrimina a la gente que no se ve ni piensa como él. 

Una controversia viralmente infame de la pop culture norteamericana de los últimos  meses fue la publicidad de American Eagle en la que participó la actriz Sydney Sweeney, donde un juego de palabras con “jeans” y “genes” provocó que muchos usuarios en redes sociales denunciaran un posible guiño a la supremacía blanca y eugenesia, responsabilizando tanto a la compañía textil como a la estrella de “Euphoria”, una mujer caucásica. El escándalo, que podría haberse acallado fácilmente con una disculpa tibia o una historia de Instagram explicando la situación, no hizo más que agrandarse luego de una entrevista con la revista GQ meses después, en la cual  Sweeney eligió no emitir comentario incluso cuando le fue dada explícitamente la oportunidad de aclarar que el comercial no tenía ningún mensaje de índole racial. “El anuncio habló por sí mismo”, dijo, y cuando la entrevistadora volvió a preguntarle si quería aprovechar la ocasión para responder a las acusaciones de racismo, llanamente  añadió: “Creo que cuando haya un tema del que quiera hablar, la gente me escuchará”. 

Luego de este incidente, rápidamente corrieron los rumores en redes de que Zendaya,  colega de Sweeney y mujer afrodescendiente, se negó a hacer actividades de prensa con ella en la previa del estreno de la última temporada de “Euphoria”. ¿Cómo se sentirán  los fanáticos no blancos de la serie cada vez que tengan que ver al personaje de  Sweeney, Cassie, en pantalla? ¿Son capaces de ignorar todo lo ocurrido detrás de cámaras y enfrascarse en la historia? 

OÍD MORTALES 

Si en Estados Unidos algunos performers como Sweeney eligen quedarse callados, en Argentina es otra historia. Vivimos en un país con una escena política sumamente dinámica, donde todos los miembros de la sociedad son partícipes de ella. Por supuesto,  los artistas no son la excepción: la expresión artística como forma de protesta es parte de nuestra identidad nacional, siendo los distintos gobiernos dictatoriales que  atravesamosa lo largo del siglo XX el punto de mayor tensión entre la cultura y el poder. El rock nacional, símbolo de resistencia, denuncia y memoria colectiva es sin duda el mejor ejemplo, cultivado por referentes icónicos que nos dejaron odas populares que aún hoy nos identifican. Pero nuevos reclamos en forma de canción aparecen, reconfortando a algunos sectores e incomodando a otros. 

Lali Espósito, una de las cantantes argentinas más populares de los últimos años, ha expresado repetidamente su postura política y se ha mostrado crítica del gobierno de Javier Milei desde el inicio, lo que le ha ganado los insultos y especulaciones del  mandatario y sus seguidores. Lejos de amilanarse, la artista subió la apuesta con el  provocador sencillo “Fanático” (2024), tema que tanto sus propios fans como los  detractores del presidente adoptaron como un himno moderno con el cual exteriorizar su  descontento. En este caso, el consumo pasa a ser político. ¿Escuchará algún libertario esta canción, despojándola de todo significado más allá del literal? ¿Puede eliminarse el simbolismo que inunda sus versos? 

Sin necesidad de retroceder mucho en el tiempo, el 14 de febrero Lali se presentó en el  Cosquín Rock 2026 con un vestido estampado con titulares en los que se leen varios de los apodos despectivos que le otorgó Milei, como “Ladri Depósito”, además de notas  periodísticas desacreditando su trabajo, militancia y vida personal. Tan solo cinco días después, Nicki Nicole (uno de los rostros más reconocibles de la música urbana  argentina) anunció la postergación de su show sinfónico en el Teatro Colón, emblema  del prestigio artístico nacional y tradicionalmente reservado para los sectores más acaudalados, en apoyo a las medidas de fuerza contra la reforma laboral que se debatía ese mismo día en el Congreso. Si bien su música no hace referencia directa a una  persona o hecho político concreto, como es el caso de Lali, nadie que haya ido a la  función reprogramada puede ignorar el motivo del cambio de fecha. De vuelta, el consumo (y la performance) se politiza, voluntaria o involuntariamente. 

