Pasaron seis años desde que Argentina ingresó en el aislamiento social para prevenir el Covid-19 y nuestra corresponsal, Jazmín Abdala, piensa qué rasgos aún viven en nosotros.
Nos volvimos a ver después de meses y nadie sabía bien cómo saludar. Hubo un segundo incómodo, de esos que antes no existían, un instante suspendido donde el cuerpo duda antes de actuar. Algunos amagaron un abrazo y se frenaron a mitad de camino; otros eligieron reírse, como si el humor pudiera disimular la incomodidad. Terminamos improvisando gestos torpes: un choque de puños, una palmada descoordinada, una distancia mal calculada. Nada terminaba de encajar. El cuerpo, que antes resolvía sin pensar, ahora necesitaba instrucciones.
Ese momento fue breve, casi insignificante en términos de tiempo. Pero concentró algo mucho más grande: la evidencia de que algo se había desplazado en nosotros. Era más que el paso de los meses y el crecimiento. Habíamos atravesado una experiencia que todavía cuesta nombrar, una experiencia compartida a escala global pero profundamente solitaria en su vivencia cotidiana. Millones de personas viviendo lo mismo, pero cada una encerrada en su propia habitación.
Antes no era así. El contacto no se pensaba: sucedía. Nos empujábamos, nos amontonábamos, nos tocábamos sin registro de la distancia. Acercarse no implicaba una decisión consciente ni un cálculo de riesgo. Era un reflejo incorporado, casi una extensión del vínculo. En ese entonces no había preguntas sobre el cuerpo del otro, ni sobre su proximidad. Éramos chicos, y en esa inconsciencia también había una forma de libertad. No sabíamos que algo tan elemental como la cercanía podía volverse problemático.
Hasta que sucedió.
El avance del SARS-CoV-2 transformó esa naturalidad en amenaza. En cuestión de meses, la enfermedad conocida como COVID-19 dejó más de 7 millones de muertos en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, y produjo una reacción inédita: el repliegue masivo de la vida social. Gobiernos de todos los continentes implementaron restricciones que alteraron de manera simultánea la rutina de miles de millones de personas. En Argentina, el aislamiento social preventivo y obligatorio comenzó el 20 de marzo de 2020 y reorganizó la vida cotidiana de forma abrupta.

Las transformaciones fueron inmediatas y visibles: aulas cerradas, calles vacías, persianas bajas, silencios nuevos. Pero también hubo otras más sutiles, más difíciles de registrar en el momento, que se fueron filtrando en la vida diaria casi sin ser advertidas. La vida empezó a desplazarse hacia las pantallas: clases por Zoom, reuniones familiares mediadas por videollamadas, conversaciones sostenidas a través de audios y mensajes. El mundo, de repente, se comprimió en un dispositivo.
En ese contexto, la experiencia del tiempo también se alteró. Los días empezaron a parecerse entre sí, las rutinas se desdibujaron, y la noción de “afuera” perdió consistencia. ¿Dónde terminaba la casa cuando todo ocurría dentro de ella? ¿Qué significaba salir cuando no había un destino posible? La pandemia no solo limitó el movimiento: reorganizó la percepción del espacio, del tiempo y del vínculo con los otros.
La filósofa Paula Sibilia había advertido antes de la pandemia que la vida contemporánea ya estaba atravesada por una creciente mediatización de la experiencia. En "La intimidad como espectáculo", describe cómo lo privado se vuelve visible y cómo las relaciones comienzan a sostenerse en entornos digitales. Lo que la pandemia hizo fue radicalizar esa tendencia: la pantalla dejó de ser un complemento para convertirse en el principal espacio de interacción.
Pero hay algo que la virtualidad no logra reemplazar del todo: el cuerpo.
El antropólogo Alejandro Grimson plantea que uno de los núcleos más profundos de la experiencia pandémica fue la redefinición de lo común. Durante ese período, el cuidado dejó de asociarse con la proximidad y pasó a depender de la distancia. Estar juntos se volvió riesgoso. Separarse, un acto de responsabilidad. En ese desplazamiento se produjo una tensión difícil de resolver: la necesidad de los otros quedó subordinada a la necesidad de protegernos de ellos.
¿Qué consecuencias tiene aprender, durante meses, que el otro puede ser peligroso?
