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Del disfrute fit a la moda del cuerpo

El fitness dejó de ser solo una actividad física y se convirtió en una identidad que se muestra y se comparte. La cultura del ejercicio en las redes no sólo cambio hábitos y consumos (en muchos casos, de manera positiva), sino que comienza a instalar una nueva tendencia: alcanzar el cuerpo deseado -cuyo ideal es el de un fisicoculturista- es el actual parámetro de éxito. Todo aquel que no lo alcance, es un indisciplinado.

Juan Caña y Martina Bonino

La Generación Z mantiene al fitness como su principal gasto discrecional en 2025, superando rubros como viajes, entretenimiento y moda. Así lo revela el informe anual Gen Z Fitness Pulse Report 2025, elaborado por la cadena británica The Gym Group en alianza con Focaldata, que analizó hábitos de consumo, salud y bienestar de jóvenes entre 18 y 24 años en su país.

Ese dato desprende preguntas que no terminan. ¿Qué sucede cuando el hobby se transforma en exigencia? ¿Cuándo los gimnasios se transformaron en lugares ideales para conocer personas? ¿El mercado también acaparó el hábito de la buena salud?  ¿Qué rol cumplen las redes sociales respecto a esto?

En los últimos años, el fitness dejó de ser solo una actividad física y se convirtió en una identidad que se muestra y se comparte, sobre todo en redes sociales. En Instagram y Titkok el gimnasio pasó de ser un espacio de ejercicio a uno de encuentro, y a una vidriera de rutinas, cuerpos, “transformaciones” y dietas que son consumidas por millones de usuarios en redes sociales.

El resultado es la construcción de un ideal que parece alcanzable si se sigue el método correcto, si se tiene disciplina y si se comparte en redes sociales. Frases como “no pain, no gain” (“sin dolor no hay ganancia”, en español) o “disciplina supera motivación” se repiten y se refuerzan en los contenidos que promueven la cultura fitness. Es así como el fitness pasa de ser un hábito saludable a ser una señal de carácter, autocontrol y “éxito” personal.

Cuando la cultura fit deja de ser saludable

No obstante, este modelo también trae efectos menos visibles. Al haber una exposición constante a cuerpos normativos y rutinas aparentemente perfectas, muchos jóvenes entran en una dinámica de comparación permanente. Lo que comienza con inspiración y motivación, puede convertirse en una presión constante.

En este contexto, los “fit influencers” juegan un rol central: muchos se presentan como referentes que motivan para la adopción de hábitos saludables. Pero también son parte de un mercado en crecimiento que incluye suplementos, programas de entrenamiento,  dietas y productos deportivos. De esta manera, el hábito fit se mezcla con el consumo.  El gasto promedio en membresías de gimnasio, equipos y actividades deportivas aumentó un 17% interanual, alcanzando las £48,81 mensuales (U$66,08 dólares), según Focaldata. En la Argentina, las cuotas de los gimnasios presentan una gran brecha: se encuentran cuotas desde $20.000 hasta $80.000.  

Para algunos jóvenes, esta cultura del rendimiento se extiende más allá del gimnasio. La lógica de optimización —ser más fuerte, más disciplinado, más productivo— puede terminar trasladándose a otras áreas de la vida. Incluso actividades recreativas tradicionales, como salir de fiesta o trasnochar, empiezan a verse como obstáculos para mantener la rutina perfecta. 

Ahora bien, ¿el auge del fitness es negativo? No necesariamente. La actividad física trae beneficios para la salud física y mental. El problema empieza cuando la autoexigencia roza los límites sanos. Y sobre todo cuando el autocuidado está amplificado por la mirada de los demás en redes.

Bajo la lógica de estas, el cuerpo deja de ser un organismo biológico para transformarse en un producto o una empresa que requiere de una gestión constante e incluso obsesiva; la disciplina se convierte en una señal de virtud y estatus, mientras que el descanso suele ser castigado bajo la narrativa de la optimización total del rendimiento. Entre recomendaciones que llegan a ser contradictorias o utópicas, malinterpretaciones de datos científicos o exacerbación de argumentos que en verdad sí aportan a una armonía entre cuerpo y mente, las juventudes actuales se debaten entre qué creer y cómo hacerlo.


