Sociedad

Mi vestido rosa se rompió

El tiempo que le lleva a una víctima de abuso sexual denunciar no es lineal. Muchas veces se necesita procesar el trauma para ponerle palabras al dolor y otras tantas la Justicia no genera la confianza necesaria para que las denuncias lleguen. “Esta nota es mi forma de abrazar a la niña que fui. Y de ofrecer mis brazos a otras", escribe nuestra corresponsal Jazmín Abdala.

Hay preguntas que aparecen siempre después de un abuso. No las hace la víctima, las hacen los demás:

–¿Qué llevabas puesto? 

–¿Por qué estabas ahí? 

–¿Por qué no gritaste? 

–¿¡Por qué no denunciaste!?

Es como si el cuerpo tuviera que rendir un examen. Como si la violencia necesitara una explicación lógica para existir.

Yo llevaba un vestido rosa, con volados. Era mi favorito.

Después de eso, lo tiré.

No porque la tela tuviera la culpa, sino porque cada vez que lo veía sentía asco de mi propio cuerpo, vergüenza de haber sido mirada, tocada, invadida. Durante cinco años no pude volver a ponerme un vestido sin sentir pudor, sin sentir que mi cuerpo estaba expuesto, disponible, en peligro. Nadie te explica que el abuso también te roba la forma de vestirte, de caminar, de habitarte.

Ser abusada no es un recuerdo.

Es una experiencia que se queda a vivir en el cuerpo.

Es aprender demasiado pronto que alguien se creyó con derecho a tocarte, a usarte, a romper un límite que no sabías cómo defender. Es sentir que algo profundamente propio —la intimidad, la confianza, la inocencia— fue arrancado con violencia. No se pierde: te lo quitan. Y aunque una crezca, aunque sane, aunque vuelva a amar, hay algo que nunca vuelve a ser igual. Una se reinventa todos los días, sí, pero lo hace entre espinas, aprendiendo a desconfiar, a tensarse, a sobrevivir.

Fui abusada con 12 años.

Y la primera vez que lo conté, no me creyeron.

Busqué cuidado y recibí incredulidad. Busqué palabras y encontré silencio. Después vinieron las semanas confusas, las mesas familiares, los adultos agarrándose la cabeza, el pedido —explícito— de que no denunciara. Una parte de mi familia me creyó y me sostuvo. Otra eligió defender al abusador. No hace falta decir quién: alcanza con decir que, frente a una verdad incómoda, no siempre se elige cuidar a la niña. Y ese abandono también deja marcas. Porque al abuso se le suma el silencio impuesto, la sensación de ser un problema, de romper algo al hablar.

En medio de todo eso pasó algo inesperado. Nos reunimos con mis abuelos y, por primera vez, mis dos abuelas hablaron. Una de ellas —mi abuela paterna— lo hizo después de cincuenta y cinco años. Cincuenta y cinco años cargando algo que nunca fue suyo. Lo dijo porque yo hablé. Porque una voz habilita otra. Porque el dolor, cuando encuentra permiso, se anima a salir. Ahí entendí que el abuso no es un hecho aislado: es una herida que atraviesa generaciones, un secreto que se hereda cuando no se puede decir.

Dos años después, cuando tenía catorce, volvió a pasar.

Esa noche salí a un cumpleaños de quince y aprendí lo que era el terror. Aprendí lo que era estar sola. Mis amigas me habían dejado. Nadie estaba conmigo. Era mi cuerpo contra el de otros tres. El miedo me paralizó. El cuerpo se quedó quieto para seguir vivo. Nadie me explicó cómo se vuelve de eso: Nadie enseña cómo seguir siendo adolescente.

Como muchas, no denuncié.

Y no soy la excepción. la enorme mayoría de las víctimas de violencia sexual no lo hace. No porque mientan. No porque exageren. Sino por miedo, por vergüenza, por desconfianza, porque el sistema no cuida, porque el abuso ocurre —en la mayoría de los casos— en ámbitos cercanos, familiares, conocidos. Y aun así, cuando se habla, lo primero que aparece es la duda.

No denuncié. Y no fue porque no haya pasado o no doliera o no importara.

No denuncié porque lo sentí necesario para seguir viva. Porque no siempre se puede en el momento. Porque el silencio, muchas veces, no es una elección: es una estrategia de supervivencia.

Y es ahí donde aparece la ley, con su lógica ajena al cuerpo. La prescripción es el plazo que establece el Estado para investigar un delito. Pasado ese tiempo, la justicia no actúa. No dice que el abuso no ocurrió: dice que ya no puede hacer nada. Que pasó demasiado tiempo. Y ese “demasiado” no lo mide el trauma, lo mide un expediente.

En Argentina hubo avances. Durante años, el plazo de prescripción empezaba a correr desde el día del hecho, como si una niña pudiera denunciar, como si el trauma no bloqueara, como si el silencio fuera libre. Recién en 2011 y luego en 2015 se sancionaron leyes que reconocen algo básico: que el tiempo de las víctimas es otro, que la prescripción debe empezar cuando la persona puede hablar.

Pero esa protección no alcanza a todas.

No ampara a quienes fueron abusadas antes de esos cambios.

No escucha a las que necesitaron décadas.

No sabe qué hacer con las voces que llegan tarde, aunque lleguen rotas, temblando, diciendo la verdad.

Si mi abuela denunciara hoy, la respuesta sería simple y dura: pasó demasiado tiempo. Y cuando un abuso prescribe, no solo se garantiza impunidad: también se refuerza la idea de que, si hablás tarde, tu palabra vale menos. Que llegaste fuera de horario. Que el dolor no encaja.

No denuncié y no me arrepiento. Pero cargo con una culpa que no me corresponde: preguntarme si hice más mal que bien, si dejé a alguien en riesgo, si fallé. Ese duelo existe. Es el duelo de las que sobreviven sin justicia. De las que siguen adelante con la herida abierta.

A veces todavía me siento sucia.

A veces creo que nadie va a quererme del todo.

Sé que es una marca del abuso, un estigma que no elegí. Y nadie sabe lo que se siente mejor que quien lo vivió. No deseo que nadie lo entienda. Ojalá nadie tenga que hacerlo nunca.

Esta nota es mi forma de abrazar a la niña que fui.

Y de ofrecer mis brazos a otras.

Para que sepan que no están solas. Que hablar, aunque sea en voz baja, es un gesto inmenso. Porque cada palabra dicha es un abrazo para otra.