Entre los jóvenes, esta pregunta adquiere una densidad particular. No se trata solo de una interrupción educativa en términos académicos, sino de una alteración en los procesos de socialización. Hay una generación que atravesó una etapa clave de su desarrollo sin contacto cotidiano con sus pares. Sin recreos, sin pasillos, sin encuentros informales. Sin ese tejido invisible donde se aprende a leer gestos, a negociar silencios, a construir pertenencia.
Según la UNESCO, más de 1.600 millones de estudiantes en todo el mundo se vieron afectados por el cierre de escuelas en los momentos más críticos de la pandemia. Pero el dato cuantitativo, aunque impactante, no alcanza a dimensionar lo que estuvo en juego.
Para profundizar en esa pregunta, realizamos una encuesta entre 20 jóvenes que atravesaron la pandemia durante su escolaridad. Las palabras que eligieron para describir esa experiencia no dejan lugar a interpretaciones livianas: encierro, ansiedad, soledad, asfixia, trauma. Más del 40% afirmó que su forma de vincularse cambió de manera significativa.
Las respuestas abiertas permiten ir más allá de la estadística. “Al volver a las clases tuve muchas dificultades para poder socializar, ya que no sabía cómo”, escribió una persona. Otra sintetizó la experiencia de forma contundente: “Nos faltó un año para aprender a comunicarnos entre nosotros”.

Ese “año” no remite únicamente a contenidos académicos. Señala una interrupción en un aprendizaje mucho más difícil de recuperar: el de estar con otros en presencia. El de habitar el mismo espacio sin mediaciones. El de sostener una conversación sin filtros digitales.
Porque crecer no es solo incorporar información. Es también, y sobre todo, construir vínculos.
Diversos estudios comenzaron a registrar las consecuencias de ese proceso. Un informe de UNICEF advirtió que uno de cada siete adolescentes experimentó durante la pandemia algún tipo de trastorno vinculado a la salud mental, especialmente ansiedad y depresión. Sin embargo, incluso esos datos quedan cortos frente a la complejidad de lo vivido.
Hay cosas que no entran en una estadística.
Quedan en el cuerpo.
En la forma en que dudamos antes de acercarnos.
En la incomodidad de ciertos silencios.
En la tendencia a retirarnos antes de que algo suceda.
En la dificultad para sostener la mirada o el contacto prolongado.
Son marcas sutiles, pero persistentes.
Sabíamos cómo aislarnos.
Pero nadie nos enseñó cómo volver.
Esa ausencia de aprendizaje quizás explique ciertas transformaciones que hoy se perciben en lo cotidiano. Una mayor irritabilidad, una menor tolerancia a la frustración, una sensación de urgencia constante. Como si el tiempo detenido hubiera dejado una inercia difícil de revertir. Como si la experiencia del encierro no hubiera terminado del todo cuando se levantaron las restricciones.
¿Hasta qué punto seguimos habitando esa lógica?
La salida no aparece como un retorno automático a lo anterior, sino como una construcción activa. Volver a hablar, volver a estar, volver a exponerse al encuentro. Hacer el esfuerzo de sostener lo que antes era espontáneo. Buscar movimiento donde hubo quietud. Recuperar, incluso de forma forzada al principio, aquello que parecía natural.
Porque si algo dejó en evidencia la pandemia es que el vínculo con los otros no es un dato dado. Es una práctica.
Y como toda práctica, puede debilitarse.
Después de haber sentido durante meses que el mundo era una jaula, la única forma de desarmar esa sensación parece ser ir en dirección contraria: abrir, salir, acercarse. No como un gesto ingenuo que desconoce lo vivido, sino como una decisión consciente de reconstrucción.
Porque tal vez la pandemia terminó en los informes médicos. Pero el encierro —ese que aprendimos a llevar adentro— no se disuelve con la misma rapidez.
Como advierte Alejandro Grimson, las crisis no solo revelan las sociedades que tenemos, sino también las que somos capaces de construir después. En ese sentido, lo que está en juego no es únicamente la memoria de lo ocurrido, sino la forma en que esa experiencia se traduce en prácticas, en vínculos, en modos de estar con otros.
La pregunta, entonces, se vuelve inevitable.
No es solo lo que nos pasó.
Es en qué nos convertimos después de eso.
Y, sobre todo, si estamos dispuestos a volver a aprender algo que creíamos obvio: cómo acercarnos.