Sociedad

Libros más baratos, ¿a qué costo?

Una propuesta de reforma de la Ley del Libro y del precio de venta al público estandarizado reabren un debate en donde los nuevos lectores tenemos un deseo genuino de comprar más barato, pero que eso no perjudique la cultura nacional.

Nunca fue tan fácil encontrar un libro y tan difícil comprarlo. Alcanzan unos segundos para buscar cualquier título desde el celular. Lo difícil empieza cuando aparece el precio. Para muchos jóvenes, entrar a una librería, recorrer los estantes y volver a dejar un libro en su lugar es una escena cada vez más habitual. No porque falten historias para descubrir, sino porque muchas veces el bolsillo decide antes que las ganas de leer.

En ese contexto, el Gobierno nacional impulsa la derogación de la Ley 25.542 de Defensa de la Actividad Librera, vigente desde enero de 2002. La norma establece que un mismo libro debe venderse al mismo precio en cualquier punto del país, ya sea una librería independiente, una cadena comercial o una plataforma digital. 

Para el oficialismo, eliminar ese precio uniforme permitiría que cada comercio compita con descuentos y promociones propias. La apuesta del Ministerio de Desregulación, encabezado por Federico Sturzenegger, es que una mayor competencia se traduzca en libros más baratos. En los fundamentos difundidos por el organismo, el Gobierno sostiene que no existe evidencia internacional concluyente que demuestre que el precio fijo sea indispensable para preservar la diversidad editorial.

Libreros, editores y cámaras del sector plantean otra mirada: el problema no sería solamente cómo se venden los libros, sino qué explica realmente su precio. Sostienen que la competencia podría darse entre actores con capacidades económicas muy diferentes. El modelo argentino no es una excepción. Sistemas similares funcionan desde hace décadas en países como Francia, Alemania, España, Japón y Corea del Sur, donde el libro es considerado también un bien cultural.

La Ley del Libro nació después de la crisis de 2001, cuando supermercados y grandes superficies comenzaron a utilizar ejemplares como productos de promoción, incluso vendiéndolos por debajo de su costo para atraer clientes. La respuesta fue establecer un precio uniforme para evitar que la diferencia entre comercios dependiera únicamente de quién podía ofrecer mayores descuentos.

Más de dos décadas después, los números muestran un ecosistema amplio. Según la Cámara Argentina del Libro (CAL) y la Cámara Argentina de Librerías Independientes (CALI), Argentina cuenta con alrededor de 1.500 librerías y 2.000 editoriales. Solo en 2022 se publicaron 11.846 novedades editoriales, de las cuales el 77% correspondieron a pequeñas y medianas editoriales. Además, nueve de cada diez libros vendidos fueron impresos en el país y cerca del 80% de las editoriales argentinas son pymes, según datos de la CAL. La cultura representó el 1,8% del Producto Bruto Interno en 2022, de acuerdo con el Sistema de Información Cultural de la Argentina (SINCA).

Pero detrás de esos números aparece otra realidad: para muchos lectores, los libros son caros. Martina Giacoboni, librera de Chajarí, Entre Ríos, lo ve todos los días: "Hay mucha gente que entra, mira los libros y se va porque exceden su presupuesto". Para ella, el problema excede la regulación: "Los libros son caros, sí, pero también porque el papel está concentrado en pocos productores y porque el poder adquisitivo cayó muchísimo".

La Ley del Libro no define cuánto cuesta una publicación: ese precio lo establece cada editorial según sus costos de producción. Solo regula que, una vez fijado, sea igual en todos los puntos de venta. Desde el sector editorial señalan que el valor final también depende del papel —que distintos referentes estiman representa cerca de la mitad del costo de producción—, la impresión, la logística, la inflación y la caída del poder adquisitivo.

En esa línea, el presidente de la Cámara Argentina del Libro, Juan Pablo Pampín, sostuvo que el precio promedio de los libros viene creciendo por debajo de la inflación en los últimos años y que reducir la discusión únicamente a la Ley del Libro simplifica un problema más amplio.

Martina lo resume desde su experiencia: "En mi ciudad hay solo tres librerías y todas somos independientes. Creo que seguimos existiendo porque existe esta ley. Si una plataforma decide hacer descuentos agresivos, nosotros no podemos competir".

La experiencia internacional es uno de los principales argumentos del sector. El caso más citado es el Reino Unido. Tras eliminar un sistema similar de precio fijo durante la década de 1990, más de 500 librerías independientes cerraron y su participación en el mercado cayó del 19,9% al 9,6%, según datos recopilados por la CALI a partir de estudios sobre el mercado británico.

Mientras algunos best sellers redujeron temporalmente su precio, parte del catálogo terminó encareciéndose. Para quienes defienden la regulación, el resultado fue una mayor concentración del mercado y una pérdida de bibliodiversidad. El Gobierno, en cambio, sostiene que esos antecedentes no pueden trasladarse automáticamente a la Argentina y que una mayor competencia puede beneficiar a los lectores. Por el momento, la iniciativa forma parte de un borrador impulsado por el Ministerio de Desregulación y todavía no ingresó al Congreso. 

Quizás el verdadero debate nunca haya sido si un libro puede costar unos pesos menos. Quizás la discusión sea qué entendemos cuando hablamos de acceso a la cultura. Porque un libro nunca llega solo a las manos de un lector. Antes pasó por un autor, un traductor, una editorial, una imprenta, un distribuidor y, muchas veces, por un librero que supo ponerlo en las manos indicadas.

Detrás de esta discusión hay una escena mucho más simple: alguien frente a una vidriera, mirando un libro que quiere leer y preguntándose si puede pagarlo. Porque hacer más accesible la lectura no implica solamente bajar un precio. También implica preguntarse qué libros llegan a existir, qué autores encuentran un lugar, qué librerías sobreviven y qué espacios siguen acompañando a los lectores.

La respuesta todavía no está escrita. Como ocurre con los buenos libros, será una historia que se construirá entre muchas manos. Y entre ellas estarán las de quienes leen, eligen y deciden qué lugar quieren que ocupen los libros en la sociedad que están creando.

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