Sociedad

Chicas en contra de Dios

"No sé si en algún momento recé por cosas buenas, nomás tenía mucho miedo", escribe nuestro corresponsal Elías Hoyo que pasó de devoto a satánico, para reconectarse con Dios desde otra espiritualidad.

El primer recuerdo que tengo de Dios fue a los 6 años. Estaba en una de mis primeras clases de Formación Religiosa y la seño Valeria me lo presentó como mi Padre y mi Salvador: “Dios está adentro del corazón de todos nosotros”. Tardé años en darme cuenta de que aquellas palabras se referían a la omnipotencia sagrada, porque lo primero que me imaginé fue a Jesucristo literalmente adentro de mi corazón, ahogándose con mi sangre, agarrándose de mis arterias con todas sus fuerzas para no hundirse, eventualmente muriendo. Desde ese momento supe que soy un mal Hijo.

Nací y crecí en una familia de clase media aspiracional sanjavierina. Mi madre es maestra jardinera, mi padre es carnicero. Me bautizaron en la iglesia católica apostólica romana. No éramos extremadamente católicos: no íbamos todos los domingos a misa, creíamos en el Gauchito Gil, íbamos a la curandera del barrio. Lo cierto es que nos tomábamos bastantes atribuciones.

Yo no solía rezar mucho, solamente en el colegio y cuando mis viejos pronunciaban la palabra “divorcio” en la mesa. Entonces sí, me encerraba en el baño y le pedía a Dios con todas mis fuerzas que realice algún milagro. Me aterraba el diablo, pero no de una forma teológica; me aterraba de la misma forma en que me aterraba la llorona, María sangrienta y el lobizón. Eran todas cosas reales para mí, las cuales se me podían aparecer si no me dormía la siesta.  

A eso de los 7 años me volví bastante escéptico. Quizás sea porque efectivamente mis padres se habían divorciado. Pero no lo creo. Simplemente nada tenía sentido, no me hacía sentido el pensamiento mágico, no entendía cómo uno rezando podía obtener cosas, no entendía el creacionismo, no entendía la divina trinidad, no entendía el arca de Noé ni las 10 plagas de Egipto. Discutía con mis profesoras. Les preguntaba: “¿Realmente crees que paso todo esto?”. Ellas lo tomaban como un atrevimiento y se ponían a la defensiva, tampoco me lo explicaban. Lo único que entendía es que dudar sobre eso estaba mal. Se supone que la fe tiene que ser ciega, que uno debe creer sin ver. Creer absoluta y literalmente todo sin ver absoluta y literalmente nada.   

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No sé en qué momento se terminó yendo todo por la borda; en qué momento perdí el control. Me acuerdo de una anécdota patente que me marcó bastante. En una clase de Formación Religiosa nos llevaron a la biblioteca para ver una película llamada “El Gran Milagro”. La película transcurre a lo largo de una misa y supuestamente está orientada para que los públicos infantiles puedan entender “qué sucede durante la misa”.

La película mostraba cómo todos teníamos un ángel guardián que nos cuidaba de los peligros y cómo en cada parte de la misa, a pesar de que no veamos nada, se ejecutan acciones en otros planos físicos. La escena de la consagración mostraba como el Espíritu Santo bajaba gloriosamente de los cielos, con un coro de querubines y arpas para llenar la iglesia y bendecir a todos los presentes. Era verdaderamente bello. 

Pero otras escenas no eran tan bellas, como la parte en la que el cura pedía que los presentes recen por las almas del purgatorio. En ese momento, se abría un agujero gigantesco en el suelo, como una puerta de entrada al infierno. Del agujero se asomaban cientos de almas de personas a los gritos, arrastrándose para poder salir. Algunas oraciones llegaban al agujero y salvaban a algunas pocas almas, solo tres o cuatro. Entonces esas almas retomaban su color y ascendían a los cielos. El agujero se cerraba, con las cientos de personas aún adentro, y los gritos aumentaban. Uno de mis compañeritos vomitó en el suelo, las maestras lo socorrieron pero el vómito quedó ahí, salado y ácido.

