¿Por qué parte de la juventud, históricamente asociada a la rebeldía social, se desplaza hacia la derecha política? Esa es la pregunta que enfrenta Mirco Arrojo en este ensayo.
Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, las juventudes fueron pensadas como el sujeto político del cambio. Desde el Mayo Francés de 1968 hasta las luchas contra las dictaduras en América Latina; desde los movimientos por los derechos civiles hasta los ciclos recientes de feminismos, ambientalismo y ampliación de derechos, la juventud apareció asociada a la ruptura con el orden establecido, a la crítica del statu quo y a la imaginación de futuros alternativos. Ser joven equivalía, en el sentido común político, a cuestionar lo dado y a empujar los límites de lo posible.
Ese imaginario, sin embargo, hoy aparece profundamente tensionado. En distintos países, y con especial fuerza en Argentina, una porción significativa de jóvenes expresa afinidad, identificación o voto hacia fuerzas conservadoras, liberales de derecha o incluso abiertamente reaccionarias. No se trata de un fenómeno marginal ni anecdótico, sino de una tendencia persistente, medible y con capacidad real de incidir tanto en resultados electorales como en disputas culturales de largo plazo.
La pregunta, entonces, no es retórica ni moral. No se trata de interpelar a las juventudes desde la decepción o el reproche, sino de comprender qué condiciones materiales, simbólicas y políticas explican que una generación socializada en un mundo atravesado por la crisis climática, la precarización laboral, la desigualdad estructural y la incertidumbre vital encuentre sentido, pertenencia o promesas de futuro en proyectos políticos que relativizan derechos conquistados, cuestionan el rol del Estado y reivindican valores históricamente asociados al orden, la jerarquía y el individualismo.
Responder este interrogante exige escapar de dos trampas frecuentes. Por un lado, la lectura nostálgica que idealiza a “la juventud” como un sujeto homogéneo, naturalmente progresista y orientado al cambio. Por otro, la lectura moralizante que reduce el fenómeno a manipulación mediática, ignorancia política o simple reacción conservadora. El corrimiento de una parte de las juventudes hacia la derecha es un proceso complejo, atravesado por transformaciones materiales profundas, crisis de representación, disputas culturales intensas y estrategias comunicacionales elaboradas.
La asociación entre juventud y progresismo tiene más de mito político que de ley histórica. Diversos estudios comparados muestran que las actitudes políticas de los jóvenes varían significativamente según contexto socioeconómico, género, nivel educativo, territorio y coyuntura histórica. Un estudio reciente del Pew Research Center, basado en encuestas realizadas en más de 25 países, señala que si bien los jóvenes tienden a mostrar mayor apertura en temas culturales y sociales que los adultos mayores, esto no se traduce automáticamente en una adhesión estable a proyectos políticos progresistas o de izquierda. Por el contrario, el informe muestra altos niveles de desconfianza juvenil hacia los líderes políticos y una demanda extendida de reformas profundas, lo que expresa más desencanto con el sistema que alineamientos ideológicos consistentes
El corrimiento de parte de las juventudes hacia posiciones conservadoras o de derecha no es exclusivo de Argentina, sino que se observa también en otros contextos democráticos, aunque con formas particulares según la región.

En Argentina, este fenómeno adquiere una densidad particular. El triunfo de Javier Milei en 2023 y la consolidación de La Libertad Avanza no pueden comprenderse sin analizar el comportamiento electoral juvenil. Diversas encuestas nacionales coinciden en que el oficialismo libertario construyó uno de sus principales núcleos de apoyo en la franja etaria de 18 a 35 años, un dato que rompe con la tradición histórica de identificación juvenil con proyectos de corte nacional-popular o progresista.
Relevamientos basados en estudios públicos y encuestas nacionales muestran que una porción significativa de jóvenes en Argentina ha expresado respaldo a Javier Milei y a La Libertad Avanza, aunque ese apoyo convive con sentimientos de frustración y crispación frente a la política tradicional. Un análisis de la consultora Zubán Córdoba y Asociados, citado en medios y apoyado por datos de sondeos realizados en 2025, indica que cerca del 48,5 % de la población aprueba la gestión de Milei, con un apoyo sostenido especialmente entre quienes tienen entre 16 y 30 años y, dentro de ese grupo, una mayor adhesión entre varones que entre mujeres, algo que también fue señalado por la propia directora de la firma en entrevistas públicas a finales de ese año.
