Derechos Humanos

Régimen Penal Juvenil: pensar la falla, no la edad

En la Argentina se piensa modificar la edad de punibilidad y nuestra corresponsal Berenice Leguiza se discute por qué "es más fácil discutir castigo que discutir desigualdad".

¿En qué estamos fallando? Cada vez que un menor comete un delito grave, el debate vuelve a aparecer casi de manera automática: bajar la edad de imputabilidad. El número se convierte en el centro de todo. Me parece increíble cómo se cree que el problema puede resolverse moviendo una cifra en una ley.

Pero yo no puedo mirar esa discusión desde afuera. Porque conozco los barrios. Porque nací en Ludueña y sé lo que significa crecer en un lugar donde el Estado muchas veces no llega, llega tarde o cuando ya pasó algo irreversible.

Sé lo que es escuchar sirenas más seguido que propuestas. También que la violencia no sea una excepción sino parte del paisaje: que a los pibes se los nombre primero como amenaza y después (si hay suerte) como personas. Sé lo que es que te acusen con un dedo señalador por el lugar donde naciste. Ni les digo si usás gorra: inmediatamente te apoyan contra la pared porque “seguro algo tenés en el bolsillo”, cuando ellos mismos ven que llegabas recién de trabajar. 

Entonces, me cuesta reducir todo a una edad. Porque antes de que un adolescente cometa un delito hubo muchas cosas que pasaron. O que no pasaron. Hubo oportunidades que no llegaron.

Hubo escuelas que hicieron lo que pudieron, pero solas no alcanzan.

Consumos que empezaron demasiado temprano. Familias atravesadas por la pobreza y el cansancio, donde faltó una red de apoyo. Barrios donde el club cerró y el pibe quedó con el sueño a medias. Un merendero que sobrevivió como pudo porque la ayuda se terminó. 

Quizá es más fácil discutir castigo que discutir desigualdad. Es más simple hablar de mano dura que de políticas públicas sostenidas. Me duele ver que es más cómodo señalar a un chico que preguntarnos como sociedad dónde estuvimos nosotros antes.

No se trata de negar el dolor de las víctimas. Ese dolor es real, profundo, irreparable muchas veces. Pero tampoco podemos fingir que el problema empieza el día que se comete el delito. El problema empezó mucho antes.

Cuando un adolescente delinque hay una responsabilidad individual. Pero también hay una responsabilidad colectiva. Porque nadie crece en el vacío. Se crece en un contexto. Y los contextos no son casualidad, son decisiones políticas, económicas y sociales acumuladas durante años.

Yo crecí en un barrio que muchas veces fue noticia por lo peor. De hecho pocas veces sacábamos alguna noticia buena. Y, sin embargo, también vi docentes que creyeron. Organizaciones que sostuvieron. Personas que acompañaron cuando parecía que no había salida. Y sé (porque lo viví) que cuando el Estado llega con oportunidades reales y no solo con control, las historias cambian.

Por eso me pregunto si la discusión no debería ir un poco más atrás. Un poco más profunda. Más incómoda quizá. Preguntarnos, ¿en qué estamos fallando para que un chico llegue a ese punto? ¿Dónde se “rompió” el camino? ¿Quién estaba cuando todavía había tiempo?

Tal vez el debate no sea solo cuántos años tiene un menor cuando delinque.

Tal vez el verdadero debate sea cuántas oportunidades tuvo antes de hacerlo.

Y esa pregunta ya no es solo legal. Es moral. Es social. Es nuestra, de todos.

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