Fue aterrador, verdaderamente aterrador. Estaba cagado hasta las patas. El hecho de que me haya cuestionado a Dios por todo ese tiempo no significaba que no creía que todo eso podía pasar. Aun peor, yo sabía que eso me iba a pasar solo porque había dudado de Dios. Sería un poco tonto echarle toda la culpa a la película pero en los siguientes años me volví completamente católico, extremadamente penitente.

Quizás era el difícil momento familiar que estaba pasando. Una respuesta al trauma de estar en el medio de un divorcio violento. En mi adolescencia una psicóloga me dijo que tengo tendencia a la manía, a los pensamientos intrusivos y a los ataques compulsivos. Quizás fue eso.

Rezaba un denario todas las noches, a veces un rosario entero. No sé si en algún momento recé por cosas buenas, nomás tenía mucho miedo. No temía tanto lo que Dios podía hacerme después de la muerte, sino más bien lo que podía hacerme cuando estaba vivo. Me aterraba el castigo divino, el miedo siempre era que Dios me mande una enfermedad o que mate a alguien de mi familia. El pedido siempre era, naturalmente, que por favor no lo haga.

Seguía escuchando estas historias milagrosas de gente que se curaba de cánceres y tumores por la gracia de Dios, y pensaba: "Okei, Él me va a hacer lo mismo, pero no me va a salvar porque a mí no me quiere". A veces cuando me despertaba enfermo, pensaba que había hecho enojar a Dios, entonces me ponía a rezar en seguida. 

Mi familia se había hecho completamente católica en esa época, mis hermanos empezaron a ir a retiros espirituales y todos empezamos a rezar antes de cada comida. En ese momento había confirmado que Dios era real, y no solo Dios, sino también todo lo que podía pensar sobre Él.

Mis maestras me decían que tenía que hablarle para que Él me hable a mí, yo pensaba que todo era literal, no escuchaba nada. Entonces pensaba “Él ya no me quiere, soy un mal hijo, y por eso estoy condenado”. Tenía 9 años y de alguna forma, también la certeza de que había sido condenado para siempre y ya no habría salvación para mí, que iba a terminar en el agujero.

No sé cuál era el mal que había hecho para sentirme así, era un estado constante de culpa que no entendía. Quizás necesitaba que Dios me conteste, que alguien me diga que nadie estaba enojado conmigo, que nadie me iba a matar. Quizás necesitaba a alguien que me diga que creer en Dios debía ser bello. Pero nadie me lo dijo, yo tampoco sé si le conté a alguien cómo me sentía.

Yo no creía en Dios por amor, mucho menos por paz. Creía en Dios porque tenía miedo de lo que no conocía, tenía miedo del poder y de todo lo que la gente me decía. No sabía por cuánto tiempo podía sostener eso. Supongo que me había acostumbrado a la idea de que iba a ser así para siempre, de que creer en Dios era así y punto.

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A los 12 años pasé al turno mañana del colegio y  conocí a mi primera trinchera, mi mejor amiga Luz. Luz creció en un entorno completamente católico, sus padres la llevaban a misa todos los domingos básicamente desde que nació. Hasta que se animó a decirles que no creía en Dios, lo que llevó a un gran proceso de castigos, fin de semanas sin salir o días sin celular. Su ateísmo era inaceptable, algo que debía ser callado y guardado bajo llave. Eventualmente lo aceptaron.  

Cada vez que visitaba su casa, su abuela me decía: “Qué lindo que estás querido, Dios te bendiga”. Toda la vida tuvo el pelo rubio ceniza, los ojos verdes y la piel blanca, lo que significaba que en cada pesebre viviente que organizaba el colegio, hacía de María o del Ángel Gabriel. Aprendió a leer a los 3 años, cosa que siempre me pareció fascinante. Para los 7, se había leído la Biblia entera.  

Luz fue la primera atea que conocí en mi vida. Me presentó un paradigma inimaginable para mí hasta ese momento: podés no creer en Dios, es una posibilidad. Y yo le presenté un paradigma inimaginable para ella hasta ese momento: ¿Sabés qué? Tenés razón.

