Nuestra corresponsal Rocío Carrera nos lleva al Blond Ambition Tour, la gira en donde terminó de destaparse la fama de Madonna como símbolo pop y LGBT.
Rocío Carrera
En 1990 Madonna estaba en la cúspide de su reinado. Venía de publicar el disco Like a Prayer, cuyo sencillo principal contó con un video musical tan polémico que fue condenado por el Vaticano, al mostrar sexualidad mezclada con elementos del catolicismo, y del éxito de Vogue, canción extraída de la banda sonora de la película Dick Tracy, que fue número uno en casi todo el mundo y se convirtió en un himno LGBT.
No solo daba de que hablar con su arte, sino que su comportamiento desinhibido y fascinación por la provocación mantenían a la estrella como un tema de conversación constante. Así, rodeada de rodeada de inagotable fama y constante polémica, tenía la tarea de llevar a cabo su siguiente gira; el Blond Ambition Tour es el punto álgido donde convergen la Madonna artista y el personaje mediático, con una claridad y pulcritud que se aprecia en sus apariciones públicas tanto como en los propios shows. El carisma de la cantante y su ingenioso sentido del humor solo pueden ser comparados con su perfeccionismo.
Más que como un concierto, fue concebido como una obra de teatro. Cinco mundos diferentes fueron construidos, con los mejores colaboradores y tecnología de punta. La idea era que los sets pudieran subir y bajar, haciendo las distintas escenografías aparecer o desaparecer dependiendo del segmento musical. Los vestuarios confeccionados por Jean Paul Gaultier son obras de arte que forman parte de la historia de la moda, siendo su juego entre lo masculino y femenino el elemento que a Madonna más le interesaba de sus diseños.
Con una visión innovadora y hambrienta de algo superador, la cantante trajo a la vida este musical apoteósico, un show de Broadway en honor a su música. Sobre el escenario la diva se regocija en su propia gloria y brilla en su encanto, mientras que se divierte con sus bailarines al atravesar los diversos números de baile en esta pieza que se convirtió en una de sus obras legendarias. Era una evolución de los espectáculos pop; una metamorfosis del mero entretenimiento hacía una experiencia transformadora.
Causó mucha polémica. La provocadora y sensual Madonna llenó su recorrido musical tanto de declaraciones como de preguntas, en una expresión visceral de su relación conflictiva con la religión y comentarios sobre la sexualidad y roles de género, a veces transitando estos temas con críticas poderosas y subversivas llevadas a cabo con encanto e ingenio, pero también enseñando al mundo sus propios conflictos con una vulnerabilidad supurante. Es sensible, graciosa y por sobre todas las cosas honesta.
El nuevo espectáculo fue boicoteado por grupos religiosos que lo consideraban inmoral, siendo sus shows en Italia los más afectados por las críticas con baja concurrencia del público y una fecha cancelada. La presión mediática fue tal que Madonna tuvo que salir a dar un discurso para defender su trabajo diciendo: “Mi espectáculo no es un show de rock convencional, sino una presentación teatral de mi música. Y al igual que el teatro, plantea preguntas, provoca ideas y te transporta a un viaje emocional, retratando el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la alegría y la tristeza, la redención y la salvación”.
El espectáculo fue grabado en varias de sus fechas, siendo algunos de estos metrajes televisados o comercializados en formato VHS y laserdisc. También se filmó el maravilloso documental Truth Or Dare, el cual sigue a las personas, los lugares y las relaciones que formaron parte del detrás de escena del tour. Es una secuencia de eventos deshinibida que constituye una especie de proto-reality, una mezcla antinatural de espontaneidad y artificio, honestidad y performance, vida e interpretación que resulta cautivadora. Los momentos que recoge fueron meticulosamente seleccionados y aún así hay una crudeza en el filme que es difícil de encontrar en otros proyectos similares.

Madonna construyó a su alrededor una familia de bailarines, asistentes y su equipo. Entendía que, más fascinante que el show en sí, eran ellos y la vida que llevaban, que en medio de habitaciones de hotel, celebridades y ensayos era bastante bizarra, y por eso tan divertida de ver. Cuenta con la actuación estelar de Madonna, que siempre da la apariencia de estar interpretándose a sí misma.
Pocas personas antes de ella habían entendido tan bien lo que significaba ser una estrella. Era muy estricta con su trabajo y daba la apariencia de ser una mujer inaccesible, pero no hay otra persona que parezca tan encantada con la adoración ajena como ella. En su mundo aparece pletórica de ser el centro de atención de las cámaras, pero aún así de auto absorbida conocía sus capacidades y le gustaban los desafíos, y enfrentó este proyecto con la energía y rigurosidad con la que había llevado a cabo todos sus trabajos anteriores.
Cuando está siendo observada, la recubre su humor e histrionismo, incluso en los momentos donde busca ser vulnerable. Es cruda en su sensibilidad y en sus actuaciones más emocionales, y sin embargo nunca deja de ser un show. No parece dispuesta a bajar sus barreras, pero incluso si lo hace a través del control obsesivo que la caracteriza, Madonna se muestra ante el mundo libre, dispuesta a escandalizar al espectador y a pedirle que la acepte en su inconformidad.
Esta es la historia de su vida; no solo importa lo que sucede en el escenario, sino que ella misma es una atracción más del circo que la rodea, incluso si luce fastidiada con las complicaciones cuando no le permiten avanzar. Brilla en su obsesión consigo misma, pero aún así sigue hacia adelante, trabajando arduamente para mantener ese lugar que tanto disfruta, y en el camino lleva a cabo el deslumbrante espectáculo que definió una década.
No existe un momento de la vida de Madonna que sea más fascinante que esté, en la cima de su fama y creatividad, también en su cúspide de exposición al público; una persona que se sostiene solamente aferrada al trabajo, pero que ya puede ver el final y sabe que todo se va a derrumbar en algún momento, pero que aún tiene cosas que terminar. Quizá esa es la verdadera Madonna detrás de todo el ruido, pero a esa mujer no se la llegaría a ver ni en el escenario ni en las revistas.
Sea como sea, este tour le terminó de dar a Madonna la categoría de ícono, consagrándose no solo como una estrella pop sino como un fenómeno cultural, y se ha convertido en leyenda. Un carácter como el suyo, carismático y hambriento de fama, terminó constituyendo un personaje legendario que perdura en el tiempo, y que continúa despertando el interés en ella que se mantiene tan vivo y vibrante como en aquella gira que sacudió el mundo, hace tan solo treinta y seis años atrás.