Las apps prometieron acercarnos. En el camino convirtieron el deseo en scrolleo, el encuentro en match y la posibilidad de elegir en una fuente permanente de ansiedad. Este es el primer tomo de "Scrolleamos personas", un ensayo sobre los vínculos que nos permite el algoritmo.
Martina Bonino y Tomás Marchetta
Las citas modernas tienen algo de contradicción permanente. Todos queremos vínculos más claros, personas más disponibles y conversaciones más honestas. Al mismo tiempo, casi todos aprendimos a cuidar demasiado lo que mostramos. Pedimos transparencia, aunque muchas veces esperamos que el otro se anime primero. Queremos señales concretas en un mundo saturado de ambigüedad, pero administramos cada palabra como si fuera una inversión riesgosa.
¿En qué momento aprendimos a consumir personas en lugar de querer relacionarnos? ¿Cuándo pasamos de esperar un llamado por el cálculo ansioso de un visto? Quizás nunca hubo tantas posibilidades para conocer gente y, a la vez, nunca resultó tan difícil animarnos a conocernos.
Las apps de citas nacieron con una promesa poderosa: hacer más simple y más rápido el proceso de conocer a alguien. Como plantea Santiago Vaquero en su tesis de licenciatura, las plataformas funcionan como servicios especializados en la interacción sexoafectiva y están diseñadas para facilitar el contacto entre quienes buscan algún tipo de vínculo. La promesa parece razonable. Si el problema es conocer gente, la pantalla abre una vía de escape para explorar un universo de personas disponibles.
El problema aparece cuando esta mediación digital empieza a moldear el modo en que imaginamos el vínculo. Una cosa es que una app facilite el contacto, pero muy distinto es que su lógica termine organizando nuestra forma de mirar a los demás. En las apps, somos un perfil. Fotos, edad, distancia, alguna bio canchera y, quizá, una canción; en definitiva, una pose. O, mejor dicho, el recorte de nuestra mejor pose.

Estar en una app se siente como caminar por los pasillos del supermercado y nuestro perfil se vuelve una mercancía emocional. Mostramos lo suficiente para seducir y ocultamos lo suficiente para seguir siendo deseable. Somos la foto de nuestro viaje revelador por el sur de mochilero, la anécdota del nombre ingenioso de tu gatito o el beboteo cuidado en el espejo del ascensor. Igual, todo bien. No es que haya un engaño absoluto en eso. Todos los vínculos sociales tienen algo de puesta en escena; el sociólogo Erving Goffman lo explicó antes de que existieran los celulares: nos presentamos ante los demás administrando impresiones. La diferencia es que ahora esa administración está incorporada al dispositivo. La identidad se recorta, se filtra, se ordena y se publica. Somos, en definitiva, nuestro propio Don Draper. O como dijo Slavoj Žižek: “Cuando te presentás ante los demás, construís una imagen de vos mismo a partir de cómo querés ser percibido”.
El filósofo Zygmunt Bauman describió hace unos años a la modernidad como un estado de liquidez. Veía que aquellas estructuras que antes ofrecían estabilidad (el trabajo o la comunidad, por ejemplo) se estaban volviendo más flexibles, temporales y reversibles. Y esa intuición alcanza de lleno a los vínculos humanos. Las relaciones se vuelven más fáciles de iniciar y también más fáciles de abandonar.
La idea de Bauman funciona porque captura una sensación extendida. En un mundo donde todo cambia, aprendemos a mantener abiertas las opciones. Siempre puede haber algo mejor. Tener un laburo mejor, vivir en un lugar mejor e incluso tener una pareja mejor. Poco a poco, la búsqueda de lo próximo se convierte en una manera de estar en el mundo y ese desplazamiento tiene consecuencias afectivas. Cuando aprendemos a elegir bajo la lógica del consumo, cada incompatibilidad empieza a parecer un defecto. Cada dificultad parece una señal de alarma y cada conflicto un poco más extendido se vuelve una razón para seguir buscando. La cercanía humana, que siempre implica fricción, queda evaluada con criterios de eficiencia. Si algo cuesta o incomoda, aparece la sospecha de que quizá haya una opción más conveniente.Y ahí aparece nuestro perfilazo en la app del momento y a reventar los pulgares.
La cultura digital nos entrena para scrollear. Quiero ver otra foto, mostrame otro perfil. Dame tu mejor pose, yo deslizo a la derecha y abramos una nueva posibilidad. El gesto físico es mínimo, en cambio, el efecto simbólico es enorme. Pasar a lo siguiente se vuelve una práctica cotidiana.
El problema es que la intimidad no funciona como un producto. Entre matchear, conocer(se) y querer(se) hay un proceso trabajoso que ninguna app puede resolver del todo. Un perfil y el stalkeo bien aplicado puede despertar interés, alimentar una fantasía y abrir una conversación, pero saber realmente quién está frente a nosotros requiere otra densidad. La copresencia física -con sus silencios, gestos e incomodidades- todavía dice cosas que ningún recorte digital alcanza a mostrar.

