Las frutinovelas no son sólo un contenido mal diseñado y con una penosa narrativa violenta: también son tremendamente adictivas. Aún así, se pueden convertir en una advertencia para pensar nuevas ficciones que vuelvan a ocupar el encuentro y la expectativa.
La falta de entretenimiento accesible y de calidad invade en forma de reels nuestro hogares: cuarenta millones de visitas en contenido hecho por IA. En 19 segundos vimos una naranja vestida como una niña siendo sexualizada, un hombre manzano que la engaña con su mejor amiga, todo esto mientras suena una canción entonada por un gatito atrás. Porque aunque suene ilusorio, esta es la modernidad.
Una mezcla entre humor bizarro, infidelidad y machismo inunda las redes en el último tiempo, acumulando cuarenta millones de vistas en setenta y dos horas.
Las frutinovelas fueron hace poco el fenomeno viral de redes Y si todavía no la viste, alguien cercano a vos sí.
Pero, ¿por qué no podés parar de ver estos videos?
Porque vos sabés que está mal hecho. Sabés que la animación es torpe, que los labios no están sincronizados, que el guión es el mismo de siempre. Sabés que estás mirando una fruta con drama conyugal generado en veinte minutos por un algoritmo.

Y sin embargo llegaste al episodio catorce. Esto no es un problema de gusto. Es neurología. El contenido ideológico no llega como argumento que se posible discutir.
Lo dijo Sara Barquinero: "Muestran a las mujeres como entes malvados. [...] Pinceladas que se cuelan en relatos de pretendido entretenimiento".
Otro mecanismo que se utiliza no solo en este contenido es la repetición como verdad. No metafóricamente: literalmente. Según un estudio de Hasher, Goldstein y Toppino ("Frecuencia y la conferencia de validez referencial"), los seres humanos tendemos a creer más en las cosas que ya escuchamos antes, independientemente de si son ciertas o no. A esto se le llama ilusión de verdad. Y las frutinovelas son una máquina de repetición: siempre el mismo triángulo amoroso, siempre la misma traición, siempre los mismos roles. Él que engaña, ella que perdona o que se venga y la otra que es “la mala". Episodio tras episodio tras episodio esa estructura narrativa deja de parecer una elección y empieza a parecer la naturaleza de las cosas.
Y por último la dopamina, la más conocida de todas y la más adictiva. No es por lo que mirás sino por lo que estás por mirar ya que el pico de placer ocurre en la anticipación, no en el consumo (Salimpoor, 2011). Por eso el capítulo termina justo cuando la sandía se entera de la traición para que tu cerebro libere dopamina esperando el próximo.
El algoritmo no te engancha: te programa.
Como buena hija del internet, al principio creí que era algo normal, puesto que yo misma de niña llegué alguna vez a contenido violento en Internet. Pero esto es muy distinto: el contenido no solo le habla claramente al consumidor, sino que la cantidad de exposición a este contenido es mayor que la que cualquiera puede imaginarse que un niño afrontaría, y cada vez peor.
Todo esto existía antes de las frutinovelas. Existía la violencia normalizada en "Happy Tree Friends", las películas con contenido machista, las de mala calidad también ¿Por qué ahora me parece más urgente hablar de esto?
Porque antes había competencia.

Cuando Polka ponía al aire Son Amores cuando existía Poli ladron o en mi generación podemos hablar de Violeta o Zamba, había algo compitiendo por ese mismo tiempo de pantalla. Algo hecho acá, con actores de acá, con problemas reconocibles, con el humor específico de este país. Ficciones que miraba el padre y la hija y la abuela y al otro día se hablaba en el recreo, en la oficina, en el kiosco. Eso no era solo entretenimiento. Era un tejido cultural.
Eso se rompió. No de golpe, no por una sola razón. El streaming llegó con series muy buenas que están detrás de una suscripción que no todo el mundo puede pagar, y cuando la ficción local aparece en esas plataformas, muchas veces llega lavada de argentinidad, pulida para un espectador universal que en realidad no existe, pensada para no molestar a nadie y por lo tanto sin decir nada a nadie en particular.
En ese vacío, con ese hueco enorme donde antes estaba la ficción masiva, gratuita y nuestra, entró una manzana con amante. El problema no es la manzana. El problema es que la manzana encontró la casa vacía.
Y acá viene el dato que a mí me parece el más revelador de todo esto: los modelos de inteligencia artificial que generan estas historias aprendieron de lo que existe. El sesgo no se agrega después, viene desde el principio, desde los datos de entrenamiento. Décadas de telenovela latinoamericana con estructuras de género muy definidas, con los mismos roles de siempre, con la misma moral de siempre. La IA no inventó la frutinovela machista. La IA promedió todo lo que ya contábamos y lo reprodujo sin fricción, sin una escritora que decida romper el molde, sin un director que proponga otra cosa, sin ningún ser humano en el medio que quiera contar algo diferente.
Eso es lo peligroso, y la principal diferencia, cuando antes el contenido era polémico había una cara detrás de la idea. Estas novelas no son nadie y pueden expandir mensajes horribles sin consecuencias a escala industrial con costo casi cero.
Preocuparnos por cómo violenta o desinforma esto a las futuras generaciones ya no es un problema del futuro, porque si algo bueno nos dejó la inmediatez es poder ver casi al instante el contenido basura que consumimos.
Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?
El problema no es el espectador. El hambre es real, el deseo de ficción masiva, accesible, que nos interpele, que tenga algo nuestro adentro, ese deseo es completamente legítimo, queremos algo mejor.
Y es importante decir que ese lugar no está vacío porque no sepamos llenarlo, o porque la industria no tenga calidad. Ese lugar está vacío porque la TV abierta achicó su apuesta, porque el streaming prefiere lo genérico, porque financiar ficción local de calidad es caro y arriesgado y nadie quiere arriesgar.
Pero alguien tiene que decirlo: nos merecemos algo mejor que una manzana infiel.
Nos merecemos una ficción que sepa dónde está parada, que tenga acento, que pueda nombrarse y que cuando termine el episodio plantee la conversación al día siguiente, en el recreo, en la oficina, en el kiosco.
Como siempre supimos hacer.