Sociedad

La foto que no querían que existiera

Con herramientas de IA, recursos de la ficción y una exhaustiva investigación, nuestra corresponsal Jazmín Abdala reconstruyó una charla con José Luis Cabezas, a 29 años de su asesinato.

Él ya está sentado cuando llego, con la cámara apoyada sobre la mesa, como si también ocupara una silla y tuviera algo para decir. Afuera, el calor de enero cae espeso sobre San Telmo. Adentro, el bar ”El Federal” conserva una penumbra amable: paredes color crema gastadas por décadas de humo, espejos antiguos que devuelven reflejos amarillentos, botellas alineadas detrás de la barra como soldados cansados. Huele a café recién molido, a madera vieja y a historia.

Las mesas están marcadas por el tiempo, con círculos de vasos que nadie se molestó en borrar. En un rincón, una radio baja deja escapar un tango que parece flotar sobre las conversaciones sin interrumpirlas. El bar no corre: respira.

Levanta la vista cuando me acerco. Tiene 35 años y unos ojos celestes que no se quedan quietos. No miran de forma invasiva, pero tampoco distraída: observan, registran y guardan. No habla fuerte porque no necesita hacerlo. Hay algo sereno en su forma de estar, pero no es relajación: es atención contenida, como si incluso sentado estuviera listo para levantarse en cualquier momento.

Antes de que yo pueda abrir el cuaderno, sonríe apenas.

—¿Y vos por qué querés entrevistarme a mí?

La pregunta me descoloca. Yo venía preparada para preguntar, no para responder. Trago saliva, apoyo el bolso en la silla y me siento frente a él.

José Luis trabaja como reportero gráfico en la revista Noticias desde fines de los años ochenta. En las redacciones su nombre empezó a circular cada vez más seguido. No por escándalos personales ni por buscar cámara, sino por imágenes que empezaron a incomodar donde el poder prefería no ser mirado. Fotografió a políticos, empresarios, militares, figuras públicas en momentos en los que bajaban la guardia. Su cámara se volvió una herramienta para mostrar lo que otros querían mantener fuera de foco.

Porque tus fotos están contando cosas que muchos preferirían que no se vean —le digo—. Y quiero entender qué se siente estar del otro lado de la cámara cuando eso pasa.

Mira el café. Lo gira apenas en el plato.

Entonces no me entrevistes a mí —dice—. Entrevistá a los que las fotos muestran. Yo solo estuve ahí.

En la Argentina de los noventa, “estar ahí” no era poca cosa. Gobernaba Carlos Menem, el país se vendía al mundo como moderno y estable, pero bajo la superficie crecían las denuncias de corrupción, negocios oscuros, privatizaciones apuradas y vínculos peligrosos entre política, empresarios y fuerzas de seguridad. Las revistas de investigación eran de los pocos lugares donde esas tramas empezaban a hacerse visibles.

¿Siempre quisiste ser fotógrafo? —pregunto.

Niega con la cabeza.

Trabajaba en un laboratorio médico. Buen sueldo, vida ordenada. Pero un día sentí que si seguía ahí me iba a apagar. Dejé todo para estudiar fotografía. Mi viejo casi se infarta. Pensaba que era un capricho.

Se ríe bajo. El ventilador hace vibrar la luz sobre su cara.

Al principio hacía cumpleaños, eventos, lo que saliera. Pero un día entendí que la cámara podía servir para otra cosa. Que no era solo estética. Que podía ser prueba.

A mediados de los noventa, un nombre empezó a repetirse en investigaciones periodísticas: Alfredo Yabrán. Empresario poderoso, vinculado al negocio postal y a concesiones aeroportuarias, mantenía un perfil casi fantasmal. No daba entrevistas. No permitía fotos. Su imagen pública era una ausencia.

Decían que nadie tenía una foto suya —dice José Luis, apoyando los codos en la mesa—. Y eso, para un fotógrafo, ya es una historia.

La investigación que lo rodeaba era pesada. El entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, lo había señalado públicamente como “jefe de una mafia enquistada en el poder”. Pero el rostro del hombre seguía siendo un misterio.

Fue paciencia —cuenta.

Guardias largas junto a su colega. Mirar rutinas. Esperar el momento en que el poder se cree invisible. En el verano de 1996, en una playa de Pinamar, lo vio caminar relajado, en bermudas, lejos de los despachos y los trajes. Levantó la cámara. Disparó.

No fue una foto heroica —dice—. Fue una foto real. Y eso a veces molesta más.

La imagen salió en tapa de Noticias el 3 de marzo de 1996. El hombre sin rostro tenía cara. Y eso cambió el tablero. La fotografía no solo mostraba a Yabrán: demostraba que podía ser visto.

