Sustentabilidad

Comida del aire para un mundo con hambre

La comida artificial puede convertirse en realidad y nuestro corresponsal Mirco Arrojo aborda sus posibilidades proteícas y de qué manera se proyecta para llegar a nuestras mesas.

En 2018, una noticia sorprendía al mundo: en Finlandia se inauguraba la primera fábrica capaz de producir alimentos sin agricultura, sin ganado y sin tierra fértil. A partir de dióxido de carbono, agua y electricidad, una empresa llamada Solar Foods lograba crear una proteína comestible mediante fermentación microbiana. La promesa era tan futurista como potente: desacoplar la producción de alimentos de los límites del suelo, el clima y la disponibilidad de agua.

Ocho años después, esa idea ya no es solo un experimento. La proteína, bautizada Solein, comenzó a ingresar al mercado, se prepara para escalar producción industrial y forma parte del nuevo ecosistema global de proteínas alternativas. Pero la pregunta central no es solo tecnológica: ¿puede una innovación así contribuir realmente a resolver el hambre en un mundo profundamente desigual, o corre el riesgo de convertirse en otra solución de mercado para sectores privilegiados?

Del laboratorio al mercado: ¿en qué estado está Solein hoy?

Entre 2024 y 2026, Solar Foods dio pasos concretos hacia la comercialización. En Estados Unidos obtuvo reconocimiento de seguridad alimentaria (estatus GRAS), habilitando el uso de Solein como ingrediente en alimentos y suplementos. La empresa lanzó productos piloto como snacks proteicos y mezclas en polvo y firmó acuerdos para introducir la proteína en el mercado deportivo y funcional en 2026.

En paralelo, su primera planta industrial, Factory 01, alcanzó su capacidad anual de unas 160 toneladas de proteína, y la compañía ya anunció proyectos para construir instalaciones mucho mayores capaces de producir decenas de miles de toneladas anuales hacia fines de esta década. Además, Solein se ha incorporado experimentalmente en chocolates, bebidas vegetales, snacks y suplementos, demostrando su versatilidad como ingrediente alimentario (Food Business News).

Desde el punto de vista ambiental, Solar Foods afirma que Solein usa recursos de forma mucho más eficiente que la agricultura y la ganadería: por cada kilogramo de proteína producida, esta tecnología requiere alrededor de 1.000 litros de agua, en contraste con hasta 100.000 litros o más en cultivos vegetales convencionales y hasta 600.000 litros en producción de carne de res; esto equivale a 100 veces menos agua que plantas y hasta 600 veces menos que la ganadería.

En términos de uso de tierra, Solein también es significativamente más eficiente —hasta 20 veces más que la producción vegetal y 200 veces más que la producción de carne— porque no se basa en campos abiertos ni pastoreo. Además, su huella de gases de efecto invernadero es hasta 5 veces menor que la de proteínas vegetales y hasta 200 veces menor que la de la carne, dependiendo del sistema comparado. Si se libera tierra actualmente dedicada a la producción animal y se permite que vuelva a formas naturales, esa liberación podría incluso convertir esos espacios en sumideros de carbono, acentuando los beneficios climáticos de esta vía de producción alimentaria. 

Sin embargo, la innovación tecnológica no existe en el vacío. Se inserta en un sistema alimentario global que hoy produce alimentos suficientes para toda la población mundial, pero distribuye ese alimento de forma profundamente desigual.

Una crisis alimentaria persistente

Según los últimos informes de Naciones Unidas, entre 713 y 757 millones de personas en el mundo padecen hambre crónica. Es decir, no acceden regularmente a una alimentación suficiente para llevar una vida activa y saludable (FAO, 2024). Al mismo tiempo, más de 2.300 millones de personas viven en inseguridad alimentaria moderada o severa, lo que implica incertidumbre constante sobre cuándo y cómo podrán acceder a su próxima comida (FIDA, 2024)

Estas cifras no son accidentales ni coyunturales. Son el resultado de desigualdades estructurales, crisis climáticas, conflictos armados, pobreza, concentración económica y sistemas alimentarios diseñados prioritariamente para el lucro antes que para garantizar el derecho humano a la alimentación.

A su vez, más de 3.000 millones de personas no pueden costear una dieta saludable, incluso cuando disponen de calorías suficientes. Esto revela un problema más profundo: el hambre ya no es solo falta de comida, sino falta de acceso a alimentos nutritivos, culturalmente adecuados y sostenibles.

En este contexto, cualquier innovación alimentaria que aspire a ser parte de la solución necesita responder a una pregunta clave: ¿para quién se produce esta comida y bajo qué reglas?

Tecnología disruptiva, ¿pero para quién?

En teoría, una proteína que no depende de tierra fértil ni de lluvias podría producirse en regiones áridas, urbanas o afectadas por crisis climáticas, ampliando la resiliencia del sistema alimentario global. Además, si los costos energéticos disminuyen y las economías de escala funcionan, Solein podría convertirse en una fuente de proteína relativamente barata y estable.

Sin embargo, en la práctica, las primeras aplicaciones comerciales de Solein se orientan a mercados premium: suplementos deportivos, snacks funcionales y gastronomía experimental. Esto no es casual: toda nueva tecnología suele ingresar por nichos de consumo con mayor poder adquisitivo, donde puede absorber costos iniciales elevados.