El arte no siempre es opositor: el ícono folklórico Oscar “Chaqueño” Palavecino  interpretó “Amor salvaje” junto a Milei en el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María, en enero. Esto despertó fuertes críticas, ya que el incidente se dio en medio  de la crisis de incendios forestales de la región patagónica, que el presidente no visitó.  El Chaqueño también sufrió las consecuencias del espectáculo, porque fue expulsado de la Asociación Federal de Raíces Criollas, que calificó el acto de “incompatible con la  esencia criolla”. En el comunicado, la agrupación remarcó que sus valores históricos “están del lado del pueblo, no del poder”. Lo que algunos vieron como un momento bizarro pero divertido en un festival folklórico, otros lo interpretaron como indiferencia  frente al sufrimiento ajeno. 

Tampoco es necesario involucrar a figuras políticas para que una obra sea interpretada  como tal. En agosto de 2025 se estrenó “Homo Argentum”, película dirigida por la  dupla Cohn y Duprat y protagonizada por Guillermo Francella, cuya premisa es la de 16  mini historias sobre personajes que encarnan distintos arquetipos de la sociedad  argentina. La polémica surgió enseguida: según una parte del público, los relatos simplemente reforzaban estereotipos clasistas, antiargentinos y tenían una postura muy  poco federal; según la otra, el largometraje era una producción lograda, satírica e  irónica, y a sus detractores “woke” les disgustaba la película “porque les presenta un espejo en el cual sale a la luz todo lo que son”, como expresó el mismo Milei en un posteo de X. El telón de fondo del debate eran los roces y la tensión política entre la  administración del INCAA y la comunidad cinematográfica local, en un contexto de  disminución de financiamiento, filmación y consumo de producciones nacionales. 

¿QUÉ ES LA CANCELACIÓN? 

La cultura de la cancelación es un neologismo que se refiere a  la condena social que sufre una obra o una persona cuando no cumple con los estándares morales o artísticos que son aceptados dentro una comunidad. La cancelación usualmente nace en las redes sociales, es masiva, veloz y tiene el objetivo de aislar, repudiar y boicotear al objetivo de la campaña. 

Según sus defensores, la cancelación constituye una democratización de la cultura y una  expresión de la opinión popular, pero sus detractores consideran que causa un efecto  contraproducente y representa un riesgo para la libertad de expresión y los procesos de  aprendizaje personal, ya que, en lugar de educar, utiliza el castigo a partir de criterios subjetivos para humillar a los perjudicados y afectar sus ingresos y carreras  profesionales. Es posible que por miedo a ser canceladas las figuras públicas piensen dos veces antes de hacer o decir algo, ya que el escrutinio digital es constante y  omnipresente, pero esto también significa que los comportamientos que perpetúan discursos de odio -homofobia, racismo, misoginia, entre otros- ya no son aceptados en  silencio por los grupos afectados, quienes a través de las redes hoy pueden reclamar el  control de la narrativa.

Algunas cancelaciones ocurren por motivos relativamente inocuos, pero otras condenan  hechos cuya gravedad no puede negarse. En 2016 el vocalista de Bersuit Vergarabat,  Gustavo Cordera, realizó una serie de declaraciones en una conferencia con estudiantes  de periodismo, en las cuales llamó a la edad de consentimiento “una aberración de la  ley” y afirmó que algunas mujeres “histéricas” necesitan ser abusadas sexualmente. Cuando sus dichos se viralizaron, le llegó la tan temida cancelación: de inmediato,  grupos y referentes feministas repudiaron sus comentarios y el rechazo se esparció por  todos los círculos, escalando en la iniciación de una causa judicial en su contra por el  delito de “incitación a la violencia colectiva”. 

Luego de este episodio, Cordera mantuvo un perfil bajo los siguientes años, en un  período que el denominó de “muerte social” en una entrevista de 2021. Pero el año pasado fue invitado en el programa de Pedro Rosemblat en el streaming Gelatina, donde, hablando sobre las consecuencias de sus declaraciones, afirmó que “nunca antes  en la historia de la humanidad se vio una organización tan eficiente, tan coordinada y de tanta inversión para la cancelación y persecución de una persona, y de tantos años”. Su participación en el stream generó fuertes críticas hacia él y hacia Rosemblat, quien  rechazó los dichos del músico pero reafirmó el compromiso del programa de escuchar  pluralidad de voces, y añadió que el derecho a la palabra lo tiene todo el mundo. 

