Maravillada por el icónico ciclo FA!, nuestra corresponsal Jazmín Abdala muestra como nuestra música tradicional sigue latiendo porque tenemos ese mandato de cantar en una sobremesa si conocemos la letra.
FA!.
No como sigla.
No como marca.
FA! como exclamación.
FA! como eso que se nos escapa de la boca cuando algo nos atraviesa antes de que podamos pensarlo. FA! como pucha. FA! como mirá vos. FA! como otra vez. FA! como sorpresa, fastidio, emoción. FA! como cuando el cuerpo reacciona primero y la cabeza llega tarde. Una palabra mínima, cotidiana, profundamente argentina.
FA! es también esa frase que muchos dijimos alguna vez, casi sin darnos cuenta:
“FA!, ma… ¿otra vez Mercedes?”
No por rechazo. No por desamor. Por saturación, por distancia, por esa incomodidad generacional difícil de explicar. Porque el folklore estaba ahí —siempre estuvo— pero durante mucho tiempo no supimos cómo habitarlo.
El folklore fue, para muchos, un murmullo de fondo. En la radio prendida sin preguntar. En los actos escolares. En los festivales del interior. En las sobremesas largas. Sabíamos que era nuestro, pero no lo elegíamos. Lo respetábamos en silencio. Como si fuera algo ajeno. Como si perteneciera a otro tiempo.
¿En qué momento lo propio empezó a dar pudor?
¿Cuándo cantar folklore dejó de ser una opción para volverse algo que se escucha bajito?
¿Por qué tantas veces miramos afuera antes de mirar adentro?
FA!lklore aparece ahí. En ese punto exacto.
No para explicar el folklore.
No para modernizarlo.
No para traducirlo.
Sino para devolverlo al lugar donde siempre fue verdadero: el encuentro.
Un living convertido en fogón. Una mesa larga. Gente que se sienta a hablar, a cantar, a escucharse. Sin solemnidad. Sin corrección. Sin museo. El folklore deja de ser archivo y vuelve a ser experiencia. Cuerpo. Voz. Presente.
Lo que sucede en FA!lklore no es menor porque no ordena al folklore en generaciones: las mezcla. En la misma ronda conviven voces que cargan décadas de historia y otras que recién empiezan a caminar, sin que eso se vuelva un problema ni una competencia. Sin escalones. Sin jerarquías. Sin nadie explicándole a otro cómo se hace.
En ese espacio se sientan a conversar, cantar y pensar el folklore argentino el Chaqueño Palavecino, Soledad, Teresa Parodi, Peteco y Cuti Carabajal, Lito Vitale, Abel Pintos, Rubén Rada, Sergio Galleguillo, Yamila Cafrune, Juan Ábalos, Juan Quintero, Raúl “Tilín” Orozco, Rafael Salas, Rep y Agarrate Catalina.
Y en la misma ronda —con la misma escucha, el mismo respeto, la misma centralidad— aparecen Milo J, Maggie Cullen, Campedrinos, Nahuel Pennisi, Sele Vera, Nati Pastorutti, Eugenia Quevedo, Lázaro Caballero, Radamel, Coscu, Julián Kartún y Chango Spasiuk.
No aparecen como polos opuestos ni como mundos enfrentados. Aparecen en la misma corriente. Porque el folklore nunca funcionó desde la jerarquía. No nació para ordenar quién sabe más o quién canta mejor. Nació para circular. Para pasar de mano en mano, de voz en voz, de generación en generación, como se pasan las cosas importantes.
Por eso esta música no necesita permiso para seguir viva. Porque nadie la fundó solo. Porque no tuvo dueño. Porque siempre fue de muchos.
FA!lklore no anuncia el futuro del folklore. No lo promete ni lo programa. Lo deja existir. Y al dejarlo existir, revela algo esencial: que esta música nunca fue patrimonio de unos pocos. Que siempre fue colectiva. Por eso es nuestra.
Las voces jóvenes no vienen a romper nada. Se suman. Y las voces históricas no se defienden ni se cierran: acompañan. Abrazan. Dejan lugar. Porque todos fueron chicos alguna vez. Porque todos aprendieron escuchando. Porque nadie llegó solo.