Después empezaron las cosas raras —dice, bajando la voz—. Llamadas. Gente que preguntaba por nosotros sin motivo. Tipos demasiado atentos.

En la mesa de al lado alguien golpea una cucharita contra un pocillo. El sonido suena más fuerte de lo que debería.

¿Te dio miedo? —pregunto.

Se encoge de hombros.

El miedo es parte. Si no lo sentís, estás distraído. Pero no podés dejar que decida por vos.

Habla de su familia sin dramatismo, como quien habla de un faro que siempre está, aunque uno navegue lejos. Habla de su compañero de cobertura, Gabriel Michi. Habla de las noches de verano en Pinamar, donde políticos y empresarios se mezclaban con turistas mientras los periodistas intentaban mirar donde nadie quería ser mirado.

Ser fotógrafo es aprender a esperar —dice—. A veces horas para un segundo.

El bar se va llenando. La tarde se espesa contra los vidrios. Afuera, Buenos Aires sigue con su ruido indiferente.

Anoto sin mirarlo. Siento que cada frase es un pedazo de oficio crudo, sin maquillaje.

¿Y nosotros? —me animo—. Los que recién empezamos.

Ahí sí sonríe.

No se enamoren de la idea romántica del periodista. Esto no es una película. Es frío, es espera, es incomodidad. Pero si van a hacerlo, háganlo de verdad. Miren de frente. No negocien la mirada.

El bar ya está lleno. Las conversaciones suben y bajan como olas. Afuera, Buenos Aires sigue con su ruido indiferente.

Lo miro un segundo más antes de hacer la última pregunta, la que no estaba en mi cuaderno pero late desde que empezó la charla.

¿Vos pensás que una foto puede cambiar algo?

José Luis no contesta enseguida.

Se queda mirando la taza vacía. Afuera, la tarde se volvió espesa y naranja. El ventilador gira con un quejido viejo. Nuestra mesa parece quedar aparte, como si la conversación hubiera armado un territorio propio.

Apoya la mano sobre la cámara. Sus ojos celestes bajan un segundo, como si estuviera enfocando algo que no está delante sino más lejos, en otro tiempo.

Abre la boca para responder.

Pero no llega a decir nada.

Y ahí, en ese exacto punto donde la conversación se vuelve íntima y peligrosa a la vez, un hombre entra apurado al Federal. Tropieza con el marco de la puerta y la revista Gente que traía en sus manos cae a mis pies, desordenado.

Levanto la hoja abierta.

Veo el titular.

“EL HORROR”.

Intento no mirar la foto.

Pero la foto está ahí.

Un auto calcinado. La misma cara que me mira. La sonrisa leve. La camisa a cuadros.

Él está sentado frente a mí.

Vivo.

Respirando el mismo aire caliente.

Me mira sin asombro. Como si ya lo supiera. Como si lo hubiera aceptado antes de que la noticia existiera.

El hombre se disculpa y se va. El bar sigue. Gardel canta. Un mozo limpia la barra. La normalidad me resulta obscena.

A veces —dice José Luis— la noticia llega antes que el cuerpo. O llega tarde. O llega partida. Pero llega de cualquier forma.

Me acerco. Lo veo de cerca: las venas en las manos, las arrugas en los ojos, el brillo sudado en la frente.

Si alguna vez pensás en dejar esta profesión por miedo —murmura—, acordate de algo: la cámara no es para nosotros. Es para los que necesitan ver.

Guardo la revista en el morral. La cámara golpea contra mi pecho cuando me pongo de pie, como si de pronto pesara más.

José Luis permanece sentado, con la mano apoyada sobre la cámara, mirándome como si supiera que la conversación no termina en esa mesa.

Él baja la vista hacia su cámara, pasa el pulgar por el borde del lente, casi con cariño.

No sé si una foto cambia el mundo —dice finalmente—. Pero sí sé que hay cosas que, si no se fotografían, el poder prefiere que nunca hayan existido.

Levanta los ojos.

—Y alguien tiene que estar ahí para que existan.

Afuera, la ciudad sigue su ritmo, ajena. 

Nada parece haberse movido y, sin embargo, todo cambió de lugar.

Salgo a la calle con esa frase latiendo más fuerte que el ruido del tránsito.

Porque al final, la cámara no es un objeto.

Es una forma de estar.

Y de no mirar para otro lado.

José Luis Cabezas se convirtió en un símbolo que atraviesa generaciones de periodistas: no solo por cómo murió, sino por lo que representó su trabajo. Su nombre sigue siendo una bandera cada vez que alguien elige contar una verdad incómoda, aun sabiendo que puede traer consecuencias. Recordarlo no es un gesto solemne: es una forma de decir que el periodismo no se arrodilla, que la memoria incomoda y que hay historias que, aunque intenten silenciarlas, encuentran igual la manera de ser vistas.

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