Vida online

Desafiar al algoritmo para decidir qué pensar

¿Hasta cuánto construimos nuestros propios intereses? ¿Cuánta independencia tenemos de nuestras ideas? Nuestro corresponsal Marco Ferrari se hace estas preguntas incómodas de la vida digital.

Marco Ferrari

Hubo un tiempo en que abrir redes era distinto. Veías las fotos de tus amigos, las páginas que habías decidido seguir, quizás algún hashtag que te interesaba. El feed era tuyo, lo habías construido con tus propias elecciones. Hoy abrís TikTok y aparece alguien que no conocés, hablando de algo que nunca buscaste, y sin embargo no podés parar de mirar. ¿Cómo pasó eso? 

El cambio no fue de golpe, sino gradual, casi imperceptible. Primero Facebook empezó a mostrar contenido "relevante" en lugar de todo en orden cronológico. Luego, Instagram siguió el mismo  camino. Después llegó TikTok y terminó de redefinir las reglas del juego: su algoritmo no necesita que sigas a nadie para conocerte. Con solo analizarte unos minutos, ya sabe qué querés ver antes de que vos mismo lo sepas. 

Lo que antes era un mural de lo que elegiste pasó a ser una curaduría cuidadosamente diseñada por una máquina cuyo objetivo no es que te sientas bien, que te nutras o que te informes, sino que pases la mayor cantidad de tiempo en la plataforma. Porque ahí está el negocio: tu atención vale plata. Cuanto más rato pasás en la plataforma, más datos recopilan, más aprenden sobre vos y mejores  anuncios te pueden vender. Esto tiene nombre: economía de la atención. Y vos sos el producto. 

Lo que entra, forma 

Hasta acá, quizás suene a algo que ya todos sabemos. Pero hay una consecuencia de todo esto que se habla menos: lo que consumimos online empieza a moldear cómo pensamos offline. Es decir, en la vida real. 

El algoritmo no te muestra el mundo, te muestra una versión del mundo diseñada para que estés de  acuerdo con lo que ya pensás, para que te indignes con lo que ya te indigna, para que te quedes cómodo dentro de tu propia burbuja. Si solo consumís contenido que refuerza tus ideas, tu visión del mundo se va achicando sin que te des cuenta. Creés que todos piensan igual que vos, y cuando  aparece algo que contradice esa visión, el rechazo es casi automático. Está demostrado que el cerebro tiende a buscar información que confirme lo que ya cree, y el algoritmo potencia exactamente eso. 

El resultado es una sociedad cada vez más fragmentada, donde cada grupo vive en su propia realidad algorítmica y se vuelve casi imposible entenderse con quien piensa diferente. No porque seamos malos, sino porque estamos siendo alimentados con dietas de información completamente distintas. 

¿De qué alimentamos a nuestro cerebro? 

Un tiempo atrás, me encontré en un loop que no conocía. Cansancio mental constante, ansiedad de fondo, sensación de que todo iba mal. Trabajaba, estudiaba, entrenaba, hacía cosas. Pero sentía que algo no cerraba, y que cuando necesitaba crear o pensar en algo no llegaba a ningún  lado. Pensé que era yo, que había dejado de ser creativo. En realidad era bastante obvio que no iba a poder generar nada si no le daba un buen alimento a mi cerebro con el que trabajar. Era tan absurdo como esperar rendir bien físicamente comiendo todos los días comida chatarra.

Decidí dejar las redes por una semana para ver qué pasaba. Lo que descubrí fue incómodo: agarraba el celular de manera mecánica, sin querer realmente hacerlo. Luego de un tiempo, logré entender que no había nada urgente que me requiriera un monitoreo constante, que siempre que entraba a  hacer algo específico, como responderle un mensaje a un amigo, terminaba scrolleando sin sentido. Tenía incorporado agarrar el celular a la primera de cambio para llenar un espacio en el que debía estar simplemente esperando. Ahí estaba el cansancio. Siempre le daba algo a mi cerebro, incluso  cuando no necesitaba nada. Cien TikToks en una hora no es algo natural para nuestro cerebro y, si bien parece que nos olvidamos todo, en realidad no. Son cosas que quedan, mensajes que se mantienen y que requieren un procesamiento cognitivo real. Y, por supuesto, energía. 

De repente estamos repitiendo una doctrina, un mensaje, un consejo, una idea, un sesgo, generado por un usuario aleatorio en TikTok que no tiene más autoridad que la amplificación que le dio el  algoritmo. No porque su mensaje sea válido, beneficioso o bien estructurado, sino porque dentro de una lógica inaccesible para nosotros, el algoritmo consideró que era algo que nos podía mantener  más tiempo. Y lo repito porque vale la pena hacerlo: el algoritmo no quiere lo mejor para nosotros. No le interesa qué mensaje da o qué mensaje prolifera. No tiene esa capacidad. Solo le interesa si eso te mantiene ahí o no. 

Soberanía del pensamiento 

Pero la solución tampoco es desconectarse e irse al medio de las montañas. Las redes tienen cosas genuinamente valiosas. Nunca antes en la historia de la humanidad fue tan fácil acceder a información y hacer llegar tu voz a otras personas. Eso es poderoso y vale la pena aprovecharlo. El  problema aparece cuando dejamos que un sistema optimizado para capturar nuestra atención empiece a decidir qué entra en nuestra cabeza, con qué la alimentamos. 

Volver a ejercer ese poder empieza por algo tan simple, y al mismo tiempo tan difícil, como decidir  activamente qué consumimos. Por más que parezca una pérdida de tiempo, en esta época donde todo se concentra en la optimización del mismo, tomarse el tiempo de investigar, leer, sacar nuestras propias conclusiones y no prenderse al juego de los sesgos de confirmación ni de las burbujas de  información, tiene un beneficio inmediato, absoluto sobre nuestra vida y la percepción que  generamos. Así, empezaremos a generar reflexiones independientes, realmente nutritivas para nosotros como individuos y también a quienes nos rodean. Todo por ejercer nuestra soberanía del  pensamiento. 

Y si bien esto puede parecer algo pequeño cuando se hace a nivel individual, muchas veces no dimensionamos el cambio colectivo que puede empezar con cada uno de nosotros. Como dice un  proverbio chino: un huevo roto desde afuera es comida; roto desde adentro, es vida nueva. La revolución empieza en uno.

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