Ahí no hay choque generacional. Hay reconocimiento.
Lo nuevo no borra lo viejo.
Lo viejo no clausura lo nuevo.
Se miran. Se escuchan. Se sostienen. Como siempre pasó en el folklore, incluso cuando no se lo llamaba así.
En un país que muchas veces desconfía de lo propio, elegir cantar folklore hoy es un gesto de resistencia. No grita. Canta. Y en ese canto hay memoria, identidad, conflicto, pertenencia. FA!lklore no baja línea. No explica con palabras lo que puede decirse con una guitarra, con una voz, con un silencio compartido. Por eso funciona. Porque no se propone como espectáculo sino como experiencia. Porque no corre detrás del algoritmo, sino del pulso. Porque se permite el tiempo lento en una época que acelera todo.
Yamila Cafrune se sienta, habla y cuenta. Tenía doce años. Vivía en Santa Fe capital. Eran las tres y media de la madrugada del 1° de febrero de 1978. La radio estaba prendida. Empieza a sonar la introducción de la zamba que cantaba su papá. El locutor dice: “Seguimos recordando a Jorge Cafrune”. Y en ese instante, con esa música, entiende que su papá ya no está. Después canta Cuando llegue el alba.
El folklore tiene eso. No se queda en la letra. Se mete en la vida. Se vuelve recuerdo. Se vuelve herida. Se vuelve abrazo. Una canción puede ser noticia. Puede ser despedida. Puede marcar una madrugada para siempre. Eso también es FA!lklore: historias que no necesitan explicación técnica para existir. Porque el folklore no se aprende solo en los libros. Se transmite. Se escucha. Se vive.
Lito Vitale dirige, acompaña, sostiene. Rep dibuja mientras la música suena. Mex Urtizberea pregunta, escucha, arma el espacio. Nada está forzado. Nada está de más. Todo parece decir lo mismo: sentémonos un rato. Escuchémonos.
En un tiempo de velocidad, de consumo rápido, de playlists infinitas, hay una rebelión silenciosa en sentarse a escuchar folklore. En elegirlo. En cantarlo. En compartirlo. No como postal. No como museo. Como fogón.
FA!lklore llega cuando una generación busca sentido. Cuando la identidad se discute. Cuando lo colectivo parece frágil. Y en ese contexto, el folklore vuelve a decir presente. No como nostalgia. Como presente vivo. Porque tradición no es repetición mecánica. Tradición es fuego. Arde en el ahora. Cada generación recibe algo y hace lo que puede —y lo que quiere— con eso. Por eso toda búsqueda honesta es legítima.
El folklore no es pureza. Es mezcla. Es conflicto. Es historia política cantada. Desde Atahualpa Yupanqui hasta hoy, habló de injusticia, de tierra, de trabajo, de despojo. Cantó lo que otros callaban. Nombró lo que dolía. Por eso sigue siendo incómodo. Por eso sigue siendo necesario.
En FA!lklore, cuando varias generaciones comparten una ronda, no está pasando solo un programa musical. Está pasando algo más profundo: una reconciliación.
Volver a escuchar folklore es volver a escucharnos. Volver a mirarnos sin vergüenza. Volver a decir: esto somos. No queremos de más. Queremos lo que es nuestro.
El folklore no pide permiso. No se disfraza. No se explica del todo. Se siente. Y cuando se siente, no se olvida.
Hay una pregunta que atraviesa toda esta experiencia:
¿Qué pasa si dejamos de mirar siempre afuera y empezamos a escuchar lo que tenemos adentro?
¿Qué pasa si entendemos que el folklore no es pasado, sino raíz?
¿Qué pasa si nos animamos a cantar lo propio sin pedir disculpas?
FA!lklore no viene a dar respuestas cerradas. Viene a abrir preguntas. A incomodar suavemente. A invitar.
A sentarse.
A escuchar.
Porque como dice esa estrofa que eriza la piel y lo resume todo:
No quiero de más
Quiero lo que es mío
Al maso trampeao
Quiero torcerle un destino
Levántate cagón
Que aquí canta un argentino
Ahí está el folklore.
Ahí está FA!lklore.
Ahí estamos nosotros.