Inclusión

“Nuestra tierra”: ¿Quién define esta nación?

A partir del último documental de Lucrecia Martel, nuestro corresponsal Elías Ivanoff desarrolla la principal idea que lo marcó: "Ver más allá de la historia que nos contaron".

Toda nación se inventa con un mito, lo que pasa es que el cuento que nos inventamos nosotros dejó a mucha gente afuera”, afirma la cineasta Lucrecia Martel en la presentación de su primer largometraje documental: “Nuestra tierra”. Una producción que siguió desde 2011 a 2025 el homicidio de Javier Chocobar, un integrante de la comunidad diaguita chuschagasta que vive, aún, en medio de la yunga tucumana.

El documental de Martel invita, no solo a revisar en el pasado ese mito fundacional de la Nación argentina, sino a salir afuera de nosotros mismos para pensar la realidad que nos rodea hoy. Ver más allá de la historia que nos contaron. 

Justo un 12 de octubre (el mismo día de la llegada de Colón a América) de 2009, Chocobar y otros tres comuneros (Delfín Cata, Emilio Mamani y Andres Mamani) esperan en el paraje El Chorro a Sergio Amin, un propietario que explotaba un proyecto minero en parte del territorio que la comunidad chuschagasta reclama como propio. Según testimonios de los comuneros, Chocobar venía siendo amenazado hace años por los Amin, que pretendían que la comunidad dejara de insistir con reclamos judiciales y abandone definitivamente sus tierras.

Al encuentro llegó Amin con dos compañeros armados y una cámara digital. Quizás uno de los elementos más simbólicos de la violencia es este último punto. Los asesinos registraron a detalle su escena del crimen: desde las primeras provocaciones de sus matones hasta los disparos que asesinaron a Chocobar, que murió en la ladera del cerro a la vista de toda su comunidad. La directora cuenta en un nota para Infobae: “Yo ya había visto esas imágenes del crimen de Javier Chocobar en un noticiero. Pero las había olvidado. Esa historia que vi y olvidé, y volví a ver, es la historia en la que he trabajado”.

Si bien el proceso judicial organiza la trama narrativa, la búsqueda de Martel no se limita a un hecho policial. La película inicia con una escena “universal” tomada desde el espacio exterior, que se traslada luego a una cancha de fútbol creada en medio de los Valles Calchaquíes, donde ya aparecen retratados en primer plano miembros de la comunidad. “Nuestra tierra” se teje en un ida y vuelta constante entre ese relato intimista propio de la narrativa de Martel (construido fuertemente a través del paisaje sonoro) y una pregunta general que se remonta incluso al origen mismo de nuestra nación: ¿De quién es esta tierra?

La República ha respetado más los papeles de la colonia que a los ciudadanos argentinos”, dice la voz de la coplera salteña Mariana Carrizo. La película recorre un progresivo borramiento de “el indio” en la historia oficial, que pretende develar las condiciones que hacen posible nuestra realidad. Bajo el virreinato español, las tierras donde hoy viven los chuschagasta fueron ocupadas por los colonos Colombres, quienes empezaron a llamarlos como “peonada” o directamente “gauchos”. En 1807, años antes de declarada la independencia, Nicolas Molina (otro colono) compró esas mismas tierras sin permiso de la corona con el pretexto de que la comunidad chuschagasta ya se había extinguido en la zona. Pero los chuschas no solo seguían ahí, sino que ahora debían pagar por el uso de tierras que siempre fueron propias. Sergio Amin era el último en esa cadena de ocupaciones ilegítimas. 

Cambiaron la forma de llamarnos y fue una forma de borrar a los indios”, dice uno de los comuneros como síntesis de esa negación de lo indigena en la constitución de la nación. Una negación que se replica en las escuelas, en las iglesias, en el Estado y finalmente en el juzgado. “¿Cree en Dios?”, es la pregunta de la jueza que abre la declaración de cada testigo de la comunidad. “¿Desde cuándo ustedes cuidan estas tierras en ese lugar?”, interroga incisivamente la defensa de Amin a uno de los chuschas. “Nosotros vivíamos ahí, desde nuestros ancestros, los abuelos”, responde él. 

A la atroz escena escena del asesinato que se repite una y otra vez en el juicio, Lucrecia decide contraponerla con otro vehiculo de la memoria: las imágenes de la propia comunidad. Hortensia Mamani, la viuda de Chocobar, despliega sobre la mesa una enorme cantidad de fotos que muestran la vida cotidiana de los chuschagasta: vestidos de traje para las fiestas, trabajando el campo, en familia, en las plazas. Se cuenta con las fotos las historias del desarraigo, de los que se fueron a probar suerte a Buenos Aires y después volvieron a su tierra. 

Frente a la negación, un pueblo que captura y recuerda amorosamente su existencia. Comunidades que de Sur a Norte resisten a pesar de una nación que los relega al pasado. 

Eso busca también Martel. Hacer un cine que, en sus palabras, “sirva para la existencia de los otros”. Un cine que se vuelva hoy, más que nunca, una herramienta política útil para la emancipación de esas comunidades. Una mirada que narre sin eufemismos ni distancias. Que muestre esa misma vitalidad inquebrantable que vemos en cada foto: la de un pueblo que se afirma en su tierra. 

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