Pasaron 25 años del estreno de la película que lanzó a la fama la carrera de Christian Bale como actor. Nuestra corresponsal Casandra Leissarrague analizó cómo continúa interpelando su mirada ácida sobre la superficialidad.
¿Cuántas veces sentiste que valías menos por lo que no poseías? American Psycho se estrenó hace 25 años, y no es solo el retrato de un asesino serial, sino una radiografía de una sociedad construida alrededor del dinero, el consumo y la deshumanización.
Esta película nos sumerge en la sociedad de la lógica de mercado, donde Patrick Bateman, su protagonista, no puede pensar en los objetos que lo rodean sin atribuirles un valor económico.
Todo se vuelve una fachada: el cuerpo, la ropa, el puesto laboral. Esto se traduce en: capital humano, capital social, capital simbólico. Si algo o alguien no genera algún tipo de valor, no sirve, no existe.
La película plasma una sociedad donde lo que se posee se vuelve un estandarte esencial en la proyección biográfica de cada individuo, donde las pertenencias se tornan marcadores simbólicos de valor social, construyendo por si solas las narrativas personales.
Los mecanismos neoliberales nos convencen de que gracias a la meritocracia poseemos, y que gracias a que poseemos somos alguien. En este marco, se nos individualiza, interpretando que el fracaso (no poseer) es una responsabilidad personal y no un resultado de desigualdades estructurales. Y el éxito (poseer), aunque se logre, nunca es suficiente: siempre se debe ir por más.
En nuestro país, esa indiferencia ante los que no tienen nos hace creer que su urgencia no es tan urgente. Y que las circunstancias de su nacimiento los vuelve más tolerantes a su situación social.
Discursos de odio y falta de empatía: si salimos a la calle o abrimos una red social vamos a vislumbrar hechos que se alejan de las iniciativas empáticas y que permanecen en el individualismo del mundo de American Psycho.
"Hay un momento de pánico absoluto cuando me doy cuenta de que el apartamento de Paul da al parque...
y es obviamente más caro que el mío".
Bateman se da cuenta que el departamento de Paul es mucho más caro que el suyo. Para Bateman, esto le da a Paul más valor del que tiene, siendo esta una gran razón para que su compañero de trabajo muera. Si Patrick no puede superar a Paul en lo que posee, va a tener que eliminarlo.
El protagonista busca incansablemente parecer exitoso: trajes impolutos, tarjetas de presentación, restaurantes exclusivos, rutinas de skincare. Se plasma un culto a la apariencia donde la identidad se vuelve mercancía. Lo que importa es el lujo, no la ética; la imagen y no la persona.
Ese mundo ultra competitivo reproduce la psicopatía de Bateman e incluso la normaliza. Poco importa un asesino en serie cuando estamos ocupados en la perfección de nuestra apariencia.
El film no buscaba posicionar a Patrick Bateman como un monstruo, sino que invita a reconocer la cultura que lo crea. Nos muestra los aspectos que lo configuran: el narcicismo laboral, el individualismo competitivo, el consumo como identidad, la cosificación de los cuerpos y la insensibilidad emocional de la sociedad.
La pregunta es, ¿podremos lograr que la vida real se aleje de esta ficción cada vez más auténtica?