Sociedad

La deuda cambió de piel

La morosidad nos impacta especialmente en los menores de 25 años y la construcción de un futuro ya no es lo único que está en deuda. Mientras tanto, la grieta del debate público nos tironea: o somos víctimas del ajuste o inexpertos impulsivos.

Hace tiempo que “el endeudado” dejó de ser un personaje con nombre y apellido. La deuda privada entró con fuerza a la agenda de los espacios políticos y económicos nacionales, frente a los aumentos llamativos en los indicadores de mora. Pero el fenómeno que llama la atención en 2026 no es solo una cuestión de escala. Se trata de la deuda que cambió de piel. Ya no se discuten los compromisos extraordinarios para comprar un auto o hacer una reparación doméstica, sino la deuda diaria y fraccionada que se cuela en el consumo cotidiano. 

Pero lo que hoy se vuelve central es la aparición de “nuevos endeudados”, aquellos que creemos que no deberían, o no tienen por qué, tomar un crédito. La categoría ejemplar es la del joven endeudado. A partir del análisis de la Central de Deudores del Banco Central de la República Argentina, se concluyó que la cantidad de deudores entre 18 y 25 años aumentó este año un 38%. Estos “jóvenes endeudados” distan de la idea del deudor que existía generaciones atrás. Son cada vez más, (se alejan de este modelo) y forman un grupo que tiene una demanda propia: el futuro. 

Habitualmente, el acceso al crédito bancario exigía antecedentes crediticios, recibo de sueldo formal y estabilidad laboral, condiciones muy poco comunes entre los 18 y 25 años. Sin embargo, en los últimos años el panorama cambió de forma sustancial. Un adolescente, por ejemplo, puede endeudarse a toques de pantalla, con una aplicación como única garantía. Por otro lado, amenaza el peso de los incentivos, como la promesa del “dinero fácil” por medio de la especulación financiera, el auge de fenómenos como las casas de apuestas, y la búsqueda casi reglamentaria de ingresos pasivos para “mayor seguridad”. 

Pero, ¿cómo es el sujeto en este nuevo colectivo? Basta consumir una variedad de medios nacionales para concluir que aún no decidimos quién es el joven endeudado. La comunicación está reconstruyendo casos aislados a partir de números y datos duros, buscando el adjetivo más amplio que logre convertir trayectos individuales en una gran narrativa política y social. 

La retórica oficialista construye un sujeto individual, aislado y determinado por sus propias decisiones racionales. Habilita el cuestionamiento sobre hábitos de consumo y financieros, retomando discusiones sobre si hay un motivo más válido que otro para endeudarse, y calificando los casos de acuerdo con el objetivo del crédito. El remedio para los males es más educación financiera, e implícitamente, se receta tomar mejores decisiones. La lectura individual aparece, por ejemplo, en las declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, quien sostuvo que “no hay que confundir la empatía con las políticas públicas”. Javier Milei, presidente de la Nación, fue claro sobre la perspectiva estatal en diálogo con LN +: la deuda es un acuerdo voluntario entre privados, y “decir que lo tiene que arreglar el Estado es pasarles la cuenta a todos los demás, y eso no está bien”. 

En cambio, la oposición opta por no hablar de endeudados, sino de “estafados”. El sujeto no es más un individuo, se habla de familias acorraladas y de la masa de jóvenes condicionados por el modelo económico. El presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, Juan Cuattromo, explicitó que “el fenómeno de la mora se debe a la política económica del Gobierno. (...) Durante el segundo trimestre de 2024 y hasta febrero de 2025, pública y activamente, el Gobierno incentivó al crédito como uno de los mecanismos de expansión del gasto doméstico”. La oposición parlamentaria presiona por el tratamiento de la mora en el Congreso de la Nación. En defensa de la agenda propuesta, el diputado por Córdoba Juan Brügge afirmó que “cuando una persona deja de pagar no necesariamente es porque no quiera hacerlo, sino porque muchas veces sus ingresos ya no alcanzan para afrontar simultáneamente la comida, los servicios, el alquiler y las cuotas de sus deudas”. Acto seguido, hizo un llamado público a “gobernar con humanidad”.

A la hora de hablar de la mora, nos vemos sumidos en una burbuja de calificaciones. El joven endeudado es una víctima del ajuste y de las nuevas condiciones de un mercado financiero leonino, y es en simultáneo un impulsivo o inexperto, que paga el costo de sus malas decisiones. Sobre él recaen, al mismo tiempo, dos lecturas contrapuestas: la de alguien que busca socializar su carga salvándose a costa de otros, y la de alguien que solo intenta retomar un rumbo de vida normal que le permita proyectar a futuro. Alejándonos de estas construcciones, los “jóvenes endeudados” resultan más cercanos de lo que creemos: no son sujetos partidarizados del imaginario colectivo de la comunicación política, pueden ser también un amigo, un vecino o un pariente. Se trata de historias singulares y circunstancias particulares que, la mayoría de las veces, no se pueden encasillar de un lado de la disputa. 

