Sociedad

La mensajera de Malvinas y las cartas que nunca llegaron

La dictadura se quedó con muchas de las cosas que los argentinos donábamos a los combatientes de Malvinas. Pero Elías Ivanoff recordó a las "mensajeras" que permitían que las cartas lleguen a destino.

Mi abuela Susana era mensajera de Malvinas. O al menos esa tarea asumió aquel 1982 desde su casa en Comodoro Rivadavia, la ciudad patagónica donde la guerra se vivió en primera persona. 

El 28 de marzo de 1982, la Junta Militar que gobernaba de facto el país desde el golpe del 76, ordenó la movilización de tropas a la Patagonia para realizar los operativos de desembarco y recuperación de las Islas Malvinas. Ciudades costeras como Comodoro, Río Gallegos o Ushuaia funcionaron como bases estratégicas para lo que se denominó el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur, desde donde se coordinaban las operaciones a las islas y donde luego llegarían los cientos de heridos (lo que narra el documental “Nosotras también estuvimos” de Federico Strifezzo). 

Esa meseta árida, que ya para fines de marzo empieza a mostrar rasgos de su clima hostil, era el primer paisaje con el que se encontraban jóvenes de 18 a 24 años que cumplían en ese momento con el Servicio Militar Obligatorio. Según datos del Ministerio de Defensa de la Nación, 49% de los combatientes en Malvinas eran conscriptos que venían de los lugares más variados de nuestro país: desde Buenos Aires o Córdoba, hasta provincias del Norte como Corrientes o Formosa. 

Queriéndolo o no, estaban destinados a ser protagonistas de un conflicto que conmocionó a una nación entera. Pero en la revisión de la causa Malvinas como gesta heroica parece quedar en segundo plano su lado más humano. A la par de esa propaganda impulsada fuertemente por el gobierno militar que buscaba en la guerra su último recurso de legitimidad popular (y el olvido de sus crímenes de lesa humanidad), se construyen otros relatos que escriben quienes la viven. Las cartas de la época guardan un registro más político que el de una tapa de revista: el de una sociedad que tejió una red solidaria única. 

Susana Barroso había nacido en Avellaneda, al sur del conurbano bonaerense; pero como tantas familias migró a Comodoro con el auge de la industria petrolera. En 1982, una de esas tantas madres que tenían a sus hijos conscriptos, le pide a un familiar de Susana en Avellaneda que le haga llegar una carta a Comodoro. El correo militar no era muy rápido para esos envíos o ni siquiera hacían llegar las cartas, por lo que había que encontrar otras vías para la comunicación. 

En la cotidianeidad cercana a la guerra que vivían los comodorenses, Susana llegaba con facturas y sobres a los talleres de un colegio salesiano donde alojaban a los conscriptos. Ese primer pibe se convertiría luego en 4 o 5 más, todos con familias en el conurbano. El intercambio se mantuvo por varias semanas. Muchos de ellos nunca fueron a Malvinas, sino que los mantenían como guardias en el continente.

Pero el desamparo en esa geografía distante debía ser el mismo. Los días que tenían libres en el regimiento, Susana los recibía en el comedor de su casa para la merienda. El corto ficcional “Comodoro” de Lucia Puenzo retrata una escena muy similar: una familia comodorense pasa el último domingo con un cadete antes de que parta a la guerra. 

De esas cartas no hay archivo. Pero sí de muchas otras que las familias y los propios veteranos hicieron públicas. La web Sobrecartas.com y el libro “Cartas de la guerra” publicado por el Museo Malvinas en 2022, reúnen pequeñas memorias individuales que construyen una gran memoria colectiva de la guerra. 

El acto de escribir y recibir escritos de seres queridos aparece como algo vital en todas las cartas, casi como lo más necesario en un entorno donde también faltaba abrigo y comida. Para muchos, el género epistolar se mezcla por momentos con el de un diario íntimo, un lugar donde plasmar toda esa crudeza. 

Edgardo Esteban, veterano de guerra que publicó su propio libro testimonial “Iluminados por el fuego”, le escribe a su familia desde las Islas: 

(...)

