Viral

La tendencia Femcel, ¿autonomía o pasado?

El sexo es un instinto. Pero también es una institución. Está atravesado por poder, economía, estética y género. Por eso, el debate sobre el celibato femenino no se limita a la vida privada. Nuestro cuerpo y nuestro goce siguen siendo debate público.

Lo vimos en la serie de Netflix Adolescencia, donde se nombraba a los incels, y recientemente en una entrevista a la cantante española Rosalía, quien dijo estar practicando el celibato voluntario o volcel. Pero estos no son los únicos ámbitos donde se nombra esta práctica: tanto en podcasts como redes sociales encontramos videos de mujeres jóvenes, a menudo pertenecientes a la llamada “Generación Z” (desde los 13 a los 28 años) nombrando al celibato desde distintas posturas tanto a favor como en contra, pero dejando en claro que es un tema que tomó mucha fuerza durante los últimos años, a pesar de que su práctica se remonta a mucho tiempo atrás.

En Internet todo se convierte rápido en etiquetas: volcel, femcel. Palabras nuevas para un concepto antiguo que será central en este análisis: el celibato femenino. Durante años se habló de que la liberación pasaba por el sexo, las citas y el deseo evidente. Que el empoderamiento era animarse. Apropiarse del cuerpo de uno. Que la revolución era gozar. El tabú se volvió de mal gusto. Y, sin embargo, en 2026 cada vez más mujeres parecen estar volcandose para el otro lado. Entonces, ¿qué es lo que está sucediendo realmente?

Para hacer un análisis de este fenómeno debemos primero recordar las raíces: el término incel nació en foros como Reddit y 4chan para nombrar a hombres que se definían como “célibes involuntarios”. Con el tiempo, muchas de esas comunidades se volvieron espacios de misoginia organizada, donde la frustración sexual y emocional dirigida contra las mujeres, se convertía en discursos ideológicos que luego serían amplificados en redes sociales. En algunos casos, ese clima derivó en episodios de violencia en el mundo real.

Las femcels aparecen como una especie de reapropiación irónica del término. Pero la distinción clave es la dirección de la crítica. No es “los hombres no me desean y eso me enerva”. Es “¿por qué mi valor depende de ser deseada?”. No es exigir acceso al cuerpo ajeno si no cuestionar el mandato de ofrecer el propio.

Algunas mujeres se nombran volcels: célibes voluntarias. No porque no puedan acceder al sexo, sino porque deciden correrse de ese mundo. Una de las figuras públicas que popularizó esa postura fue Julia Fox, conocida por la película Uncut Gems y por su relación mediática con Kanye West. Ella habló del celibato como una forma de proteger su energía y su autonomía y de dejar de vivir “para la mirada masculina".

Pero nada de esto es nuevo.

El celibato en la historia

En la primera ola del feminismo, muchas sufragistas optaron por el celibato para poder militar sin quedar atrapadas en el matrimonio. El permanecer solteras y célibes era una estrategia política para evitar las obligaciones del matrimonio y poder participar en la esfera pública. En los años sesenta y setenta, algunas corrientes del feminismo radical nombraron al sexo heterosexual como una estructura atravesada por relaciones de poder. Valerie Solanas lo llamó una “pérdida de tiempo no creativa” y la escritora feminista Andrea Dworkin escribió en Intercourse (1987): “La relación sexual tal como está construida socialmente, que es jerárquicamente, está dominada por los hombres”.

Después llegó el feminismo que reivindicaba el derecho al placer sexual de las mujeres y el mandato cambió: desear, experimentar y animarse se volvieron sinónimos de autonomía.

Hoy el panorama vuelve a tensionarse. En un contexto de precarización económica, y vínculos cada vez más inestables, las dinámicas del deseo también mutan. Para algunas mujeres retirarse del “mercado” romántico o sexual aparece como una forma de correrse de esas lógicas.

Las femcels expresan que no todas las mujeres son consideradas deseables, y aunque este concepto es completamente subjetivo, muchas de las que sí lo son están cansadas de que ese sea el centro de su identidad. Correrse de ese lugar, del ojo masculino y del deseo como forma de validación social, puede ser incómodo pero es también político.

Sin embargo, el terreno es ambiguo. Mientras algunas mujeres reivindican el celibato como autonomía, sectores conservadores toman este concepto y aprovechan para reciclarlo y venderlo como mandato moral. 

Mujeres conservadoras y algunas de las llamadas tradwifes (término que responde al concepto de “esposas tradicionales") hablan de “proteger la energía femenina” y de reservarse para “el indicado”. Sostienen que ese es el camino para convertirse en una “mujer de alto valor”, lo cual es una etiqueta casi prehistórica que busca traer de nuevo a la vida viejos roles de género que creíamos haber dejado en el pasado. La idea es crear un ideal de mujer al que aspirar: pura, doméstica, sumisa, sin incomodar y sin cuestionar.

No sorprende que este fenómeno ocurra en paralelo al ascenso electoral de la ultraderecha a nivel mundial, quien ha alcanzado un auge en la última década. Son estos mismos sectores quienes refuerzan narrativas donde el feminismo suele ser señalado como responsable de la crisis de las relaciones heterosexuales o de la llamada “soledad masculina”.

Entonces, el mismo acto del celibato puede ser emancipador o disciplinador. Todo depende de a qué sector de la sociedad le preguntes. El sexo es un instinto. Pero también es una institución. Está atravesado por poder, economía, estética y género.

Por eso, el debate sobre el celibato femenino no se limita a la vida privada. Nuestro cuerpo y nuestro goce siguen siendo debate público. En redes sociales, en comunidades digitales y en discursos políticos, el tema aparece cada vez con más frecuencia como un síntoma de cambios más amplios en la forma en que se negocian el deseo, los roles de género y las expectativas sobre las relaciones.

Apoyá el crecimiento de Buena Data

Imagen de portada: adolescent.net