Inclusión

Adultocentrismo o juventud: ¿Quién decide realmente?

La Red de Coaliciones Sur impulsó el conversatorio internacional “Desafíos actuales de la participación adolescente”. Los corresponsales de Buena Data, Marcos Donaire y Jazmín Abdala, acompañaron y documentaron el proceso.

En América Latina persiste una pregunta incómoda: ¿cuánto de la “participación adolescente” es real y cuánto es apenas un gesto simbólico diseñado desde la mirada adulta? Esta tensión atraviesa debates comunitarios, políticas públicas y discursos institucionales, donde muchas veces se habla sobre las juventudes sin hablar con ellas.

En ese marco se desarrolló el conversatorio internacional “Desafíos actuales de la participación adolescente”, un espacio donde organizaciones de distintos países compartieron experiencias y diagnósticos sobre el rol de las juventudes en la región. Allí participaron también los corresponsales de Buena Data, Marcos Donaire y Jazmín Abdala, acompañando una discusión que dejó más interrogantes que respuestas, pero también oportunidades.

Desde Argentina, el colectivo de inspiración comunitaria “No Más Chicos Descartables” insistió en los peligros del punitivismo. Más castigos no resuelven los problemas estructurales: los profundizan. Su propuesta, sintetizada en el lema “capilla, colegio y club”, interpela directamente al adultocentrismo, esa lógica que asume que los adultos saben más por el simple hecho de ser adultos, incluso cuando la experiencia cotidiana de los jóvenes contradice esa premisa.

En Paraguay, la organización Callescuela presentó ejemplos de participación protagónica, donde adolescentes no solo opinan: lideran, co-crean y evalúan proyectos desde el inicio. No se trata de escucharlos al final como un trámite simbólico, sino de integrar sus perspectivas desde la concepción de cada iniciativa. Una práctica que contrasta con modelos en los que las decisiones se toman en escritorios estatales y las juventudes son invitadas solo para validar lo ya decidido.

Desde Chile, la Red de ONG de Infancia y Juventud, con referentes como Nury V. Gajardo Díaz, señaló una dificultad estructural: demasiadas políticas para jóvenes se diseñan desde la reacción ante crisis, y no desde la construcción de horizontes sostenibles. Sin participación real de quienes deberían ser sus protagonistas, esos programas corren el riesgo de ser ineficaces o reproducir desigualdades.

Los datos respaldan estas inquietudes. El UNFPA estima que en América Latina y el Caribe viven 160 millones de personas de entre 10 y 24 años. La CEPAL, en su informe Juventudes y cohesión social, advierte que, aunque existen espacios formales de participación, persisten barreras para que las voces juveniles tengan impacto real en la toma de decisiones. UNICEF avanza en una dirección distinta con su Consejo de Acción Adolescente y Juvenil, integrado por 34 jóvenes de 22 países que dialogan regularmente con equipos regionales, demostrando que la participación institucional puede ser genuina si se construye con continuidad y estructura.

El conversatorio también abordó el avance de discursos de “mano dura”, como la baja de la edad de imputabilidad o el endurecimiento de penas. Las organizaciones coincidieron en que estas medidas no abordan la raíz de los problemas y, en cambio, pueden criminalizar a adolescentes en situación de vulnerabilidad. Estudios de la OPS y UNICEF señalan que la violencia que afecta a jóvenes es multicausal —hogares, escuelas, comunidades, redes digitales— y que las políticas efectivas deben articular prevención, educación, salud y participación auténtica.

La estrategia “Juventudes YA!” del UNFPA se inscribe en esta búsqueda al apostar por el empoderamiento de adolescentes afrodescendientes, indígenas, migrantes o con discapacidad, reclamando que no esperen a que otros decidan por ellos. Participar de verdad implica redistribuir poder, no solo abrir micrófonos.

Como plantea la CEPAL, “la integración plena de las personas jóvenes en los procesos de toma de decisiones es un pilar fundamental para la cohesión social”. Para pensar este punto desde una clave literaria, Eduardo Galeano ofrece una imagen más lúcida que cualquier diagnóstico técnico: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. La frase, tantas veces citada, cobra un nuevo sentido aquí: no son los adultos quienes deben otorgar legitimidad a las juventudes; son las propias juventudes quienes, organizadas, ya están transformando sus realidades. Es un recordatorio de que la transformación social nace de la articulación colectiva y de la escucha mutua, no del autoritarismo ni de decisiones tomadas desde arriba.

El conversatorio dejó un mensaje contundente: la participación juvenil no es una promesa a futuro, es un hecho del presente. Las calles, escuelas, clubes, barrios y organizaciones de base lo demuestran todos los días. Lo que falta no es voluntad de las juventudes, sino estructuras capaces de reconocerlas como actoras centrales y no como figuras decorativas. América Latina tiene una oportunidad urgente: escuchar, ceder poder y construir con ellas antes de que las decisiones vuelvan a tomarse sin quienes más las necesitan.