¿Habrá alguna feminista, fan de la Bersuit, que condene lo que dijo Cordera, pero que aun así iría a uno de sus shows? ¿O luego de lo ocurrido habrá decidido no escucharlo nunca más? ¿Cómo conviven el fanatismo musical y las convicciones ideológicas? 

TODO ES PLATA 

El efecto más tangible que tiene la cancelación, además de la mancha en la imagen pública, es el detrimento económico que sufre el cancelado. La estrategia más popular de las campañas de cancelación es el boicot, es decir, detener totalmente el consumo del  producto (música, libros, películas, programas de televisión) que ofrece la persona cancelada, e instar a los demás consumidores a hacerlo también. Cordera no tuvo muchas presentaciones luego de aquella charla con universitarios y la nueva biopic que protagonizó Sweeney tuvo números más bajos de lo que se esperaba en taquilla. El arma más poderosa que tenemos como simples clientes de la industria es nuestro dinero, nuestra atención y nuestro tiempo: negarle estas tres cosas a alguien lo daña más que cualquier insulto. Desde ese costado, no tiene sentido querer boicotear a Wagner, porque no necesita ni plata ni atención al estar muerto hace ya un siglo y medio. Podríamos decir, entonces, que la cancelación solo cumple su cometido cuando la persona está viva y activa. En el caso de los difuntos “cancelados”, solo queda la reflexión personal y el  análisis crítico de su obra a la hora de consumirla. 

AL FINAL, ¿SE PUEDE SEPARAR AL ARTE DEL ARTISTA? 

A pesar de todo lo que se ha dicho sobre el tema, esta es una pregunta que no tiene una sola respuesta definitiva: depende del contexto, la época, la seriedad de la controversia y, finalmente, la decisión de cada uno de nosotros como consumidores. Todos tenemos varas morales y principios no negociables distintos, y lo que es “cancelable” para una persona puede no significar ningún problema para otra.

También entran en juego los intereses personales: ¿qué se busca al consumir arte? ¿Representación, distracción, entretenimiento, empoderamiento? Si alguien simplemente quiere escuchar música enérgica mientras limpia su casa, quizás elija “La valkiria” de Wagner, pero definitivamente no es el soundtrack adecuado para un video conmemorando a las víctimas del holocausto. De igual manera, incluso si en una fiesta  noventosa seguro que suenen hits de la Bersuit, a nadie se le ocurriría ponerlos de fondo en un mitín feminista. En resumen: el contexto y la intención importan. 

Sobre el caso de Cordera, Rosemblat expresó que el cantante, además y antes de ser la  cara del escándalo, era uno de los grandes referentes de la música argentina, y que por  eso “sus declaraciones fueron tan relevantes y repudiadas, porque se esperaba algo de él, de alguien que ocupa un lugar de privilegio en la sociedad”. Esta observación sintetiza muy bien la raíz del asunto: nos decepciona y nos enoja cuando nuestros ídolos no cumplen con nuestras expectativas porque los admiramos, los escuchamos, los respetamos; a veces somos más duros con ellos que con nuestro círculo íntimo o  nuestros conocidos de la vida real. ¿Cuántos de nosotros habríamos sido cancelados ya, de ser famosos? ¿Medimos con la misma regla sus trasgresiones que las nuestras? 

No obstante, los artistas, por muy bohemios que sean, no existen en un entorno aislado: son parte esencial del mundo y se ven afectados por él en la misma medida en que lo  afectan ellos: son productores y producto de nuestra realidad. Con su trabajo pueden  inspirar, hacer una diferencia, dejar su huella, defender los ideales en los que creen. Por lo tanto, es imposible ignorar la responsabilidad social que tienen como moldeadores de la cultura. Después de todo, nos guste o no, el arte es político, y elegir ignorar esta  faceta del mismo significa ignorar también parte de su significado. 

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