Sociedad

De Gesell al espejo de una generación: el caso de Fernando Báez Sosa

Un nuevo documental reavivó el análisis sobre el homicidio de Fernando Báez Sosa, ocurrido en las afueras de un boliche de Villa Gesell. Nuestros corresponsales Elías Ivanoff y Jazmín Abdala plantean los desafíos que le toca a toda una generación.

La primera vez que escuché el nombre de Fernando Báez Sosa no fue en un titular ni en un hilo de Twitter. Fue en la madrugada del 18 de enero de 2020, mientras llegaba a Villa Gesell con mis abuelos dormidos en el auto, con los pies llenos de arena y el eco de la música todavía en la cabeza. Yo también había salido esa noche. Yo también volví a casa. Él no. Esa mínima diferencia —tan absurda, tan injusta— se me clavó para siempre.

Con el documental, esa sensación volvió, pero más amplia. No se trataba sólo del horror de la muerte de Fernando, sino de todo lo que se movía por debajo: la cultura de las previas y los boliches, la presión de mostrar “aguante” entre pares, la necesidad de no quedar afuera, los límites que se cruzan sin que nadie pare. Todo lo que muchos de nosotros hemos visto alguna vez, en escalas menores, sin que termine en tragedia… hasta que un día sí lo hace.

La noche del ataque, la violencia ocurrió a plena luz de farolas. En la vereda había turistas, amigos, empleados del boliche, celulares grabando. Y nadie intervino. ¿Se paralizó la sociedad? ¿Espectadores o cómplices por omisión? ¿O simplemente nadie se imaginó que el final podía ser ese? ¿Cuántas veces estuvo todo a un paso, pero quedó en “una piña” y siguió de largo? Esa mirada, cruda y silenciosa, muestra que la violencia no sucede en aislamiento: necesita espectadores que miren y que no frenen.

Lo que queda claro es que esto fue más que una pelea: fue la combinación de grupo, rituales y códigos que funcionan como un manual no escrito de la masculinidad joven. Porque en el deporte y en la noche, la violencia se normaliza. En el rugby, por ejemplo, existen rituales de iniciación que no son secretos: bautismos donde los jugadores nuevos reciben castigos físicos, empujones, golpes, o alcohol forzado como forma de “integración”. Son prácticas que refuerzan la pertenencia y el aguante, y enseñan que quejarse o mostrar fragilidad es equivalente a debilidad. La serie documental lo muestra sin filtros: no fue solo un accidente ni una explosión de furia; fue un reflejo de un patrón aprendido.

En los grupos de varones estas lógicas se potencian. La manada protege, pero también diluye la responsabilidad. Mostrar fuerza, desafiar límites y asumir riesgos es parte de un código que se celebra con aplausos y risas, incluso cuando la consecuencia es irreversible.

Porque no podemos pensar la violencia en grupos de varones como un hecho aislado sino como la reproducción de un patrón de comportamiento que se da como resultado de ciertos mandatos de la masculinidad: demostrar “el aguante” al alcohol o a las drogas, manejar a altas velocidades o involucrarse en peleas en la calle. 

Especialmente durante la juventud, estas prácticas se vuelven más explícitas al ser un momento de adquisición de esa masculinidad hegemónica. El varón debe demostrar “que tan hombre es uno” ante sus pares mediante el fortalecimiento de estas violencias. La masculinidad se construye alrededor de lo que se denomina una “aprobación homosocial”: como sucede en el crimen de Fernando, el acto violento busca ser visible por otros amigos varones que confirmen esa virilidad, que refuercen esa pertenencia. 

En diálogo en el Buena Data Podcast, Ariel Sanchez (Director de Promoción de Masculinidades para la Igualdad del Ministerio de Mujeres de PBA) decía que lo que subyace a estas acciones es un ideal de demostrar “impenetrabilidad” ante los otros, de ser un hombre que no se puede corromper con nada y que por lo tanto es más propenso a asumir riesgos para hacer más visible esta condición. 