La usuaria Silvana (@silbaldito) logró saldar recientemente una deuda significativa, documentando en Tiktok su camino como emprendedora a la par de su trabajo en relación de dependencia. Tras un tiempo administrando sola su situación, un día decidió contarlo en redes sociales, sin certezas hasta hoy sobre qué estaba pensando, ni por qué decidió hacerlo. Sólo después de ese video su entorno supo su historia. Cuenta que, en medio de la repercusión, le sorprendió la cantidad de personas que le contaron que estaban en la misma situación, pero lo estaban escondiendo. 

Frente a la pluralidad de narrativas, ella identifica su caso con las malas decisiones y la falta de educación financiera: “Yo me endeudé con la tarjeta de crédito comprando cosas que creía que después iba a poder pagar y no podía. Con el tiempo se fue haciendo una bola de nieve: cada vez destinaba más de mis ingresos a pagar la tarjeta y después tenía que volver a usarla para cubrir gastos básicos.” En retrospectiva, identifica que le faltaban las herramientas para tener un control real sobre cuánto le ingresaba, cuánto gastaba, y de qué forma estaban comprometidos sus ingresos a futuro. 

También cuenta que, después de lidiar varios años con la deuda, comprende que de fondo había una búsqueda de satisfacción inmediata a través del consumo irracional: “Estamos constantemente expuestos a redes sociales, influencers y publicidades que nos muestran cosas que supuestamente necesitamos o una vida a la que queremos parecernos. Comprás algo, te genera satisfacción por un rato y enseguida querés otra cosa”. Así, aparece otra lectura del dato: las tasas altas de mora son también un síntoma de la época, que no remite únicamente a la disputa entre modelos económicos. Inmersos en una sociedad de consumo, y con la convergencia de dos modalidades muy nuevas (las redes sociales y los influencers como un nuevo mercado de deseos ,y el acceso inmediato al crédito desde cualquier dispositivo), es natural el peligro de caer en “bucles”. El acto de comprar se presenta como una irresponsabilidad pero hoy también representa un regulador emocional frente a la ansiedad, la insatisfacción, la frustración. 

Junto a la dificultad de proyección, también aparece un cierre de horizontes cuando las jóvenes generaciones comienzan a sentir que las grandes promesas de progreso quedan fuera de su alcance. “Hoy objetivos como independizarse o comprar una casa parecen cada vez más lejanos”, suma Silvana, “entonces aparece el pensamiento de 'si igual no voy a llegar, por lo menos disfruto, viajo o me compro lo que quiero'”. La economía es cada vez más volátil e impredecible, entonces, el ahorro y la planificación distan de ser una ventaja. Tener “quieto” al dinero es un riesgo. Entonces, comprometerse con un futuro que se percibe inalcanzable, se vuelve una “inmadurez”. Para ella, “con la tarjeta, la satisfacción era hoy, y el problema quedaba para el mes siguiente. Y cuando llegaba el mes siguiente, volvía a hacer lo mismo”.

Atribuir el problema de la deuda a “el modelo económico”, “la modernidad”, “las decisiones políticas” no debe cegarnos a la hora de buscar una solución. Silvana cuenta que su situación estuvo determinada por la falta de educación financiera, pero agrega, “también creo que hay una responsabilidad de las entidades financieras, porque cuando una persona ya está endeudada aparecen refinanciaciones con intereses altísimos y muchas veces (las entidades) se aprovechan del desconocimiento y la desesperación”. Refiere además a su experiencia personal, “yo hablo desde el privilegio de haberme endeudado inicialmente por consumos innecesarios. Hay personas que se endeudan para comer, pagar servicios o mantener a sus hijos, y ahí la situación es completamente diferente”. Concluye que “el endeudamiento no se puede explicar solamente desde la irresponsabilidad individual ni solamente desde el contexto: hay un poco de todo” .

¿Qué consecuencias tiene, entonces, el debate constante en los medios masivos de comunicación a la hora de buscar ayuda? La experiencia de Silvana estuvo atravesada por la vergüenza. “Durante mucho tiempo no se lo conté a nadie, ni siquiera a mi pareja con quien convivía”. Cuenta que la respuesta a hablar de endeudamiento, en tono de reproche, suele ser “¿cómo no te diste cuenta?”; cuando una vez que el moroso entra en la dinámica, es especialmente difícil percibir la magnitud de la situación. Ella pudo pagar su deuda tras hablar de su situación, agradeciendo en sus testimonios a su familia que le brindó apoyo, a la par de su iniciativa. Al mirar atrás, sin la presión de la urgencia, cuenta que logró reconocer que tomó malas decisiones sin sentir que esto la define. “Hacerse responsable también es entender cómo llegaste hasta ahí, aprender de lo que pasó y adquirir las herramientas para no volver a repetirlo”.

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