La película "Poor things" fue un éxito por su provocación, sus actuaciones y la recreación de época. Pero, ¿cómo su locura nos interpela? Camila Marciano debate sobre el desafío de la forma en que nos vinculamos.
Camila Marciano
¿Cuál es el motivo por el cual nos empeñamos en afirmar que aquello que compone una construcción cultural es una verdad indesafiable? Nos sentamos tan firmemente bajo la sombra del árbol de los mandatos sociales que nos empeñamos en ignorar el viento de cambio que sopla en sus hojas, las estaciones que lo atraviesan. Poor things es el advenimiento de aquella sombra y supone un paso crítico: un paso hacia la difuminación entre la sombra y la luz.
Cual alegoría de las cavernas, Poor things invita a cuestionarnos si aquello que el ojo puede captar -lo que la sociedad ha aceptado como normativo- es todo lo que el mundo guarda para nosotros. O, siendo un poco más cínicos o narrativamente dramáticos, lo que se esconde/puede aceptar. A través de Bella Baxter, Yorgos Lanthimos (director de la película) nos hace repensar cómo nuestras percepciones no son “naturales”. Por el contrario, se construyen permanentemente.
Bella llega al mundo para enfrentarse a circunstancias de carácter adulto, como la prostitución, el sexo y los vínculos sexoafectivos; a través de su inocencia, podemos replantearnos nosotros mismos cómo los percibimos. ¿Es “natural” la manera de operar de Duncan Wedderburn por sobre Bella? En las sociedades occidentales de hoy en día, ¿la posesión es inherente al amor? ¿Mantenemos vínculos monogamia porque nos resulta la mejor manera de sentir la cercanía o porque es lo que hemos construido como sociedad?
Esta producción resultó ser una experiencia en sí misma, una narración impecable del crecimiento humano que por momentos goza de inocencia e ingenuidad hasta que atraviesa páramos oscuros pero sin juicios. A través de producciones de este tipo, podemos dilucidar al menos por un instante que las costumbres que guardamos, nuestras evaluaciones, prejuicios e incluso maneras de amar se ven condicionadas por un contexto socio cultural que hemos adoptado como propio.
La facilidad que gozamos de naturalizar los eventos que nos rodean es un arma de doble filo, en todo caso más peligrosa que beneficiosa. Y, ¿cómo no hacerlo? El problema o la disyuntiva surge cuando ciertas conductas naturalizadas han de privilegiar a ciertos sectores mientras que marginaliza o disminuye la oportunidad de otros. El deseo -a mi parecer antinatural- de poseer a las mujeres que los hombres tienen resulta problemático.
Cuando hay una relación sexo-afectiva entre un hombre y una mujer que gozan de todas las normativas sociales privilegiadas (heterosexuales, blancas, cisgénero, alosexuales), es de esperarse que aquellas actividades que convierten su vínculo (besarse, tener sexo, caminar tomados de la mano, sentir una conexión inefable) sean única y exclusivamente recíprocas. Lo interesante de Poor things reside en repensar cómo se dan estos vínculos. Somos especímenes sociales con la necesidad de vincularse.
A través del desentendimiento de Bella Baxter, la producción nos invita a cuestionarnos si la monogamia es la única manera —o la manera correcta— de vivir los vínculos sexo-afectivos. Bajo este aspecto, se puede criticar la naturalidad con la cual tratamos la monogamia en la vida diaria. Sin embargo, lejos de enjuiciar su existencia en sí, es posible dudar sobre aquellas maneras que parecen intransigentemente correctas. ¿No sería acaso más interesante percibir la monogamia como una parte más de nuestra cultura y que, como tal, ha de sufrir cambios y amplitudes?
Se puede abrir la puerta a que cada quien tenga la posibilidad de pensar con qué acuerdo (expresamente consensuado) quiere regir sus vínculos. Si abrimos la puerta a repensar ciertas normativas, entonces tal vez lentamente podamos repensar otras partes que sistemáticamente perpetúan ciertas relaciones de poder. Por eso reitero el término piadoso porque los habitus, según Bourdie, son difíciles de resquebrajar. Pero una vez que el agua halla su camino por la grieta no hay vuelta atrás. Las gotas rebalsan y se multiplican en los pensamientos que se atestan ante un contexto antes natural y ahora disruptivo.