En ese sentido, luego de este hecho surgieron múltiples análisis acerca de la repetición de la misma escena en distintos escenarios: varones rugbiers que violentan a otros en manada. Entre estas investigaciones, Guillermina Ferraris escribe en 2020 una nota titulada “No es el deporte, es el varón que moldea el rugby”, donde indaga en lo que se construye alrededor de los “valores” del rugby en nuestro país. Dice que el rugby en Argentina se ha constituido centralmente desde clases privilegiadas que fomentan una cultura de la distinción por oposición: entre “machos” y los que no lo son, o entre “blancos” y “negros”. Esta tradición legitima la violencia contra el “otro distinto” bajo una lógica de reivindicación del propio grupo, lo que también naturaliza estos actos. 

A pesar de este panorama generalizado, se consolidan alternativas dentro del universo del rugby que reconocen esas contradicciones ligadas al deporte y las transforman en una posibilidad para la reflexión. Ciervo Pampas Rugby Club es el primer equipo de América Latina que busca construir un espacio sin discriminaciones para la comunidad LGBTIQ+, dictando clases con diversas temáticas en torno a los derechos humanos para quienes deseen participar en los entrenamientos. Ocupan un lugar que creían ajeno para cuestionarlo desde adentro, haciendo frente a prácticas opresivas que nada tienen que ver con el deporte en sí mismo. 

En definitiva, lo urgente es desarmar esa complicidad masculina, construir diálogos que hagan cuestionarse estas violencias incluso al interior de grupos de varones. La Dirección de Masculinidades de la Provincia de Buenos Aires promueve iniciativas en este sentido: además de realizar capacitaciones con referentes de organismos e instituciones que trabajan con varones, crearon la Línea Hablemos destinada a la atención de varones que identifican el ejercicio de violencia en sus vínculos. Aun así, apartar la idea de alguien que viene de afuera a “enseñarles como deben ser” y generar espacios donde emerjan genuinamente las reflexiones de esos hombres sobre las implicancias de su masculinidad sigue siendo todo un desafío. 

La serie sobre Fernando Báez Sosa no es solo una reconstrucción obsesiva de los hechos ni un repaso del juicio: es un espejo incómodo. La violencia no aparece de un día para otro: se entrena, se celebra, se tolera y se hereda. Se aprende en el grupo, en la previa, en la tribuna, en la calle, en los silencios que dejamos pasar porque “así son los pibes”, porque “no da meterse”, porque “se arreglan entre ellos”.

Mientras más grande sea la manada, más fácil es que la empatía se diluya y el límite se vuelva borroso. Es ahí donde la masculinidad hegemónica encuentra su mejor escenario: el riesgo es medalla, el descontrol es virtud y la sensibilidad una debilidad que conviene esconder.

Pero también muestra otra cosa: que no estamos condenados a repetir estos patrones. Que hay herramientas, políticas públicas, conversaciones, espacios que ya existen para empezar a desarmar esa lógica del “aguante” que tanto daño hace. Cuestionar no es traicionar al grupo, sino cuidarlo. Cortar una cadena de violencia puede ser tan simple —y tan difícil— como decir “che, basta”.

Quizás lo más honesto sea reconocer que todos, alguna vez, fuimos parte de un silencio que costó demasiado. Que esa noche en Gesell hubiera bastado una sola persona que frenara. Una sola. Y tal vez por eso el caso sigue doliendo: porque nos recuerda que la responsabilidad no es abstracta, es concreta y cotidiana. Está en la mano que separa, en el amigo que dice “no es por ahí”, en el grupo que deja de festejar lo que lastima.

Fernando no eligió ser símbolo de nada, pero su historia nos obliga a mirar qué hacemos con lo que heredamos y qué queremos construir para los que vienen. Si la violencia también se aprende, entonces la empatía, los límites y el cuidado colectivo pueden aprenderse igual.

La pregunta, entonces, queda del lado de nuestra generación: ¿Vamos a seguir reproduciendo la misma lógica de “aguante”, o vamos a animarnos a cambiar la historia antes de que vuelva a ser demasiado tarde?