Nuestra corresponsal Daniela Del Castillo retrató al club Círculo Trovador, de Vicente López, fundado en 1890. Esta crónica fue producida en el Taller "Narrativas de la Pasión" de Buena Data.
Círculo Trovador, cuna de afectos
Círculo Trovador, segundo hogar
con el ejemplo de los inmigrantes
que te fundaron, yo te aprendí a amar.
Generaciones que comparten el mismo lugar, los mismos colores, la misma identidad. En 1890 empezó como una agrupación musical. Carnavales, murgas, hombres de Génova que vinieron a la Argentina buscando un futuro mejor y formaron un lugar de pertenencia que sigue hasta el día de hoy. I Trovatori se hacían llamar. Venía el club primero, la familia después. La Argentina y sus vaivenes cambiaron al club, hasta que el nombre mutó y Círculo Trovador quedó.
Solían ser un círculo cerrado. Compartían los domingos, el minestrone humeante alrededor de la mesa, un descanso en la costa. Familias enteras que extendieron raíces en la sede de Vicente López y crecieron a lo largo de los años. Apellidos que se repiten en las conversaciones y forman una red, una telaraña que conecta a todos los miembros del club. Solo hace falta nombrar el caso de Gustavo Sarmoria, socio vitalicio del club. Tiene casi 80 años y hay tres generaciones de su familia por encima de él (bisabuelos, abuelos y padres) que asistieron al club. Y otras dos generaciones a las cuales él les inculcó los valores del trovador (sus hijos y sus nietos). Todo un árbol genealógico con sangre I Trovatori.
“Era como la casa de la abuela”, definieron. Un lugar donde los padres soltaban a los chicos y estos corrían, hacían deporte, amigos, empezaban noviazgos, se casaban, formaban su familia. Todo alrededor del club. Y no todos podían entrar a la casa de la abuela, un grupo selecto tenía el privilegio de disfrutar las instalaciones del club y sus símbolos. Los colores de Italia, rojo, verde y azul. La bandera flameante con las siglas de Círculo I Trovatori “CIT” y un estandarte de antaño, hecho con hilos de oro, y la imagen de lo que parece ser un laúd.
A tu sombra se formaron familias,
a tu amparo comparten la amistad,
ven crecer a sus hijos protegidos
por respeto, nobleza y dignidad.
La construcción de la pileta en 1963 llegó a cambiar la historia del club. Desde ese momento, los cambios y obstáculos no se detuvieron, pero el Trovador ya tenía experiencia superándolos. La proximidad del río era un desafío constante. Los socios solían nadar en lo que hoy es la costanera de Vicente López, una cercanía al agua que implicaba también reconstruir y reinventarse cada vez que venía la sudestada e inundaba partes del club. Ni la construcción de un paredón logró frenar la corriente. No fue hasta que se rellenó parte del río que el club pudo ganar la batalla. Terreno ganado donde antes no había más que agua.

Aquella inauguración se llevó a cabo con los mayores adelantos de la época, convirtiéndose en una novedad para el barrio. A partir de ese momento, el Círculo Trovador abrió sus puertas y se llenó de nuevos apellidos. Se cerró la etapa hermética y se recibió a la comunidad. ¿Habría desaparecido el club sin el boom que generó la pileta? Un socio vitalicio asegura que sí. Había una necesidad económica de agrandar el club, atraer más socios. Así fue el inicio de una nueva era marcada por el eco de las bochas y el sonido de la pelota a paleta rebotando contra las paredes.
En la actualidad, el Trovador cuenta con 1100 socios. En la época dorada llegaron a tener 3000 y no cabía una hormiga más. Pero, ¿qué significa ser socio? En palabras de su presidente Mario Tallarico: ser socio es ser dueño de una parte del club. Ser socio no es ser un cliente, es esfuerzo, perseverancia, ser parte de algo más grande que solo pagar una cuota. Año tras año el club se fue construyendo de a poco, con amor y contribución. Una cancha a la vez. El resultado se ve hoy. El Trova es un laberinto de entrepisos muy bien pensados. Durante años, el club supo ser mantenido por y para sus socios. Hoy cuentan con la colaboración económica de terceros porque la economía argentina impone desafíos adicionales. La casa de la abuela necesita que los vecinos le den una mano de vez en cuando.
Compitiendo en las juntas deportivas,
conviviendo en las horas del placer,
hermanados por igual sentimiento
eternamente te hemos defender.
Hay un grupo de whatsapp llamado “Los Troviejos”, integrado por quienes vieron pasar a miles de personas por el club. Los recibieron a todos. Y recuerdan a muchos. Los valores del club se ven reflejados en los gestos de sus socios. Los grandes siempre han cuidado de los más chicos. Si un niño va corriendo por las instalaciones, mínimo cinco personas lo pararán en el camino a charlar. Es un club donde el presidente camina y recibe saludos y palmadas en la espalda. Donde salís de jugar al fútbol y ya hay alguien en la parrilla esperándote con algo. El cuidado y cariño que hay entre los suyos es lo que destaca en todas las décadas de este club. Camaradería. Amistad. Familia. Cuna de afectos.
Las actividades se han ido renovando. Si en unos años se escucha más rock y en otros reggaetón, lo mismo pasa con los deportes: pasaron de las bochas al pádel, los marcó el auge del vóleibol en los 80 y la cancha de pelota a paleta es ahora un espacio para gimnasia. La sociedad tampoco es la misma que cuando se fundó el club. Dudo que en esas primeras juntadas de domingo se jugase un partido de fútbol femenino. El Trovador se mantiene al ritmo de la música y busca equilibrar la innovación con la tradición.
Agradezco que me hayas recibido,
y por ser de tu gente siento honor,
y hoy del fondo de mi alma brota un grito,
Dios te bendiga Círculo Trovador.

La pandemia los dejó reducidos a su mínima expresión. 100 socios como mucho llegaron a ser al final del túnel, pero aún así no bajaron los brazos. Poco a poco lo atravesaron, con una que otra deuda, y reinventándose más que nunca. El Círculo Trovador renació luego del aislamiento obligatorio. Un desafío más para este club tan resiliente y veterano.
Luego de un parate total como el de 2020, aumentar la participación de las familias se volvió el foco de la institución. La apuesta está en ser un espacio de búsqueda y de desafío para los niños y jóvenes de hoy. Ofrecer un deporte que les enganche pero que realmente se queden por el sentimiento de pertenencia, por los amigos. El objetivo es seguir siendo un club social y deportivo. Los deportes llevan hoy las riendas pero lo social gana protagonismo de nuevo.
Se siguen reinventando. Los socios vitalicios agradecen todo lo que les ha dado el club. Sus nietas corren por los pasillos con la camiseta tricolor hasta las rodillas. Los horarios entre semana forman un tetris. El futuro está en el equipo.