En Europa, múltiples investigaciones basadas en datos de los Estudios Electorales Europeos (EES) han documentado un crecimiento del apoyo juvenil a partidos de derecha y de extrema derecha. Un estudio con participación de académicos de la Universidad Pompeu Fabra, London School of Economics y la Universidad de Amsterdam, por ejemplo, constata que en las elecciones europeas de 2024 el apoyo a estas fuerzas superó el 21 % entre hombres jóvenes (16-29 años), frente a un 14 % entre mujeres jóvenes del mismo grupo etario, lo que evidencia tanto un aumento del respaldo a opciones conservadoras como una brecha de género significativa en esta tendencia.
Esta dinámica se traduce en contextos concretos de elección. Por ejemplo, encuestas preelectorales en España registraron un impulso del voto joven hacia partidos de derecha y extrema derecha como Vox, particularmente entre varones de entre 18 y 34 años, lo cual representa un cambio respecto a patrones electorales precedentes donde las juventudes tendían a favorecer opciones progresistas o de centroizquierda.
Otro reflejo de esta tendencia es el aumento del apoyo a opciones políticas de derecha entre jóvenes en varios países europeos, atribuible en parte a preocupaciones económicas, crisis de vivienda y frustración con las élites tradicionales, según análisis sobre las elecciones europeas de 2024. Por ejemplo, el partido Alternative für Deutschland (AfD) duplicó su apoyo juvenil en Alemania, mientras que en Polonia la Confederación lideró segmentos importantes del voto joven.
En Estados Unidos, la situación es más compleja pero también significativa. Si bien en términos agregados el electorado joven continúa tendiendo hacia el Partido Demócrata, existen señales claras de un corrimiento relativo de hombres jóvenes hacia las opciones republicanas o conservadoras. Análisis posteriores a las elecciones presidenciales de 2024 indican que Donald Trump aumentó su apoyo entre votantes masculinos jóvenes respecto de elecciones anteriores, acercándose en ciertos segmentos a niveles competitivos con el voto femenino, lo que constituye un cambio en la composición del apoyo juvenil al Partido Republicano.
Estos procesos no implican una derechización total de “toda la juventud” a nivel global —las preferencias siguen siendo diversas y contextuales — pero sí revelan una pérdida de hegemonía del progresismo juvenil tradicional y una mayor disponibilidad a explorar opciones políticas que cuestan interpretar desde los marcos clásicos de izquierda-derecha. La evidencia apunta a que factores estructurales, materiales y culturales, como la precarización económica, la desafección institucional, las brechas de género y las transformaciones comunicacionales, interactúan para producir estos patrones, que ya no pueden considerarse marginales o coyunturales.
El avance de la derecha entre sectores juveniles no puede entenderse sin analizar el papel central de las redes sociales y las transformaciones profundas en la comunicación política contemporánea. Las plataformas digitales no son meros canales de difusión, sino espacios donde se producen identidades, afectos y sentidos de pertenencia. En ese terreno, las derechas han demostrado una notable capacidad de adaptación, comprendiendo antes que otros actores las lógicas algorítmicas, los formatos virales y la centralidad de la emoción en la construcción de adhesión política.

Investigaciones del Reuters Institute for the Study of Journalism muestran que los discursos de derecha radical tienden a generar mayores niveles de engagement en redes sociales, especialmente entre públicos jóvenes. Este fenómeno no es casual. La utilización de contenidos breves, altamente polarizantes y cargados de emocionalidad permite captar atención en un ecosistema saturado de estímulos. El humor agresivo, la provocación constante, la ironía y la simplificación extrema funcionan como dispositivos de socialización política: no solo transmiten ideas, sino que construyen comunidad, delimitan un “nosotros” y un “ellos”, y refuerzan identidades compartidas.