Éramos los únicos ateos del salón, los únicos y primeros que decían que eran ateos. No rezábamos a la entrada, en la misa nos negábamos a arrodillarnos y a cantar. No nos gustaba ir a confesarnos; lo odiábamos. Un día, mientras esperábamos en la mesa del comedor para que el cura nos llame a ese cuartito amarillo y sofocante, le prometí: "Le voy a decir que soy gay y que veo porno, a ver qué dice". Luz se rió y me dijo: "Yo le dije eso la vez pasada". Esa vez el padre me dio una penitencia más grande de lo usual: diez Padres Nuestros y diez Ave Marías. Yo no creía en Dios, pero los recé igual.  

Así transcurrió nuestra pre adolescencia. Luz siguió completamente normal, era atea y nada más. Yo no. Se había desatado en mí un poder mucho más grande; el poder de rebelarme. Y eso fue para mí, irónicamente, como tocar el cielo con las manos.

Enseguida empecé a investigar por mi cuenta. Veía esos debates tendenciosos de YouTube en el que ponían a discutir a católicos con ateos. Me aprendía de memoria todos los argumentos y los repetía. Me reía de los católicos, sentía que les habían lavado el cerebro. Miraba a las hermanas de mi colegio desde la otra punta del salón y les preguntaba: “¿Realmente crees que pasó todo eso?”. Esta vez sí, como un atrevimiento. 

Para los 13 años me había obsesionado con el satanismo. Leía los mandamientos de la Biblia Satánica, veía entrevista de Anton LaVey, me sacaba fotos haciendo la pose con dos dedos arriba y dos dedos abajo al grito de “Hail Baphomet!”; me gustaba que la gente se asustara cuando decía que era satanista. Obviamente no era satanista, tenía 13 años. Simplemente era la primera vez que alguien me decía: “Podés hacer lo que quieras, nadie tiene control sobre vos”. Estaba enojado. Me hervía la sangre pensar en que algo o alguien me había hecho pasar por ese infierno. Inclusive si ese alguien era yo mismo.    

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La adolescencia pasó normalmente, el satanismo se transformó en Wicca, en paganismo, en espiritiualidad New Age, en un pseudo-budismo occidental, en ocultismo. La libertad que me dio desafanarme de una religión me permitió explorar todas las que quisiera. Era una búsqueda casi intelectual. Me fascinaba aprender sobre las culturas antiguas y reconocer los patrones. Mi rebeldía fue madurando. Eventualmente la puse en política: un panelista de televisión estaba a punto de ser presidente así que supongo que tuve que enojarme por algo más sensato. 

A veces rezaba. Cuando quería que un pibe dé bola, cuando quería aprobar un examen, para que falte algún profesor. Pensaba: “De algo me tiene que servir el bautismo”. No era fervientemente ateo, la espiritualidad era simplemente algo a lo que no me dedicaba, algo que no me interesaba. Iba a alguna que otra misa, generalmente en Semana Santa, pero como visitante. Tenía una estampita de la Virgen del Rosario de San Nicolás como amuleto porque me hacía acordar a mi infancia. Cuando alguien me preguntaba por Dios yo les decía: “Es complicado, trato de no acercarme tanto porque termino enloqueciendo”. Ellos se reían, pero era verdad.

Supongo que nunca pude dejar de pensar en Él porque cuando les dije a mis amigas que este año quería usar la cuaresma para reconectar con Dios no lo pudieron creer. Pero así sucedió. Me elimine Instagram y TikTok, fui a misa todos los domingos, comí una comida por día; todos los días me daba un tiempo para pensar qué sentía, quién era Dios para mí y dónde estaba. Me preguntaba si podía volver a creer en Él algún día.

Lo único en lo que podía pensar era en el Eli de 8 años que rezaba todas las noches para ser perdonado. Pensaba en el miedo, en cómo nunca pude ponerlo en palabras. Me preguntaba si algún adulto me habrá visto a esa edad y se habrá dado cuenta que tenía miedo. Pensaba en lo chico que era y lo triste que estaba, lo compulsivo de mis pensamientos, la culpa, la transpiración, el sofoco.

Un domingo de misa me sofoqué. Nadie te avisa lo calurosas que son las iglesias a finales de febrero. No podía parar de pensar en que si seguía así iba terminar sintiéndome como cuando era chico, iba a terminar en la misma manía. Simplemente me daba miedo cualquier  cosa que podía pensar sobre Él, cualquier teoría, cualquier imagen. Ese domingo comulgué y lo único que le pude pedir a Dios es que la idea de Él me traiga paz, sea cuál sea el camino, inclusive si eso conllevara alejarme para siempre y que su nombre sea como escuchar el nombre de un viejo amigo.