La conexión real es lenta, torpe y muchas veces incómoda. Requiere compromiso, vulnerabilidad y una disposición a atravesar momentos difíciles sin convertir cada desencuentro en una sentencia final. Abrazar la otredad implica elegir sabiendo que no habrá encaje perfecto. Es un poco como lo dice Kevin Parker de Tame Impala: “And I know it seems wrong to accept / But you've got your demons and she's got her regrets” - “Y sé que duele admitirlo, pero vos tenés heridas que no terminan de cerrar, y ella también carga con sus propios arrepentimientos”.
También hay una pregunta incómoda detrás de cada match, ¿cuánto hay de decisión propia en un vínculo propuesto por un algoritmo? La aplicación muestra a unas personas y oculta a otras. Lee nuestra conducta, aprende de nuestras interacciones y ofrece nuevas posibilidades. El deseo queda mediado por una arquitectura técnica que organiza lo visible.
Esto no significa que el algoritmo elija por nosotros. Significa que interviene en el terreno donde empieza la posibilidad de elegir. Define a quién vemos, bajo qué forma, con qué información, en qué orden y dentro de qué lógica de recompensa. La búsqueda sexoafectiva empieza a adquirir rasgos de gamificación porque hay una recompensa inmediata en el match. Recibimos una pequeña descarga de validación, es una prueba de que alguien nos eligió entre tantas opciones posibles. La dopamina del vínculo aparece antes del vínculo y la expectativa se vuelve parte del consumo.
Las apps ayudan a conocer gente y, en muchos casos, permiten encuentros reales y relaciones valiosas; historias que, de otro modo, no hubieran ocurrido. Al mismo tiempo, instalan una forma de aproximación donde el otro aparece primero como posibilidad administrable. Se puede iniciar una conversación sin salir de casa, sostenerla en diferido, postergar el encuentro y desaparecer sin demasiadas explicaciones.

Si estamos en la era de las conexiones fluctuantes, la virtualidad no hizo más que potenciar ese movimiento. Todo parece más cerca, más disponible y más fácil de iniciar, aunque también más frágil. Las apps no inventaron esa fragilidad, sino que la tomaron de una época que ya venía transformando sus formas de compromiso y deseo. En todo caso, la ordenaron, sistematizaron y nos ofrecieron la ilusión poderosa de creer que la incertidumbre afectiva podía volverse administrable. La hiperconectividad promete claridad, pero, en la práctica, muchas veces nos deja con más señales para interpretar y menos certezas para entender qué lugar ocupamos en la vida del otro.
Ahí aparece el punto más incómodo. Una aplicación de citas promete ayudarnos a encontrar a alguien, aunque su funcionamiento también depende de que sigamos buscando. Cada perfil nuevo sostiene la ilusión de una opción mejor. Cada match abre una posibilidad y, a la vez, deja intacta la promesa de que todavía puede aparecer algo más conveniente. La pareja perfecta queda siempre un poco más adelante, a un swipe de distancia, como una recompensa que se posterga y nos mantiene dentro del juego.
Quizás por eso la pregunta no sea solamente cómo usamos las apps, sino qué tipo de deseo aprenden a fabricar en nosotros. Un deseo entrenado para comparar, descartar y volver a empezar. Después queda la parte menos visible. Qué pasa cuando alguien, entre tantas opciones, finalmente nos importa.
Diseño de portada: Emma Jamardo.
Imagen 1: Adobe Stock. Imagen 2: Cristóbal Fortúnez. Imagen 3: NIETO.