Al desafío de conseguir el primer trabajo se suma conocer qué información es segura para dejar en las plataformas que ofrecen empleo, en donde se combinan IA, términos imposibles de leer y estafadores.
Mandás el CV. Esperás. Actualizás el mail. Nada. Volvés a postularte. Para conseguir el primer trabajo hay que demostrar experiencia; para demostrar experiencia, primero hay que conseguir una oportunidad. Ese círculo no es nuevo, pero la forma de intentar romperlo sí cambió.
Hoy buena parte de la búsqueda empieza frente a una pantalla: completamos LinkedIn, activamos el “Open to Work”, cargamos cursos, idiomas y proyectos, y dejamos nuestro currículum en distintas plataformas. En ese recorrido, no solo mostramos lo que sabemos hacer. También dejamos información sobre quiénes somos. Y esa información puede ser leída mucho antes de que un reclutador decida conocernos.
El acceso al primer empleo se volvió más difícil. Un análisis de Advice, realizado sobre más de 60.000 oportunidades laborales publicadas entre 2022 y 2026, encontró que los puestos dirigidos específicamente a personas sin experiencia o con menos de un año de experiencia representaban el 25,8% de las oportunidades en 2022, pero bajaron al 15,6% en 2025. La diferencia es de 10,2 puntos porcentuales: por cada diez oportunidades de entrada que existían en 2022, en 2025 quedaban aproximadamente seis.
La caída tampoco se concentra únicamente en sectores vinculados con la tecnología. Según el mismo análisis, las oportunidades para quienes recién ingresan al mercado también disminuyeron en actividades como transporte, turismo y hotelería. La inteligencia artificial no explica por sí sola el retroceso, pero sí está cambiando otra parte de la búsqueda: la manera en que las empresas seleccionan candidatos.

La tecnología no creó el problema de la falta de experiencia. Pero sí está agregando nuevos intermediarios entre quien busca trabajo y quien puede contratarlo. Y eso abre una pregunta que suele quedar en segundo plano: ¿qué información entregamos cuando intentamos conseguir una oportunidad? LinkedIn es uno de los lugares donde esa pregunta se vuelve más evidente. Para alguien que recién empieza, tener un perfil puede ser una ventaja. Una carrera universitaria, un curso, un voluntariado, un proyecto personal, un idioma o una herramienta que aprendiste a usar pueden ayudar a construir un perfil profesional incluso cuando la sección de experiencia todavía está casi vacía.
Pero LinkedIn no funciona solamente como una vidriera. En su Política de Privacidad, la plataforma explica que utiliza datos personales para proporcionar y personalizar sus servicios, recomendar empleos y ayudar a los reclutadores a encontrar candidatos. También tiene en cuenta determinadas señales de actividad, como las ofertas que mirás o guardás, las empresas que seguís o los puestos en los que indicás interés.
La información que puede utilizarse es bastante concreta. LinkedIn señala que sus herramientas de contratación basadas en inteligencia artificial pueden considerar datos como experiencia laboral, ubicación, educación, habilidades, certificaciones, voluntariados y publicaciones, además del estado de “Open to Work”, los currículums que hayas puesto a disposición y las respuestas a determinadas preguntas de selección.
Lo mismo ocurre con otras plataformas similares, como Computrabajo o Zonajobs. Eso significa que completar un perfil no es solamente llenar casilleros. También es construir un registro profesional que puede utilizarse para conectarte con oportunidades y para que otras personas te encuentren. La pregunta ya no es solamente cómo hacer para que te vean. También es qué querés que vean.

En Argentina, la Agencia de Acceso a la Información Pública (AAIP) considera datos personales a la información que se relaciona con una persona y permite identificarla. La lista es bastante más amplia de lo que suele aparecer en un CV: incluye DNI, domicilio, teléfono, fotografías, videos, datos de localización, dirección IP, cookies y datos biométricos, entre otros. La Ley 25.326 de Protección de los Datos Personales también reconoce derechos para conocer qué información se tiene sobre una persona y con qué finalidad se utiliza.
Eso permite mirar el currículum de otra manera. Una empresa puede necesitar saber qué estudiaste, qué herramientas manejás o cómo contactarte. Pero que un dato sea personal no significa que sea necesario para una contratación. Tu DNI no demuestra que puedas hacer el trabajo. Tu domicilio completo tampoco. Tus datos bancarios, mucho menos.
Un CV debería responder una pregunta sencilla: ¿por qué esta persona puede hacer este trabajo? Si un dato no ayuda a responderla, vale la pena preguntarse si realmente necesita estar ahí.
Este último punto importa especialmente cuando llevás semanas mandando currículums sin recibir respuestas. Un mensaje que dice “¡Felicitaciones! Tu perfil fue seleccionado”, puede sentirse como la oportunidad que estabas esperando. Si además se promete trabajo remoto, incorporación inmediata y un sueldo muy superior al habitual, es fácil entusiasmarse antes de comprobar quién está del otro lado. Pero no toda oferta laboral busca contratarte. Algunas buscan tus datos.

Y hay algo más que ocurre después de ese primer contacto. El CV tampoco necesariamente desaparece cuando termina la postulación. LinkedIn explica que puede conservar currículums cargados por los usuarios para facilitar futuras aplicaciones y personalizar recomendaciones. También señala que determinados datos de esos documentos pueden utilizarse en funciones relacionadas con inteligencia artificial y, según las configuraciones correspondientes, contribuir a mejorar modelos de IA generativa.
Por eso, un currículum no es solamente un archivo que pasa de tu computadora a Recursos Humanos. Puede convertirse en información almacenada, procesada y reutilizada dentro de un sistema.
Esto no significa que haya que dejar de usar LinkedIn ni desconfiar de cualquier empresa que solicite información. Significa entender que una postulación no termina necesariamente cuando aparece el mensaje “enviado”. Antes de compartir algo, también podemos preguntarnos quién lo va a recibir, para qué lo necesita y qué puede ocurrir con esa información después.
Y en ese punto aparece otra paradoja del primer empleo: no tener experiencia laboral no significa no tener nada que ofrecer. Un proyecto universitario puede demostrar organización y trabajo en equipo. Un voluntariado puede mostrar compromiso. Una certificación puede acreditar una herramienta. Un proyecto personal puede hablar de iniciativa. Incluso un trabajo temporal puede aportar habilidades que después sirven para otra búsqueda.
No hace falta inventar experiencia. Hace falta aprender a contar lo que ya sabés hacer. El problema es que, mientras aprendemos a contar esas capacidades, también tenemos que aprender a movernos en un proceso de selección cada vez más digitalizado. Un CV puede pasar por un sistema automático antes de llegar a Recursos Humanos. Un perfil puede ser utilizado para recomendarte una oferta. Una plataforma puede cruzar tus habilidades con una búsqueda. Y una propuesta laboral que parece perfecta puede terminar siendo una estafa.
Buscar trabajo, entonces, ya no consiste solamente en armar un buen CV y mandarlo. También implica saber qué información entregamos, quién puede verla, para qué puede utilizarse y qué parte de nuestra identidad queremos dejar expuesta.
Porque conseguir el primer trabajo ya es suficientemente difícil como para que, además de demostrar lo que sabemos hacer, tengamos que entregar información que nadie necesitaba para contratarnos. La experiencia se construye trabajando. Los datos, en cambio, se empiezan a acumular mucho antes.
Y si para conseguir nuestra primera oportunidad tenemos que dejar una huella en Internet, al menos deberíamos poder elegir qué huella dejamos.