En este marco, la política se desplaza del terreno programático al terreno cultural y afectivo. La eficacia de estos discursos no reside en la coherencia de sus propuestas económicas, sino en su capacidad de canalizar frustraciones, enojos y resentimientos difusos. Las redes permiten convertir malestares individuales en narrativas colectivas simples, donde los responsables del fracaso vital aparecen claramente identificados: la política, el Estado, el feminismo, el progresismo y los movimientos sociales.
En contraste, muchos discursos progresistas continúan anclados en registros institucionales, técnicos o pedagógicos, con menor capacidad de interpelación emocional. La apelación a datos, consensos expertos o imperativos morales suele resultar insuficiente frente a narrativas que ofrecen pertenencia, épica y confrontación. La disputa no es sólo ideológica, sino también estética, narrativa y afectiva. En un ecosistema mediático donde la atención es un bien escaso, la incapacidad de construir relatos potentes deja a amplios sectores juveniles expuestos a marcos interpretativos reaccionarios que se presentan como disruptivos y anti-sistema.
La dimensión de género ocupa un lugar central en el análisis del corrimiento juvenil hacia la derecha y resulta clave para comprender la marcada brecha de género en el voto joven. El avance de los feminismos, la ampliación de derechos sexuales y reproductivos y la visibilización de las violencias de género transformaron profundamente las normas sociales en la última década. Estos procesos, lejos de ser meramente culturales, reconfiguraron relaciones de poder históricas y pusieron en cuestión privilegios largamente naturalizados.
Para muchos varones jóvenes, especialmente aquellos atravesados por trayectorias de precarización económica, frustración laboral y expectativas incumplidas, estos cambios se viven como una experiencia de desposesión simbólica. En un contexto donde el mandato tradicional de proveedor se vuelve inalcanzable, el cuestionamiento feminista a las jerarquías de género puede ser percibido, erróneamente, como una amenaza adicional. La derecha explota activamente este malestar, ofreciendo un relato restaurador que promete recuperar orden, autoridad y certezas identitarias.
El rechazo a la llamada “ideología de género”, a la corrección política y a las políticas de igualdad funciona como aglutinante emocional de estos sectores. No se trata únicamente de una posición política, sino de una defensa identitaria frente a un mundo que cambia rápidamente y en el que muchos jóvenes sienten que no tienen un lugar claro. Este fenómeno ayuda a explicar por qué el apoyo a opciones de derecha es significativamente mayor entre varones jóvenes que entre mujeres jóvenes, quienes, en cambio, tienden a identificarse con agendas feministas y de ampliación de derechos.
Hablar de “la juventud” como un bloque homogéneo constituye una simplificación analítica que impide comprender la complejidad del escenario actual. Las juventudes son múltiples y están atravesadas por profundas desigualdades de clase, género, territorio, nivel educativo y capital cultural. Mientras una parte de los jóvenes expresa afinidad con discursos conservadores o de derecha, otras juventudes continúan protagonizando activismos intensos en torno al ambientalismo, los feminismos, la defensa de la educación pública, el acceso a la vivienda y los derechos humanos.
Estas experiencias conviven, se superponen y, en muchos casos, entran en tensión dentro del propio campo juvenil. No existe una sola narrativa generacional dominante, sino una disputa permanente por el sentido del presente y del futuro. Las juventudes organizadas en movimientos sociales, colectivos territoriales y espacios estudiantiles construyen respuestas colectivas a la crisis, mientras otros sectores canalizan su malestar a través de opciones individualistas o reaccionarias.
Este escenario convierte a las juventudes en un campo de batalla simbólico y político central. Allí se enfrentan proyectos de sociedad antagónicos: uno que busca profundizar derechos y construir salidas colectivas a la crisis, y otro que ofrece respuestas autoritarias, excluyentes o regresivas. Comprender esta disputa implica abandonar lecturas totalizantes y reconocer que el futuro político no está predeterminado, sino abierto a la correlación de fuerzas que se construya en el presente.