Muchos conocen la historia de devoción entre Gustavo Costas y Racing, pero nadie la narra cómo Lucila Borges. Esta crónica fue producida en el Taller "Narrativas de la Pasión" de Buena Data.
Lucila Borges Olivera
“Racing, perdón por el color de mi sangre”, es lo que está escrito en una de las banderas que suelen aparecer en la tribuna de Racing Club. Entre canciones, camisetas celestes y blancas y rituales que se repiten cada vez que el Cilindro abre sus puertas; el hincha suele decirlo de esa manera: a Racing no se lo elige, se lo lleva en las venas. Algunos nacen con eso, y pasan la vida entera sin poder sacárselo. Gustavo Costas es uno de ellos.
Dicen que muchos ya llegan a este club marcados desde antes. Por culpa de un padre que los lleva a la cancha por primera vez, por un nombre heredado, o por esa idea — medio absurda, medio inevitable — de que hay colores que no se aprenden, se sienten. En su caso, la historia de Gustavo empezó temprano. Mucho antes del banco, mucho antes incluso de la Primera División. A los tres años ya estaba ahí caminando por el césped, cubierto con los colores del club, mezclado entre jugadores que le quedaban enormes, siendo bautizado como mascota del equipo campeón de 1967. Seguramente era como un juego, sin saber que ese mismo lugar le iba a quedar pegado por siempre. Después vinieron esos años de los que no se habla mucho: tardes de entrenamiento, canchas a medio llenar. Esa etapa en la que uno aprende cómo moverse, dónde pararse, qué lugar ocupa cuando los minutos y sus compañeros empiezan a correr. Tiempo suficiente para que una visita al “Cilindro” se vuelva una costumbre.
Ya destacado por ser un defensor central férreo, debutó en 1981. Y es cuándo se empieza a ver que no fue un paso más, mucho menos una coincidencia.

Sus primeros años no fueron lineales. Fueron un ir y venir constante, como si “la Academia” nunca le diera del todo descanso. En 1983 le tocó vivir uno de los golpes más duros: el descenso frente a Racing de Córdoba. No como un espectador, sino desde adentro. Desde ese lugar donde las derrotas no se olvidan. El club cayó y se quedó dos temporadas en la B. Y él también. Porque si algo ya empezaba a quedar claro, es que no se movía solo por carrera, sino por algo más difícil de explicar.
Hasta que llegó ese 27 de diciembre de 1985. Costas, siendo capitán, referente y parte de un equipo que volvió a Primera. No fue solo un ascenso: fue una forma de devolver algo. Siguió. Porque no parecía haber otra opción. Porque Racing ya no era solo el club donde jugaba; era el lugar al que siempre volvía. En 1988 llegó el reconocimiento que durante años se había hecho esperar: la Supercopa Sudamericana y la Interamericana. Títulos que encontraron a Gustavo ahí, en el mismo lugar donde había aprendido a quedarse incluso cuando las cosas no salían.
Después vino lo que suele pasar: probar afuera. Su paso por el fútbol suizo. Pero tampoco eso duró demasiado. En 1992 volvió. A Racing, otra vez. Como si la historia no pudiera centrarse en otro lado, esa vuelta se destacó por una recepción que se vio marcada por el cariño de la hinchada, dejando ver desde entonces su gran conexión con su gente. Jugó cuatro años más. Lo suficiente para convertirse en el jugador con más presencias en la historia del club: 337 partidos. Un número que dice mucho, pero no termina de explicar por qué nunca se terminó de ir. Fue Miguel Ángel Brindisi quién bajó esa idea de continuidad, le dijo que no iba a tenerlo en cuenta, que ese lugar ya no era suyo. Entonces el final llegó en 1997, en Gimnasia y Esgrima de Jujuy. Lejos de Avellaneda. Aunque, en su caso, eso de “lejos” siempre fue relativo.

Y como sabemos, las historias de los clubes no se construyen sólo con las estadísticas o partidos ganados. Sino también con lo que vive en la memoria de quiénes las cuentan; uno de ellos es Roberto Martinengo, periodista que lo conoció cuándo todavía usaba la camiseta de jugador. Durante años lo entrevistó para distintos medios y todavía recuerda la forma en la que se paraba dentro de la cancha “El Gustavo Costas de aquella época no difiere mucho del de ahora. Siempre fue un tipo humilde, tímido, pero con un amor inmenso por Racing (...) Era un jugador que dejaba el alma en cada pelota”.
Quizás en aquella época cuando se lo veía patear la pelota nadie se imaginaba que volvería al club desde otro lugar. Pero algunos rasgos ya estaban ahí. La forma de vivir cada jugada, de discutir cada fallo, de sentir el partido como si fuera algo personal. Se cree que no pudo abandonar por completo las canchas, porque en 1999 inició su camino como director técnico. Sí, empezando en Racing Club. A diferencia de su anterior carrera, esta vez pasó por muchísimos equipos de distintos países. Ganó múltiples títulos en Perú, Paraguay, Ecuador y Colombia antes de su exitoso – y actual – tercer ciclo en Racing.
“Dirigir Racing es el sueño de su vida (...) no mostraba la misma pasión cuando dirigía otros equipos, con la Academia es otra cosa. Cuando Racing pierde, él siente que le falló al club y al hincha”, aseguró Martinengo. Y ahí es donde todo cambia. Lo que para muchos podría parecer una ventaja —conocer el club, entender a la gente, sentir los colores— para él es una carga. Cada derrota no es solo un resultado. Es un baldazo de agua fría. Dirigir, en su caso, no es solamente tomar decisiones. Es hacerse cargo de algo que siente propio

“Costas le transmite ese amor por Racing a los jugadores”, finalizó Martinengo, remarcando que eso lo destaca: la facilidad de contagiar el amor y la pasión que tiene. “Yo empatizo mucho con Costas. No lo vi como jugador pero sí sabía de su presencia en el club. Me pasa que lo veo y siento que es uno más de nosotros”, comentó Sofía, una fanática del club que a pesar de no haber conocido a Costas ni el “Cilindro”, creció fascinada por toda su historia — no gracias a su familia, como la mayoría —.
“Con Costas no es lo mismo perder, duele distinto”, escuché decir una vez a un hincha polaco en la popular. Entre tanto canto y silbidos veía como se lamentaba, como si el resultado pegara más cuando el que está ahí es uno propio.Y eso es lo que lo destaca, va más allá del sentido de pertenencia. Cuando el equipo ataca, lo vemos inclinándose hacia adelante, levantando los brazos, cabeceando centros que nadie ve, patea al aire cuando la jugada lo pide. A veces parece olvidarse de que ahora el partido lo mira desde afuera. Como si en algún lugar — entre la tribuna, el banco y la cancha — todavía fuera ese nene que un día pisó el césped sin entender del todo por qué.
Y se quedó para siempre.