"En la voz de Millanahuel está la esperanza de una Patagonia que se mantiene rebelde", escribe nuestro corresponsal Elías Ivanoff al contar sobre este rapero de 24 años que expone la vitalidad de su idioma.
En el medio de la meseta patagónica, Brian Millanahuel rapea reivindicando su identidad mapuche-tehuelche y resistiendo en su lengua, el mapudungun. Sus videoclips tienen como fondo la árida estepa de Cushamen, una comuna rural al noroeste de Chubut donde las comunidades mapuches disputan su territorio ancestral con proyectos mineros y grandes terratenientes. En ese inhóspito paisaje donde el viento arrasa con casi todo aún se teje una historia de conflictos que hace a la consolidación del Estado-Nación argentino.
“No quedó un indio en pie”, asegura el audio que Millanahuel coloca al comienzo de su canción “Estamo’ acá”. A este discurso (por demás extendido) que celebra la “campaña del desierto” como una misión exitosa que permitió la supuesta erradicación de los pueblos originarios y la llegada de la migración “civilizada” a la Patagonia, Brian responde con el orgullo de su presencia. “Quedamos miles, con el kimün de los kuifikeche que nos define”, declara inmediatamente después, haciendo referencia a un saber ancestral transmitido de generación en generación que aún se resiste en su comunidad.
El mapudungun (la “lengua de la tierra” en el idioma del pueblo mapuche que cuenta todavía con más de 100.000 hablantes entre Argentina y Chile) es una marca identitaria que recorre la música de Millanahuel. Sobre esas bases sintéticas que podríamos escuchar en cualquier canción del género, se combinan versos que recuperan elementos tradicionales como el kultrún, un instrumento ceremonial que representa la cosmovisión mapuche en su conexión con la naturaleza. Así hace sobrevivir una lengua que del lado argentino no es difundida por la enseñanza oficial más allá de algunos cursos dispersos.
Se afirma en una tierra que “tiene todo el nehuen” (la fuerza ancestral) y denuncia a un Estado que históricamente ignoró esta pluralidad al interior de la nación, permitiendo la compra de grandes extensiones de terreno sagrado en manos de empresas extranjeras. A unos kilómetros de Cushamen, donde vive Millanahuel, el museo Leleque es testimonio de esas conquistas: ahí se encuentra la estancia central de la familia Benetton, la empresa textil dueña de más de 900.000 hectáreas en la región. En el museo se retrata la vida de esos pueblos originarios que se relegan exclusivamente al pasado, cuando en realidad son los que hoy luchan por sus territorios ocupados. A lo largo de los últimos años, la Gendarmería Nacional fue protagonista de múltiples operativos represivos contra la comunidad mapuche-tehuelche de Cushamen, gran parte de ellos bajo el pretexto de proteger la propiedad privada de esas estancias.
En “Chubutano”, otra de sus canciones, Millanahuel trae consignas que resuenan fuerte en toda la provincia: “Megaminería, no es no” y “El agua vale más que el oro”. Chubut tiene un largo historial en esta lucha: desde el 2002, con una asamblea de vecinos que frenó un proyecto extractivista en Esquel e impulsó la Ley 5001 que prohíbe la minería metalífera a cielo abierto; hasta las movilizaciones populares de 2021, que se opusieron a una reforma de la ley que pretendía habilitar la actividad en la meseta central. Para 2025 el gobierno provincial -con apoyo de los emprendimientos mineros- sigue apostando a un avance de la explotación de uranio que ha demostrado no tener licencia social del pueblo chubutense.
En las letras de Millanahuel se hace presente el desarraigo al que son forzados “sus paisanos”, que se ven obligados a mudarse del campo a grandes ciudades por la amenaza que implican estos proyectos sobre su tierra. Ya en 2021, un informe técnico del CONICET-CENPAT alertaba sobre el riesgo que implicaría la zonificación minera en una región árida donde el agua es ya un recurso vulnerable.
Pero en la voz de Millanahuel está la esperanza de una Patagonia que se mantiene rebelde. En sus versos se expande un relato distinto al que siempre nos contaron sobre estos desiertos. Con beats modernos, se narra una resistencia ancestral que mantiene su fuerza en esa lengua que no se olvida ni se oculta.