La frontera entre la exposición de una crítica y el provecho que se obtiene del morbo encuentra un ejemplo concreto en Euphoria. En la temporada 3 la serie intenta presentarse como una crítica a la hipersexualización, pero termina reproduciendo exactamente aquello que denuncia.
La primera vez que vi Euphoria sentí algo raro: incomodidad y fascinación al mismo tiempo. Todo brillaba demasiado. El maquillaje, las luces violetas, las canciones, las lágrimas cayendo en cámara lenta. Pero debajo de esa estética perfecta había otra cosa: adolescentes destruyéndose mientras el mundo los miraba como si fueran una obra visual. Y quizás ahí está la clave del fenómeno. Euphoria no solo habla sobre una generación rota; también muestra cómo esa misma ruptura puede convertirse en consumo.
Desde su estreno en 2019, la serie creada por Sam Levinson se transformó en uno de los retratos más discutidos de la adolescencia contemporánea. Drogas, sexo, ansiedad, pornografía, violencia, dependencia emocional, redes sociales, trauma: todo aparece amplificado. No hay silencios incómodos ni sutilezas. En Euphoria, el dolor siempre está iluminado de forma cinematográfica.
La historia sigue a Rue Bennett, interpretada por Zendaya, una adolescente adicta que intenta sobrevivir a sí misma mientras las personas a su alrededor también se hunden en sus propios conflictos. Cada personaje representa una forma distinta de vacío generacional: Jules y la búsqueda constante de identidad, Nate y la masculinidad violenta, Maddy y la validación estética, Cassie y la necesidad desesperada de ser amada.
Pero hay algo que la serie hace constantemente: convertir los cuerpos en el centro de la narrativa. La sexualidad no aparece únicamente como parte de la experiencia adolescente, sino como una herramienta visual permanente. Las escenas sexuales son largas, estilizadas, explícitas y cuidadosamente iluminadas. La cámara parece obsesionada con mostrar cuerpos jóvenes desde una lógica casi publicitaria.

Y aunque Euphoria intenta presentarse como una crítica a esa hipersexualización, muchas veces termina reproduciendo exactamente aquello que denuncia.
Casualmente, quienes reciben esa exposición más extrema suelen ser los personajes más cercanos a los estándares clásicos de belleza: blancos, delgados, normativamente atractivos. El caso más evidente es el de Cassie Howard, interpretada por Sydney Sweeney. Desde las primeras temporadas, Cassie fue escrita alrededor de la mirada masculina. Su historia gira constantemente en torno a cuánto es deseada, cuánto puede gustar y cuánto está dispuesta a sacrificar para sentirse querida.
En la tercera temporada, esa lógica llegó todavía más lejos. Cassie abre una cuenta en OnlyFans para conseguir dinero rápido y pagar gastos relacionados con su boda con Nate. Ahí empieza una de las tramas más polémicas de toda la serie.
OnlyFans es una plataforma digital de suscripción donde los usuarios pagan mensualmente para acceder al contenido exclusivo de distintos creadores. Aunque originalmente nació como una red para artistas, entrenadores y figuras públicas, se popularizó por el contenido erótico y sexual. Muchas personas encontraron allí una fuente de ingresos independiente a través de fotos, videos y transmisiones privadas. Para algunas trabajadoras sexuales digitales, OnlyFans también representó cierta autonomía económica y mayor control sobre su contenido frente a industrias tradicionales mucho más explotadoras.
Sin embargo, la representación que hace Euphoria de esa plataforma generó un rechazo enorme, especialmente entre creadoras reales de contenido.
Dentro de la ficción, Cassie produce videos cada vez más extremos: aparece con collar y correa simulando ser una mascota, realiza contenido fetichista y hasta interpreta a un bebé usando pañal y sonajero. Las escenas fueron presentadas por la serie como una especie de sátira absurda sobre la humillación, el vacío emocional y la necesidad de validación online. Pero muchas trabajadoras sexuales sintieron que el resultado fue otra cosa: una caricatura hecha desde la mirada masculina.
Sydney Leathers, creadora de contenido en OnlyFans desde 2017, criticó la representación en una entrevista con Variety. Según explicó, gran parte de lo que hace Cassie ni siquiera estaría permitido dentro de la plataforma. OnlyFans tiene políticas estrictas contra cualquier contenido que simule abuso infantil o juegos de rol relacionados con menores. Por eso, las escenas donde Cassie aparece vestida como bebé no solo resultaron incómodas para parte de la audiencia, sino también irresponsables para quienes conocen realmente cómo funciona ese trabajo.
Otra creadora, Maitland Ward, fue todavía más dura. Dijo que la trama perpetúa el estereotipo de que las trabajadoras sexuales “harían cualquier cosa por dinero” y refuerza asociaciones peligrosas entre sexualidad, degradación y explotación. Su crítica apunta a algo más profundo: el problema no es mostrar trabajo sexual, sino mostrarlo únicamente desde el morbo y la humillación.
No es casual que gran parte de las escenas más virales de la serie sean justamente las más sexualizadas. Los cuerpos de Cassie, Maddy o Jules se vuelven tendencia en TikTok, edits en Instagram y capturas compartidas millones de veces. El marketing de la serie se alimenta de esa viralidad visual. Entonces surge una pregunta incómoda: ¿Euphoria denuncia la explotación o también se beneficia económicamente de ella?

La respuesta probablemente sea ambas cosas al mismo tiempo.
Porque la serie sí logra capturar algo muy real sobre la adolescencia actual. Una generación que creció hiperconectada, donde la autoestima muchas veces depende de la mirada ajena. Likes, seguidores, validación instantánea, exposición permanente. Hay que verse bien incluso cuando uno está destruido. Hay que convertir el dolor en algo compartible. Incluso las escenas más tristes están atravesadas por glitter, luces de neón y canciones melancólicas. La tristeza deja de ser íntima y se vuelve estética.
En temporadas anteriores, Euphoria hablaba principalmente del exceso adolescente: fiestas, drogas, sexo y autodestrucción. La serie impacta no porque represente la realidad de forma exacta, sino porque exagera emociones que muchos jóvenes reconocen.
Pero en esta tercera temporada aparece algo distinto.
El paso de la adolescencia a la adultez aparece entonces como un choque brutal. Porque crecer no significa automáticamente sanar. Muchos de los conflictos adolescentes simplemente cambian de forma. La dependencia emocional se vuelve relaciones tóxicas. La necesidad de aprobación se convierte en exposición online. El vacío sigue estando ahí, solo que con responsabilidades más grandes alrededor.
Quizás por eso Euphoria genera tanta fascinación y rechazo al mismo tiempo. Porque funciona como un espejo exagerado de una generación que aprendió a vivir mirándose constantemente. Una generación donde incluso la intimidad puede transformarse en contenido.
Y tal vez esa sea la parte más incómoda de todas: entender que Euphoria no habla únicamente de adolescentes destruyéndose. Habla de una sociedad que convirtió el cuerpo, el trauma y el dolor en espectáculo consumible.
Apoyá el crecimiento de Buena Data
Diseño de portada: Emma Jamardo.