Desde una perspectiva optimista, el auge de la cultura fitness ha democratizado el acceso a información técnica que antes estaba restringida a atletas de élite, permitiendo que hoy cualquier joven comprenda conceptos de fisiología y nutrición que mejoran su calidad de vida a largo plazo. Esta alfabetización física funciona como una herramienta de empoderamiento, donde la autonomía sobre el propio cuerpo y la superación de metas personales actúan como un poderoso antídoto contra la ansiedad y el aislamiento digital. Además, la formación de comunidades en torno al ejercicio genera un sentido de pertenencia basado en el esfuerzo compartido, creando redes de apoyo que fomentan hábitos preventivos frente a enfermedades crónicas, lo que supone un alivio futuro para los sistemas de salud pública.

Sin embargo, en el reverso de esta tendencia encontramos la trampa de la "estética de la salud", donde el bienestar se mide exclusivamente por la apariencia externa y no por indicadores funcionales o internos. Esta distorsión puede derivar en un elitismo encubierto, ya que la "perfección" física requiere de una inversión de tiempo y dinero —en alimentos orgánicos, entrenadores y equipo especializado— que resulta inaccesible para gran parte de la población, reforzando brechas sociales a través del cuerpo.

Asimismo, la vigilancia constante impuesta por el registro digital de cada entrenamiento puede anular el placer intrínseco del movimiento, transformando una actividad liberadora en una tarea burocrática más. Cuando la identidad se reduce al rendimiento, el individuo corre el riesgo de caer en una precariedad emocional donde su autoestima depende del último resultado obtenido, convirtiendo al gimnasio no en un refugio, sino en otra oficina donde se rinden cuentas a una audiencia invisible.

La Royal Society for Public Health (RSPH) advierte que la exposición constante a imágenes editadas y cuerpos "normativos" bajo la etiqueta de fitspiration no solo distorsiona la percepción de la realidad, sino que ha contribuido a un aumento del 70% en las tasas de ansiedad y depresión en los jóvenes durante los últimos 25 años.

El estudio “#StatusOfMind” de 2017 subraya que el problema no es el ejercicio en sí, sino el "miedo a quedarse fuera" (FOMO) y la comparación social crónica que las redes incentivan. Al transformar el entrenamiento en un espectáculo visual, se genera una presión por mantener una fachada de disciplina inquebrantable que, según el informe, puede derivar en trastornos del sueño y una baja autoestima. La reflexión que se desprende de estos datos duros es profunda: si las plataformas que más consumen los jóvenes son las que más dañan su autopercepción, el auge del gasto en gimnasios podría no ser una señal de mayor amor propio, sino un síntoma de una generación que intenta "reparar" a través del sudor y la inversión económica la inseguridad que el algoritmo les inocula cada vez que deslizan la pantalla.

Por su parte, los hallazgos de Frontiers in Psychology a través del estudio “Social media and body dissatisfaction in young adults: An experimental investigation of the effects of different image content and influencing constructs” (2023) introducen una advertencia sobre la "ortorexia social" y la "vigorexia subclínica", fenómenos donde la búsqueda de la salud se vuelve patológica debido a la comparación constante con algoritmos que solo muestran el 1% de la vida de los influencers. El estudio demuestra que el cerebro de los jóvenes procesa las imágenes de cuerpos "perfectos" no como una inspiración lejana, sino como una norma alcanzable, lo que dispara niveles de cortisol al no obtener resultados idénticos en tiempos irreales. 

El auge de figuras como Gianpiero Fusco "El Tigre" demuestra cómo el fitness actual puede radicalizarse a través de falacias como la apelación a la naturaleza y la tradición, promoviendo el consumo de carne cruda o el rechazo a la medicina moderna bajo la premisa de que todo lo ancestral es intrínsecamente superior.

Este discurso extremista distorsiona hábitos saludables reales —como el entrenamiento de fuerza y la reducción de ultraprocesados— mediante generalizaciones apresuradas basadas en experiencias individuales y falacias de falsa causa que culpan a la modernidad de todos los males biológicos. Al caricaturizar la ciencia contemporánea con argumentos de espantapájaros, se genera una polarización donde el bienestar ya no se mide por la salud integral, sino por la adopción ciega de dogmas pseudocientíficos. Así, el análisis de si ser "fitness" es bueno o malo revela que el peligro no radica en el ejercicio o la nutrición en sí mismos, sino en los sesgos lógicos que transforman el cuidado personal en un fanatismo desinformado y potencialmente peligroso. 

El desafío crítico reside, entonces, en discernir si estamos entrenando para cultivar nuestra vitalidad o si simplemente estamos respondiendo a una exigencia estética y de mercado que utiliza la salud como una herramienta de marketing personal.

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Diseño de portada: Emma Jamardo