Después de eso decidí escribir este artículo. Supongo que siempre pensé que tenía que hacer algo con ese sufrimiento, no podía simplemente dejarlo ahí. Necesitaba responderme cosas.

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Un mes después me despierto a las 9 de la mañana para ir a la misa de domingo de ramos. El calor santafesino de finales de marzo es insoportable, húmedo. El cielo es completamente veraniego, las nubes arremeten al celeste del cielo como una señal de calma, o de final. Es la misa que empieza la Semana Santa, la que termina la cuaresma. En la plaza Pueyrredón me esperan Anna, Brisa y Gime para la bendición de los olivos y la procesión a la parroquia San Juan Bautista. 

Anna, Brisa y Gime son mis amigas de toda la vida; no hay cosa que no haya pasado, sentido o sufrido de las que ellas no se hayan enterado. Además de ser mis amigas, son católicas. Eran las coordinadoras del grupo de Infancia y Adolescencia Misionera en San Javier, un grupo al que yo mismo asistía cuando era chico. Hicieron retiros espirituales, actividades de la pastoral, misiones y peregrinaciones. Ellas sabían que yo era ateo, y no solo ateo: rebelde. Siempre lo supieron, solía bromear y decirles que yo era la cuota del diablo en sus vidas.

La misa duró casi dos horas, la disfruté desde el principio hasta el final. Después de la lectura, el padre llamó a todos los nenes de la misa al altar para hacer la homilía. Se encargó de que todos y cada uno de los infantes ahí entiendan lo que explicaba, escuchaba lo que tenían para decir, validaba lo que pensaban, quería hacerlos sentir cómodos. Al fin y al cabo Dios era su amigo. 

Mientras veía la escena me preguntaba: ¿Qué salió mal? ¿Qué hice mal? ¿Qué me faltó dar para sentir esa comodidad? ¿Conocí a Dios muy temprano? ¿Conocí a Dios mal? Quizás solo soy un mal hijo. Entonces Anna me sacó de mi trance para ofrecerme agua y me dice “¿Estás bien? Hace mucho calor, siento que estás sufriendo”.

Y entonces me golpeó el recuerdo, recordé quiénes estuvieron ahí para apaciguar mi miedo, quienes decían mi nombre en cada oración, quienes vieron un alma en donde todos los demás veían un fantasma, adentro del cuerpo de este católico indisciplinado, obstinado y orgulloso. Y esas personas estaban al lado mío mientras sanaba una de las heridas más grandes de mi vida.  Estaban en San Javier, en el colegio, en la secundaria. No les importa si me voy a dedicar al catolicismo para siempre, no les importa que tenga su misma espiritualidad. Nomás querían estar ahí.

Y quizás Dios siempre estuvo en ellas, en la inmanencia del amor, en la construcción de un terreno donde el miedo es aceptado, donde es honorable derrumbarse y volverse a construir. Quizás estuvo en la rebeldía que me enseñó Luz a los 13 años, en la libertad de correr con los lobos salvajes y volver a casa cuando desee, la libertad de ser chicas en contra de Dios.

Quizás Él no es un hombre mágico arriba de las nubes que decide sobre mi vida, sino la exploración de un mundo lleno de milagros y maldiciones, pero del cuál soy parte. Quizás esa certeza me saque un poco el miedo.

Inclusive si todos mis miedos se hicieran realidad: si soy un hijo maldito del catolicismo occidental, si voy a arder en el infierno por la eternidad a causa de mis pecados, si mi alma está condenada. Inclusive si todo eso fuera cierto, voy a irme con la certeza de que en la tierra tuve hermanas que me amaron, y desplegaron sobre mí cuánta bendición haya de existir.

Y si algún día me muero y lo conozco, espero que Él sepa que traté, y espero que abrazarlo sea tan cálido como el abrazo de mis amigas, como el rayo de sol matutino que golpea la cocina, mientras se calienta el té, mientras se tuesta el pan, mientras se seca el rocío.

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