No dejes de escribirme y gracias por la estampita que

me hizo muy bien. Chau, esperame con mate que pronto

voy a ir a tomarlo y si es posible con facturas. Otro beso

de tu soldado.

Edgardo

Los quiero mucho. Escriban. Viva la Patria.

La madre de Alejandro Liébana le escribe a su hijo:

(...)

No creas que estás en la isla solo, yo estoy con

vos. El beso que te mando te dará un calor que necesitás.

Viví para que tu mamá viva.

Un abrazo y besos de mamá.

“Cartas de la guerra” incluye además un testimonio de los veteranos luego de las cartas. Alejandro ahí relata parte de esta trama solidaria que generaba el conflicto: 

“Los vecinos venían a casa. Y esta vecina durante todo el conflicto cocinaba porque mi mamá no quería cocinar. Ella decía que no se podía poner en la cocina, a preparar comida, sabiendo que yo no la estaba pasando bien”.

Pero no solo había familiares. También había niños y niñas que desde sus escuelas escribían cartas o hacían dibujos que enviaban a soldados desconocidos. Esta carta firmada por el Infante Luis es la respuesta a una de ellas:

Mi estimada y anonima amiguita Ana Maria:

Para enpesar, estas pequeñas linias, quiero agradecerte no solo yo, sino todos mis compañeros por esta ermosa carta que mandaste, que me iso muy feliz por que es el momento en que mas necesitamos, especialmente yo que no tengo con quien comunicarme y pedirte perdones por mi ortografia y letra pues tuve que abandonar el colegio hase como 5 años. (...)

Entre todas, la carta más conocida sería una que nunca llegó a un soldado. Pedro Peralta era médico cirujano y exintendente de Rada Tilly, ciudad vecina de Comodoro. Un día, la sobrina de un colega del sanatorio en el que trabajaba compró un chocolate que contenía oculto en su envoltorio una carta de un niño dirigida a un soldado en Malvinas:

Buenos Aires. 24.4.1982. 

Que este chocolate te endulce un poquito en esos días fríos de las Malvinas. Te saluda, un futuro soldado de 7 años. Gracias por defender mi patria. 

Gustavo Gabriel Vidal

Peralta descubrió así la primera prueba de lo que ya se rumoreaba: las miles de donaciones enviadas desde todo el país no estaban llegando a los soldados en Malvinas. Esa carta era solo la punta de un entramado corrupto que ocultaba el Fondo Patriótico Islas Malvinas, la mayor colecta en la historia argentina creada para solventar los gastos de la guerra. El Fondo tuvo su mayor visibilidad durante la transmisión televisiva de “Las 24 horas de las Malvinas” por ATC, un programa donde personajes como Mirtha Legrand, Susana Giménez o Diego Maradona se acercaron al estudio para hacer donaciones y pedir colaboración del público. Aún hoy no se sabe dónde quedó el millón y medio de dólares recaudados. 

Pedro decide escribirle una carta a la familia del niño:

(...) Fue hallada en un chocolate Noel para taza que fue adquirido en un comercio de Comodoro. El suyo parece no ser el único caso. El significado es claro: nos han engañado y usado. Nuestros soldados pasaron hambre y volvieron desnutridos, mientras quienes debían protegerlos y guiarlos, comercializaban los que miles de familias enviaban”.

La historia llegó rápidamente a un periodista de Revista Gente que entrevistó a Peralta en Comodoro y a la familia en Buenos Aires. Pedro denunció el caso en el juzgado federal y recibió amenazas del comando militar. Pero pudo vivir para contarlo en el documental “Operación chocolate” de Carlos Castro y Silvia Maturana. 

Mi abuela, esa ama de casa como lo eran varias de las Madres que comenzaban a dar vueltas por la Plaza, gesta una historia paralela a los campos de batalla. Mientras mira desconfiada la euforia de un pueblo que vitorea a Galtieri en esa lejana capital, le sirve la chocolatada en su comedor a los chicos que dejan salir del regimiento en su franco. 

En definitiva, una historia donde la militancia sobrevive no solo en grandes actos heroicos, sino también en la ternura. En lo político del gesto amoroso. 

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