Sociedad

Comprometerse tiene riesgos (que valen la pena afrontar)

Parece que hay muchas desmotivaciones para involucrarse: la posibilidad de ser ridiculizado o etiquetado y la falta de representación etaria de la dirigencia política. Pero Valentín Lastra Marini pide confrontar ese gesto: " Una democracia no se fortalece cuando las juventudes permanecen en silencio".

Valentín Lastra Marini

Cada vez que escucho un compañero del colegio haciendo un comentario machista, que va en contra de algo instaurado por ley, o algo que ha tenido años de luchas, le pregunto por qué dice eso. Porque muchas veces esos comentarios cuestionan derechos conquistados o reproducen prejuicios que afectan a otras personas. Pero la respuesta suele ser ofensiva:  “qué te importa”,  “ay  siempre metes la política en todo” o “cállate zurdo/marxista”. Como si establecer un debate y escuchar activamente para entender el contexto del otro, sus experiencias y lo que me puede enseñar, no fuera buenas opciones.

Y sí, puede ser que meta la política en todo o que la política esté en todo y sea un pesado. Porque creo que son cosas por las cuales vale la pena pelear y debatir. No es lo mismo que yo sea Boca y vos de River a lo que pensas sobre el gobierno nacional. Lo primero, al final del día, es algo meramente arbitrario y artificial. Sin embargo, lo segundo es algo de cómo vos pensas políticamente y eso te define como persona, porque define cómo entendemos la justicia, la igualdad, la libertad, los derechos humanos, el ambiente, las relaciones humanas y tus valores.

El problema no es que existan desacuerdos políticos. El problema aparece cuando las etiquetas sustituyen a los argumentos.

Esto me lleva a preguntarme: ¿Por qué hay jóvenes que tienen miedo de expresarse políticamente? ¿Por qué los que militan, participan, activan, se movilizan o simplemente se posicionan son tachados o excluidos? 

Pero esta experiencia no es individual ni aislada. Durante los últimos años, se instaló la idea de que las juventudes son apáticas, desinteresadas o indiferentes a los asuntos públicos. Sin embargo, más de la mitad de los chicos y las chicas no se siente identificada con los partidos políticos, en tanto 6 de cada 10 quisiera tener representación etaria en el Congreso Nacional, según CIPPEC y UNICEF (2022). Esta desconexión se profundiza en datos más recientes: alrededor del 80% de las juventudes afirma que los partidos políticos las representan cada vez menos, de acuerdo con el Informe Juventudes 2025 de la Universidad Nacional de Villa María. Muestra que el problema no es la ausencia de participación juvenil, sino nuestra incapacidad para reconocer las formas que esa participación adopta en la actualidad.



Hoy, la participación juvenil suele expresarse a través de causas concretas más que mediante identidades partidarias permanentes. Podemos decir que la afirmación: a los jóvenes no les importa la política ya se volvió un poco retórica. Porque todo es político, sin embargo eso no significa que todo sea partidario.

En este contexto, si expresar una opinión política implica el riesgo de ser ridiculizado o etiquetado, no resulta extraño que muchas personas opten por callar. Es allí donde la espiral del silencio y la estigmatización comienzan a reforzarse mutuamente.

Es posible que algún compañero piense lo mismo que yo sobre la carencia de políticas ambientalistas de parte del gobierno nacional actual, pero no lo expresa. La politóloga Elisabeth Noelle Neumann explicó este fenómeno a través de la teoría de la espiral del silencio: muchas personas no dejan de tener opiniones políticas, sino que dejan de expresarlas cuando perciben que hacerlo puede traer rechazo, burlas o aislamiento. El problema no es la ausencia de voz, sino las condiciones que hacen que esa voz prefiera permanecer en silencio.

En paralelo, términos como "zurdo", "subversivo", "extremista" o "marxista" fueron utilizados por sectores del régimen y sus apoyos para estigmatizar a personas consideradas opositoras o sospechosas, contribuyendo a un clima que justificaba la persecución política en la última dictadura cívico militar eclesiástica en Argentina. Cuando un joven expresa una opinión política, muchas veces la respuesta no es discutir sus argumentos sino etiquetarlo: "zurdo", "facho", "militante", "adoctrinado", "progre", "libertario". La etiqueta simplifica a la persona y reemplaza la discusión por una clasificación. A veces el problema no es que alguien te prohíbe hablar de política. El problema es que, en cuanto hablás, dejás de ser visto como una persona compleja y pasás a ser reducido a una etiqueta.

Decirle a alguien “zurdito”, “marxista” o “libertario” son etiquetas identitarias. Pero si nadie te las pidió, solamente suma un paradigma donde la confrontación y el debate por opiniones políticas se sistematiza y se simplifica sin importar los argumentos.

Lejos del mito de que los jóvenes son de derecha, como plantea Mirco Arrojo en su ensayo “Nos volvimos conservadores”, hablar de “la juventud” como un bloque homogéneo constituye una simplificación analítica que impide comprender la complejidad del escenario actual. Las juventudes son múltiples y están atravesadas por profundas desigualdades de clase, género, territorio, nivel educativo y capital cultural. Mientras una parte de los jóvenes expresa afinidad con discursos conservadores o de derecha, otras juventudes continúan protagonizando activismos intensos.

No existe una sola narrativa generacional dominante, sino una disputa permanente por el sentido del presente y del futuro. 

Pareciera que cualquier acto político no se escapa de la cultura adultocéntrica. El adultocentrismo es un sistema de dominación y jerarquía social basado en la edad, es la suma de prejuicios hacia la juventud que condicionan su acción política, poniendo en el centro de la vida pública al adulto y haciendo que los jóvenes se desmotiven, pierdan visibilidad y sean tomados como si no tuvieran nada que aportar no solo en la política, sino en la vida en general. Una cultura adultocéntrica que suele mirar a las juventudes como actores políticos incompletos, ciudadanos del futuro antes que ciudadanos del presente. 

Quizás el problema no sea que los jóvenes participen poco. Quizás el problema sea que todavía nos incomoda escuchar a quienes participan. Porque una democracia no se fortalece cuando las juventudes permanecen en silencio, sino cuando pueden expresar sus ideas sin miedo a ser ridiculizadas, etiquetadas o deslegitimadas.

El adultocentrismo está más cerca de lo que pensamos.  No está solo en los espacios de decisión sino en los almuerzos familiares cuando tu tío dice que,  por lo que vio en una entrevista de Facebook a jóvenes preguntándoles quién es Belgrano y dando respuestas erróneas, la juventud no sabe nada de historia y se quedan con esa simplificación, está en que te digan “no sabés, sos chico” o “ya vas a tener tiempo para pensar en política”. Son formas de deslegitimar la voz de las juventudes antes incluso de escuchar lo que tienen para decir.

Después de todo, la participación política no nace únicamente de la certeza o la razón. Muchas veces nace de la incomodidad frente a las injusticias, de la necesidad de preguntarse por qué las cosas son como son y de la voluntad de imaginar que pueden ser distintas. Como escribió Bell Hooks, no se puede hacer realidad algo que no se ha imaginado. Y quizás ahí resida una de las mayores fortalezas de las juventudes: en su capacidad de tener un idealismo con prospectiva, imaginar futuros diferentes y animarse a luchar por ellos en el presente.

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