El Cosquín Rock concentra miradas que lo tildan de venderse a la masividad. Nuestra corresponsal Paz Juárez afronta ese debate y escribe que "reducir el debate a una supuesta “traición” al género es simplificar un fenómeno cultural mucho más interesante".
El último fin de semana, en Santa María de Punilla, el Cosquín Rock volvió a reunir a decenas de miles de personas en un predio que ya no funciona únicamente como escenario musical, sino como un reflejo de la cultura argentina contemporánea. Y, como cada año, la discusión reapareció con fuerza: ¿sigue siendo un festival de rock o estamos frente a otra cosa?
La pregunta no surge del vacío. La edición 2026 consolidó algo que viene gestándose hace tiempo: la convivencia (a veces armónica, a veces tensa) entre el rock como tradición y una escena más amplia que incluye pop, trap y cruces estilísticos que hace una década habrían parecido impensados. Sin embargo, reducir el debate a una supuesta “traición” al género es simplificar un fenómeno cultural mucho más interesante.
El primer día dejó una imagen elocuente. Mientras Dillom proponía un show oscuro, visceral y casi performático, en otro escenario Ciro y los Persas convocaba multitudes con la liturgia rockera clásica. Ahí apareció el simpático comentario de Dillom, al darse cuenta que coincidía con la otra banda en el mismo horario: “Nosotros somos Ciro y los Persas”. Esto no fue una competencia, sino una postal del presente de dos generaciones distintas compartiendo territorio simbólico sin anularse. El rock no fue desplazado; fue puesto en diálogo.
Ese diálogo atravesó todo el festival. El regreso de Bersuit Vergarabat ofreció un show intenso, cargado de símbolos y apelaciones a la memoria política; pero esa misma apelación abre una incomodidad que no puede eludirse: ¿qué entendemos hoy por memoria cuando persisten las controversias en torno a Gustavo Cordera? La escena obliga a preguntarnos si como sociedad tendemos a separar obra y autor para sostener el rito cultural, o si por el contrario desplazamos esa discusión hacia debates más cómodos como si el Cosquín es “rock” o “pop”, dejando en segundo plano los dilemas éticos que los festivales ponen en juego. En ese cruce se revela algo más profundo que una etiqueta de género. ¿Cuáles son, finalmente, las prioridades de nuestra conversación pública cuando la música convoca multitudes?
Marilina Bertoldi desplegó uno de los sets más contundentes de la jornada, demostrando que la energía rockera no es patrimonio generacional sino actitud estética y política. Y cuando Babasónicos subió al escenario central con una puesta sofisticada y efectiva, recordó que el rock también puede ser forma, elegancia y construcción escénica. La diversidad alcanzó su punto más visible con el debut de Abel Pintos, que llenó el predio con un repertorio atravesado por el amor y la épica emocional cantando “Jijiji”. Lejos de diluir la identidad del festival, su presencia evidenció una transformación cultural más profunda; el público ya no se organiza en tribus rígidas, sino en comunidades sensibles al clima de época. El Cosquín Rock dejó de ser una frontera y se volvió un espacio de circulación.

Tal vez una de las escenas más simbólicas ocurrió con el cierre de Lali, que combinó espectáculo pop, mensaje político y una versión intensa de “Los viejos vinagres” de Sumo. Ese gesto resume la tensión central del festival: el rock como lenguaje histórico reaparece incluso en voces que no pertenecen estrictamente a su tradición. La pregunta entonces deja de ser “¿es rock?”, para volverse más interesante: ¿qué del rock sigue circulando en la cultura contemporánea?
Esa circulación también se expresó en los cruces inesperados: homenajes a Charly García, invitaciones intergeneracionales y versiones compartidas que desarmaron cualquier frontera rígida entre pasado y presente. El festival funcionó menos como museo del rock y más como laboratorio cultural.
Ahora bien, reconocer la riqueza del encuentro no implica renunciar a la crítica. Si hay una tensión que atraviesa la edición 2026 no es tanto la diversidad estética como la transformación del festival en experiencia de consumo cada vez más excluyente. El aumento del precio de las entradas redefine quién puede participar de este ritual colectivo. Y ahí aparece una pregunta más incómoda que la discusión de géneros: ¿puede el rock seguir siendo fenómeno social si el acceso se restringe?
Porque el rock argentino, históricamente, fue mucho más que un estilo musical. Fue espacio de encuentro, de disidencia, de lectura política del presente. Cuando el festival amplía su oferta estética pero reduce su accesibilidad social, el riesgo no es que deje de ser rockero en términos musicales, sino que pierda densidad cultural.
Sin embargo, reducir el Cosquín Rock a una lógica de mercado sería injusto. Lo que ocurrió en Santa María de Punilla también fue un gesto colectivo en tiempos de fragmentación social. En un contexto atravesado por incertidumbre económica y tensión política, miles de personas compartieron canciones, cuerpos y emociones. Esa dimensión comunitaria sigue siendo profundamente rockera, incluso cuando la banda sonora se diversifica.
Quizás el error sea pensar la identidad como algo fijo. El Cosquín Rock no abandonó el rock; lo está reconfigurando. Y esa transformación incomoda porque obliga a revisar certezas culturales. El festival funciona hoy como un termómetro del país, híbrido, contradictorio, atravesado por tensiones económicas y disputas simbólicas, pero todavía capaz de generar experiencias colectivas significativas.
El rock estuvo en el Cosquín Rock 2026. Estuvo en las guitarras, en los homenajes, en los cuerpos que saltaron frente a escenarios distintos pero simultáneos. Y también estuvo en la discusión misma sobre su identidad. Porque cuestionar, incomodar y pensar críticamente siempre fue parte de su ADN.
Tal vez la pregunta correcta no sea si el festival se volvió pop, sino qué revela esta mezcla sobre la cultura argentina actual. En tiempos de posiciones cerradas, el Cosquín Rock propone algo más complejo: una identidad en movimiento. Y, como toda identidad viva, se define menos por lo que excluye que por lo que es capaz de contener.
Foto: Kapanga, prensa Cosquin Rock.