Para que tecnologías como esta impacten efectivamente en poblaciones vulneradas, no basta con que existan. Sería necesario:

  • Integrarlas en programas públicos de alimentación, comedores escolares y sistemas de asistencia social.
  • Desarrollar modelos de licenciamiento abierto o público que permitan a países producir localmente sin depender de importaciones costosas.
  • Establecer subsidios cruzados que reduzcan el precio de estos alimentos para sectores de bajos ingresos.

Sin estas mediaciones políticas, la “comida del aire” corre el riesgo de convertirse en otra proteína más del mercado global, sin alterar las estructuras que producen hambre.

El sistema agroalimentario mundial ya está altamente concentrado: pocas corporaciones controlan semillas, fertilizantes, comercialización de granos, procesamiento y distribución. Las tecnologías alimentarias emergentes podrían reproducir ese patrón si no se gobiernan de manera distinta.

En el caso de Solein, la tecnología está patentada y controlada por una empresa privada. Si su producción se escala sin marcos regulatorios claros, podría consolidarse una nueva forma de dependencia tecnológica, donde el acceso a alimentos básicos quede mediado por derechos de propiedad intelectual y cadenas de valor corporativas.

Evitar este escenario requeriría:

  • Regulación antimonopólica en el sector alimentario-tecnológico.
  • Inversión pública en investigación abierta, especialmente desde universidades y organismos estatales.
  • Transferencia tecnológica hacia países del Sur Global, con acuerdos que prioricen soberanía alimentaria por sobre rentabilidad corporativa.

La pregunta no es solo si podemos producir proteína sin agricultura, sino quién controla esa producción y bajo qué principios.

Otra tensión clave es la relación entre estas tecnologías y los sistemas agrícolas tradicionales, especialmente aquellos sostenidos por comunidades campesinas, pueblos indígenas y economías locales. La producción de alimentos no es solo una cuestión técnica: también es territorio, cultura, trabajo, identidad y subsistencia.

Una transición alimentaria justa no debería reemplazar sistemas rurales con fábricas urbanas hiper-tecnológicas, sino integrar innovación con fortalecimiento de la producción local, agroecológica y comunitaria. De lo contrario, existe el riesgo de profundizar el vaciamiento rural, la pérdida de diversidad cultural alimentaria y la concentración de valor en eslabones industriales.

El desafío, entonces, es pensar tecnologías como Solein no como sustitutas de la agricultura, sino como complementarias, especialmente en contextos de crisis climática, emergencias humanitarias o territorios donde la producción convencional es inviable.

¿Qué pasa en Argentina?

Argentina no está produciendo proteína a partir del aire, pero sí está desarrollando un ecosistema incipiente de innovación en proteínas alternativas. En 2023 se creó el Alt Protein Project en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), una red académica que impulsa investigación, formación y articulación con el sector productivo en proteínas vegetales, fermentación de precisión y carne cultivada.

Además, existen startups y pymes que trabajan con legumbres, cereales y hongos para producir alimentos plant-based con menor huella ambiental, así como investigaciones en fermentación para generar ingredientes funcionales. En paralelo, Argentina participa en redes regionales sobre carne cultivada en laboratorio, aunque aún no existen plantas comerciales operativas.

Este panorama muestra que, incluso en países históricamente agroexportadores, empieza a emerger una pregunta estratégica: ¿qué rol queremos jugar en la transición alimentaria global? ¿Exportadores de commodities, importadores de tecnología o productores soberanos de alimentos sostenibles?

Más allá del hype tecnológico

La proteína Solein es, sin duda, una innovación fascinante. Representa un quiebre conceptual: producir alimentos directamente a partir de moléculas básicas, sin depender de la fotosíntesis, la ganadería o los ciclos agrícolas. En un mundo atravesado por el cambio climático, la escasez hídrica y la degradación de suelos, este tipo de soluciones puede ofrecer herramientas valiosas.

Pero la crisis alimentaria global no es principalmente una crisis de producción, sino de acceso, desigualdad y poder. Hoy se produce más alimento que nunca en la historia humana y sin embargo cientos de millones pasan hambre. Esto revela que el problema no es técnico, sino político.

Por eso, la pregunta central no es si Solein puede alimentar al mundo, sino bajo qué condiciones sociales, económicas y regulatorias podría hacerlo. Si estas tecnologías se integran a políticas públicas de seguridad alimentaria, se liberan de lógicas extractivas y se orientan al bien común, podrían convertirse en aliadas poderosas de una transición justa. Si no, corren el riesgo de ser otra innovación brillante atrapada en un sistema que reproduce exclusión.

La “comida del aire” ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción. Está entrando al mercado, creciendo en escala y redefiniendo lo que entendemos por producción alimentaria. Pero su verdadero impacto no dependerá solo de bioreactores, patentes o inversiones, sino de decisiones políticas, marcos regulatorios y luchas sociales que definan si estas tecnologías se orientan al lucro o al derecho humano a la alimentación.

En un mundo donde más de dos mil millones de personas viven con inseguridad alimentaria, cualquier innovación que no coloque la justicia social en el centro corre el riesgo de quedarse corta. El futuro de la alimentación no se juega solo en laboratorios, sino en cómo decidimos distribuir, gobernar y democratizar aquello que nos mantiene vivos.

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