Inclusión

Más allá del eslogan: por una participación juvenil vinculante

Todos dicen representarnos, pero no nos eligen para que toman decisiones. Todos nos señalan como el futuro, pero no vienen a preguntarnos qué pensamos de los temas. Es hora de entender qué hay detrás del adultocentrismo y discutir cómo comenzamos a tomar lugar.

Valentín Lastra Marini

Cada vez que veo a un joven expresar su opinión política o involucrarse en una causa, aparece una sensación de esperanza: la idea de un futuro más abierto, más dialogado, más justo.

Pero esa esperanza abre una pregunta incómoda: ¿ese futuro realmente está en camino o seguimos repitiendo las mismas limitaciones de siempre?

La participación política juvenil es un derecho fundamental en una democracia. No solo permite desarrollar pensamiento crítico y habilidades como el diálogo, sino que abre un espacio para que las juventudes se expresen. Sin embargo, muchas veces opinar no cambia la realidad.

Lejos del mito de la apatía juvenil, las juventudes participan, se organizan y se involucran. El problema no es la falta de interés, sino la falta de espacios reales de incidencia. 

Y participar no es solo político: participar es parte de desarrollarse como persona y sus capacidades.
La participación juvenil no debería ser simbólica: es una condición para una democracia sostenible, representativa y federal.



Se suele decir que participar es el primer paso. Pero, ¿qué pasa después de ese primer paso si nada cambia? Entre la participación y el poder real hay una distancia que no solo desmotiva: también erosiona algo más profundo, el idealismo.

Y el idealismo importa. Es lo que permite imaginar no solo un futuro distinto, sino un presente mejor. Pensar a las juventudes como actores sociales con ideas propias, construidas desde experiencias y contextos diversos, no es ingenuo: es necesario.

No es lo mismo debatir una política desde un escritorio que hacerlo desde la experiencia. No es lo mismo que un diputado discuta si la reforma de la ley de glaciares es necesaria, a que también participe un joven que vive en El Calafate o Ushuaia. Esa diferencia no es menor: es la diferencia entre representar y realmente comprender.

No es lo mismo la perspectiva que tiene un empresario de la minería de canteras en las sierras que un joven que vive en Barker, Benito Juárez en el sistema de sierras de Tandilia.

Sin embargo, muchas decisiones siguen tomándose sin incorporar esas voces. Se sostienen políticas que no siempre reflejan las necesidades de las infancias y juventudes, y eso limita tanto su efectividad como su legitimidad.

Distintos estudios en Argentina muestran que las juventudes no solo quieren participar, sino que también perciben una fuerte falta de representación política. Más de la mitad de los chicos y las chicas no se siente identificada con los partidos políticos, en tanto 6 de cada 10 quisiera tener representación etaria en el Congreso Nacional, según CIPPEC y UNICEF (2022). Esta desconexión se profundiza en datos más recientes: alrededor del 80% de las juventudes afirma que los partidos políticos las representan cada vez menos, de acuerdo con el Informe Juventudes 2025 de la Universidad Nacional de Villa María.

Paralelamente, una democracia es legítima cuando todas las personas afectadas pueden participar en el debate público.
Teniendo en cuenta esto, se necesitan condiciones reales para asegurar que lxs jóvenes participen y sean tomados en serio, y deben ser garantizadas por los Estados.

Además, la injusticia y la desigualdad no es solo económica, también es no ser reconocido como sujeto válido.

Existe un concepto llamado adultocentrismo y otro, justicia intergeneracional: el primero es la suma de prejuicios hacia la juventud que la condicionan a la acción política, poniendo en el centro de la vida pública al adulto y haciendo que los jóvenes se desmotiven, pierdan visibilidad y sean tomados como si no tuvieran nada que aportar a la política. La justicia intergeneracional es la búsqueda constante de una equidad entre las generaciones pasadas, las actuales y las futuras en el ámbito de la toma de decisiones.

Estos conceptos no son tan conocidos porque vivimos tanta veces el adultocentrismo sin tenerlo presente como problema.



El adultocentrismo presente en los espacios de gobernanza ha derivado en prácticas de tokenismo, el cual básicamente es que inviten a los jóvenes para la foto, pero no los incluyan realmente en el debate. Estas prácticas imitan la incidencia real de las juventudes.

En cambio, la justicia intergeneracional trae consigo políticas públicas sostenibles en el tiempo, urgentes, innovadoras y que realmente representan las necesidades de las infancias y las juventudes.

La participación juvenil debe ser vinculante y no consultiva. Pensar a las y los jóvenes como actores sociales que deben ser incluidos en la cocreación de políticas públicas es esencial para la democracia y debe ser institucionalizada, porque no podemos depender de cuestiones partidarias.

A nivel internacional, incluso organismos como Naciones Unidas plantean la necesidad de pasar de una participación simbólica a una participación significativa, donde las juventudes no solo sean escuchadas, sino que formen parte de la toma de decisiones. 

Las juventudes no debemos quedarnos mirando a ver si el cambio se hace o no. Debemos organizarnos y pasar de motivaciones individuales a luchas colectivas y revolucionarias, como dijo el Papa Francisco: “Jóvenes, juéguense la vida por grandes ideales”.

Durante mucho tiempo, sentí esa distancia entre participar y realmente incidir. Estar, opinar, involucrarme, pero sin ver cambios concretos. Y entender que eso no era un problema individual, sino estructural, cambia la forma de mirar la política. Porque deja de ser una frustración personal para convertirse en una responsabilidad colectiva. 

Atrévanse a sobrepasar las barreras de la edad. Yo tengo 14 años, y en años anteriores he  pasado por muchos espacios de participación, donde la edad mínima era 16, 15 y demostrar pasión, demostrar motivación hace que la diferencia de la edad sea solamente un número en un formulario.

La democracia hoy enfrenta una contradicción evidente: hay juventudes activas, pero no siempre hay poder para ellas.

Superar esa brecha no implica solo abrir más espacios, sino transformar la forma en que se toman decisiones: pasar de escuchar a compartir poder.

Porque una democracia más inclusiva no se construye solo con jóvenes que participan, sino con jóvenes que también deciden.

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