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Los monitos también tienen sentimientos

El caso del Monito Punch, en Japón, se volvió tendencia por mostrar la sensibilidad animal. Nuestro corresponsal Marcos Donaire nos mostró los parecidos con los humanos.

En el mes de marzo nos vimos emocionalmente afectados a través de las redes sociales por Punch,  un pequeño mono japonés de apenas ocho meses que nació en julio de 2025 en el zoológico de Ichikawa. Su historia, que rápidamente se volvió viral en redes sociales, es la de un ser marcado por el rechazo y la soledad. Desde sus primeros días de nacido, su madre y toda la manada lo apartaron y atacaron cada vez que intentaba acercarse. Así quedó aislado, sin compañía ni protección. 

El primer amigo de Punch no fue otro mono, ni siquiera su madre: fue un pequeño peluche que los mismos cuidadores le dieron para sentirse acompañado día y noche en el zoológico. Su relación con ese objeto de apego, que no soltaba ni un instante, se mostró en redes sociales: videos del pequeño mono jugando con el peluche, abrazándolo para dormir y llorando para que los cuidadores no se lo llevarán para lavarlo.

No es solo su muñeco, es su refugio frente al rechazo de la manada. Pero tras un fuerte temporal de lluvia que azotó la región, Punch lo perdió. Desde entonces, el pequeño mono japonés de apenas ocho meses parece más apagado y las imágenes compartidas en redes sociales lo muestran visiblemente triste y vulnerable, afectando a los mismos usuarios.  

​Tras el rechazo de su propia manada y la pérdida de su objeto de apego, en tan solo semanas del mismo mes, Punch encontró consuelo en una compañera de la misma especie que comparte un vínculo al igual que lo hacía con su peluche. 

​La llegada de Aiko ha cambiado la soledad de Punch por completo. Aiko no es solo una compañera de juegos; sino que es una "mona espejo". Ya que se parecen mucho con Punch, ella también fue víctima del rechazo de su grupo y sobrevivió a la soledad extrema en su manada. Su historia se viralizó porque refleja la fragilidad de los animales en el encarcelamiento social y la necesidad de empatía.

​Hoy, Punch ya no busca un objeto inanimado para sentirse seguro. En los brazos de Aiko, ha encontrado un calor que el peluche no podía darle: el de alguien que entiende, por instinto y vivencia, lo que significa estar solo en el mundo. La comunidad internacional sigue atenta a la evolución de esta amistad que creará una pareja. Se ha convertido en un símbolo de que, incluso en el encarcelamiento más estricto, la compañía mutua es la herramienta más poderosa para la sanación.

La historia de Punch nos interpela. ¿Qué deberíamos hacer como humanidad para que un pequeño mono no tenga que sufrir de esta manera? ¿Cómo podemos garantizar que los animales en un encarcelamiento reciban no sólo alimento y cuidados médicos, sino también compañía, afecto y un entorno emocional saludable?  

Punch y Aiko nos recuerdan que la empatía no es exclusiva de los humanos: también puede surgir entre especies distintas. Quizás ahí esté la clave para repensar nuestra relación entre nosotros, con los animales y con la naturaleza.