"El club es eso: un lugar donde quedarse", escribe nuestra corresponsal Ludmila Molina en esta historia de amor a los colores de Los Andes. Esta crónica fue producida en el Taller "Narrativas de la Pasión" de Buena Data.
Ludmila Molina
Las bengalas de humo rojo y blanco tiñen el aire del estadio. Las banderas del Club Atlético Los Andes se agitan como si respiraran en conjunto desde las tribunas. Las manos acalambradas de los hinchas marcan el ritmo de los bombos, mientras las canciones bajan como olas sobre la popular.
Abajo, en la platea, lejos del ruido más fuerte, unos nenes juegan un partido improvisado con una botella de plástico. Corren, se gritan goles y se empujan por la pelota. Nadie los mira demasiado, pero en ese juego aparece algo que no depende del resultado.
La escena dura unos minutos. Después, el partido llega a su fin.
Pero el club, no.
“La gente cree que Los Andes vive solamente los fines de semana, pero en la semana pasan cosas extraordinarias”, dice Alejandro Santillán, entrenador de arqueros del club.
Durante la semana no hay tribunas llenas. Hay entrenamientos, pero también otras cosas. “No hablamos solo de lo físico. Hablamos del ser humano”, explica. En esos días hay risas, chistes y también momentos difíciles. “El jugador es una persona antes que futbolista. Tiene familia, problemas. Nosotros estamos para acompañar”.
También hay gente que no aparece en la cancha. “Hay mucha gente que trabaja en la sombra”, dice. Utileros, médicos, kinesiólogos. El club funciona todos los días, aunque no se vea.
Esa vida se sostiene en historias que se repiten.
Juan tiene 78 años y hace más de sesenta que viene al club. Al lado suyo, otro socio de 77 completa las frases, se ríe, corrige detalles. Se conocen del barrio, de siempre.
“Veníamos a jugar de chicos y después a los bailes”, cuenta Juan. En la vieja cancha de básquet se hacían carnavales que llenaban el club. Tocaban bandas en vivo, venía todo el barrio. Se ríen cuando lo cuentan, como si todavía estuvieran ahí.
Las anécdotas se mezclan con la vida.

Juan conoció a su mujer siendo joven. Ella era hincha de Racing, pero igual la llevó a ver un partido entre Racing y Los Andes. Él quería que gane Los Andes. Perdieron 1 a 0. Se ríe cuando lo cuenta. “La pasamos bárbaro igual”, dice. Llevan más de cincuenta años juntos.
“Fue la única vez que dejé de venir seguido”, agrega, todavía con la risa en la cara, hablando de esos primeros tiempos del enamoramiento.
Después volvió. Y siguió viniendo.
La hizo socia. Después a su hija. La trajo al club, a los deportes, a la escuela que empezó como un jardín armado entre vecinos. Con los años creció, sumó niveles, aulas, generaciones. Hoy su nieto también forma parte.
En el medio pasaron muchas cosas. Amistades que se hicieron en la cancha, en la pileta, en los pasillos. “Yo a muchos los conozco de toda la vida”, dice. Algunos ya no están, otros siguen apareciendo en cada charla.
Se ríen cuando recuerdan discusiones de fútbol que no rompían nada. “Podías ser de Boca, de River… y estabas igual acá”, dicen. Incluso iban a ver jugar al rival. No desde la rivalidad, sino desde el gusto por el juego.
El club es eso: un lugar donde quedarse.
“¿Sabés qué pasa?”, dice Juan en un momento, y se queda pensando, “la camiseta no se cambia. El sentimiento no se cambia”. Hace una pausa y sonríe. “Es como una mascota… pero gigante. Es un miembro de la familia”.
La frase queda flotando.
Santillán lo explica desde otro lugar, pero en la misma línea: “Es un club muy familiar. El hincha entrega su tiempo y su pasión a cambio de nada”. Para él, eso cambia todo. “Te hace dar un plus”.
Unos metros más allá, los chicos siguen jugando con la botella.
Tal vez alguno llegue a jugar en primera. Tal vez no.
Pero eso no es lo único importante.
Porque el club no vive solo en el resultado, ni en un partido, ni en un gol. Vive en esas historias que se repiten, en las risas, en los recuerdos, en las personas que vuelven todos los días.
El club sigue funcionando, incluso cuando el partido termina.