Nuestra corresponsal Ivana Herz nos desafía con la pregunta de cómo una escritora convirtió el humor en una forma de intervención política sobre el machismo.
Hay autoras que se recuerdan por lo que escribieron. Y hay autoras que se recuerdan, sobre todo, por lo que habilitaron: un modo de mirar el mundo que vuelve difícil aceptar ciertas “normalidades” sin hacer preguntas.
María Elena Walsh pertenece a esa segunda categoría.
En Argentina suele aparecer en el mismo lugar del recuerdo: el de la infancia. Manuelita, El reino del revés, La reina Batata. Pero si la leemos solo desde ahí, nos perdemos la parte más inquietante de su legado: Walsh no se limitó a entretener ni a “educar”; escribió como quien instala sospechas. Y muchas de esas sospechas fueron feministas.
Esa perspectiva no nació en el vacío. También tiene geografía.
Antes de convertirse en un símbolo cultural argentino, Walsh vivió en París y se conectó con un clima intelectual europeo que, en la segunda mitad del siglo XX, estaba redefiniendo cómo pensar a la mujer, la cultura y la libertad. Aparece entonces con claridad ese paso por Francia, su vínculo con esa atmósfera y el contacto temprano con Simone de Beauvoir como referente de la segunda ola.
Esa experiencia importa por una razón concreta: le dio a Walsh un vocabulario y una sensibilidad que en Argentina circularían más tarde y en condiciones mucho más ásperas. No porque acá no existieran desigualdades o debates, sino porque el contexto político (dictaduras, censura, urgencias institucionales) comprimía el espacio público y volvía más difícil instalar ciertas discusiones sin pagar costos.
Lo interesante es lo que Walsh hizo con ese bagaje.
No volvió para escribir teoría. Volvió para escribir cultura. Y ahí está el punto: su feminismo no aparece solo en lo que enuncia, sino en el modo en que interviene.
En lugar de predicar, Walsh construyó un dispositivo: el humor como forma de desarmar jerarquías. En 1980, publicó en la revista Humor un texto que todavía incomoda por su vigencia: Sepa usted por qué es machista. Es una enumeración satírica que ridiculiza al machismo como “naturaleza” y lo expone como lo que es: una construcción cultural.
Son 24 puntos, pero en esta nota me enfocaré en tres, que condensan el núcleo de la operación.
Walsh no está haciendo un chiste: está diciendo que donde no hay humor suele haber rigidez, y donde hay rigidez, la jerarquía se vuelve más difícil de cuestionar.
No se trata solo de actitudes individuales, sino de estructuras: espacios donde se aprende qué vale y qué no vale, quién pertenece y quién entra con “permiso”.
El temor no es “a las mujeres”, sino a la pérdida de control sobre el reparto de roles. Es un miedo político, aunque se presente como costumbre.
Hasta acá parece literatura. Pero también es ciencia política, si se lo mira con las herramientas correctas.

En comunicación política, una teoría clave es framing: la idea de que no solo importa de qué se habla, sino desde qué marco se interpreta. Walsh toma el tema “machismo” y lo corre del marco solemne (la pelea, el sermón, el “vos sos así”) al marco ridículo: lo vuelve algo que puede mirarse desde afuera, desnaturalizarse, exponerse. Eso es poder simbólico: modificar el encuadre con el que una sociedad entiende un problema.
Y hay otra teoría que ayuda a entender por qué esto fue tan efectivo: agenda-setting. El planteo central es que los medios y la cultura no necesariamente te dicen qué pensar, pero sí te condicionan sobre qué pensar. Walsh, escribiendo en una revista de humor en un país atravesado por censura, encontró una rendija para poner en agenda una discusión que, en otros formatos, habría sido bloqueada o trivializada. El feminismo entra, en su caso, no por la puerta del manifiesto, sino por la puerta lateral de la sátira.
Ese movimiento conecta con una intuición de teoría política clásica: la hegemonía cultural (Gramsci). Si el poder no se sostiene solo por coerción, sino también por consenso y sentido común, entonces disputar el sentido común es disputar poder. Walsh escribió, precisamente, contra el sentido común que hacía del machismo una forma de “orden natural”.
Por eso su obra no es solo denuncia. Es pedagogía cultural. Walsh actúa sobre la materia prima de la hegemonía: lo cotidiano, lo que se repite sin pensarse, lo que se hereda como costumbre.
Esto se ve también en su mirada sobre la infancia. Cuando Walsh elige no subestimar a los chicos, cuando propone mundos donde las reglas se invierten, está entrenando una habilidad política básica: imaginar alternativas. Y para cualquier teoría democrática mínimamente seria, la imaginación social no es un adorno; es un requisito. Una sociedad incapaz de imaginar otros arreglos termina confundiendo orden con destino.
En el mismo material que trabajamos, aparece una definición de feminismo atribuida a Walsh que va en esa línea: no como competencia con el varón, sino como búsqueda de libertad y de integración plena en la sociedad.
Leída hoy, esa formulación tiene una vigencia particular porque insiste en un punto que a veces se pierde: el feminismo no se trata de intercambiar privilegios, sino de discutir los moldes.
Por eso, si este 8 de marzo se vuelve a Walsh, la pregunta no debería ser solo “qué dijo”. Debería ser “qué método nos dejó”.
Su método fue simple y difícil a la vez: tomar lo que parecía natural y hacerlo discutible. Mover el marco. Forzar a que el sentido común rinda examen.
El desafío para el feminismo actual, tal vez, sea sostener esa capacidad en un ecosistema donde todo se acelera, se polariza y se consume en forma de consigna. Walsh no necesitó proclamar una revolución para instalar una sospecha duradera. Le bastó con intervenir donde se fabrica lo que una sociedad “da por hecho”.